jueves, 27 de septiembre de 2012

Reflexión Propia.

El amor platónico en el fondo es puro egoísmo, adoración hacía tus propios sentimientos. Porque el amor por definición es sexual, es buscar la unión, el encuentro, la piel, la entrega, la acción de vasos comunicantes. No es una zona muerta que existe sin existir, ni un callejón sin salida lleno de palabras, no son llamadas sin cobertura, o suspiros a su espalda. Eso es un pastiche, un placebo, es admirar lo que no conoces y por tanto nunca decepciona. Es otra forma de estancamiento, de impotencia vital.

Incluso el amor platónico hacia personajes de ficción, literarios, es más digno, más coherente; cuando acariciamos un libro, cuando aprendemos párrafos enteros y compartimos nuestro entusiasmo con los demás intentando transmitirles ese pulso de ser vivo que anida entre sus páginas, estamos rindiendo un homenaje al autor, al amor generoso que despliega su talento y que nos permite anidar dentro de sus pensamientos.

Pero si el objeto amoroso está cerca, al alcance de tu mano, si es un vecino, o es una persona con la que podrías estar riendo en este momento con solo coger el coche, a cinco o diez paradas de metro, no hay excusa. ¿El miedo? ¿Miedo a qué? ¿A perderle, al rechazo? No es de tu propiedad, no es de nadie.
En realidad no le amas, no con la fuerza suficiente, porque entonces notarías ese magnetismo, notarías esa fuerza que hace que todo pierda sentido y necesites estar ahí, no perder el tiempo, hacerle tuyo. Eso sí es amor; el miedo y el dolor son indisociables, lo demás, aséptico y edulcorado, es un simple capricho, un niño tonto que llora porque se ha caído del columpio.

Lo que me lleva a pensar en otro tema: la fe. Hay gente que dice tenerla, como un atrezzo del alma. A veces viene de serie, ayudado por la familia y el escenario religioso de cada país. A otros les sobreviene después de un accidente, o una desgracia, como si se cruzará con ellos y les hiciera la zancadilla. ¿Por qué sucede esto con algunas personas y con otras no?

En mi caso también hubo bautizo, comunión, crucifijo en la pared, incluso niño Jesús de escayola. Pero nada, me volví un cínico, un escéptico. Y no hablo solo del rechazo natural que me produce la iglesia católica, hablo de una completa desafección hacía la religión.
Supongo que en algún momento necesitaba un abrazo, una explicación, compañía. Y la realidad empírica era la simple soledad. Sin más. Una soledad en la cual me veía incapaz de demostrar la inexistencia de un demiurgo o dios creador, pero en la que tampoco podía aceptar que la única explicación o respuesta a mis dudas existenciales fuera “Plan Divino” o “Todo se explicará después” ¿Después de qué? ¿De la muerte? Que fácil, que sencillo. Infierno. Cielo. Dios. Orden. Culpa. Mandamientos. Todo concertado para neutralizar los miedos, las perdidas, la falta de sentido.

Pero no, no, no, prefería naufragar en mis pequeños soliloquios, golpearme contra las puertas una y otra vez hasta dar con la adecuada, ir avanzando poco a poco en busca de una identidad, aunque las respuestas que hubiera detrás fueran vulgares y crueles. Supongo que en el fondo les tenía envidia, tan campechanos y sonrientes saliendo de la iglesia. La envidia, lejos de ser un sentimiento tan ruin y mezquino, no deja de ser una admiración mal digerida.

La falta de fe da libertad, pero al igual que la inteligencia, no implica felicidad, al revés. Con esto no digo que ser religioso sea fácil, seguramente en muchos casos esa única respuesta debe de resultar agotadora e insuficiente, dejando aparte la represión sexual. Los ateos -aunque yo particularmente me considero nihilista-, corren el riesgo de caer en la inacción, es duro darse cuenta de que no eres un escogido de los dioses, que tu muerte tiene la importancia de una bombilla fundida, que el amor es solo un síntoma evolutivo, una reacción química, el estro permanente que nos permite seguir perpetuando la especie, que tenemos la piel demasiado fina para pensar en la justicia real o los estragos del tiempo. Y así, ad eternum.

Dicho lo cual, voy a seguir bebiendo. La noche es joven. Joder. Me gusta el frío.

Hace tiempo by Héroes del Silencio on Grooveshark