jueves, 4 de diciembre de 2014

Una sábana levanta la mano y baila en la noche. Lo importante no es el tamaño, sino el vacío que te deja.

El ruido del ordenador escancia la lluvia tras la ventana, el escenario es la botella de vino y magulladuras en la pared. Rorschach pasea sus dedos por encima del teclado. Teclas gastadas, como cuchillas presionando la piel del accidente existencial, descubriendo su soledad de ascensor estropeado. Hermosa decadencia. Debería de teclear con más cuidado, no quiere revivir el ciclo de ambulancias y suturas de emergencia. Pero tampoco quiere ser un fraude y eliminar su sordidez escondiéndola debajo de una alfombra con forma de espejo.

El escritor es cobarde por definición, sublima, fabula, increpa a la realidad intentando acomodarla a sus maniqueísmos. Y con el sexo sucede lo mismo. Está harto de coños carentes de imaginación. Todo acaba en un orgasmo triste, convaleciente, siete segundos de inconsciencia hasta que la inercia universal te regurgita de nuevo. Sabe que existe algo más, pero todavía no lo he encontrado. Y sigue tecleando, describiendo esa zona muerta, opaca, entre el cliché de princesita y la necesidad de sexo salvaje. Remonta la botella e intenta huir de su frustración estrellando poemas contra los muros sordos que le rodean.

La otra protagonista es Carmen. Pies de geisha y voz de susurro. Talante callado, introspectivo, en sus ojos azules cabe un mundo entero. Su pelo cambia de color cada dos semanas y no suele llevar sujetador. Sus brazos tienen marcas, recuerdos, arrugas en el alma, el dolor como forma de placer. Conoce a Rorschach a través de internet. Nada importante, un par de correos, confidencias, palabras al teléfono. Van intimidando y creando una extraña sensación de empatía, como si él pudiera leer las líneas maestras de su cerebro y aceptarlas sin más. Es tan liberador que se deja llevar. Después de un mes él ya quiere hacer de ella su reina y su puta. Le dice que está tan jodidamente loca que quiere embestir su alma hasta que peonías de semen colapsen sus arterias. Dice que harán una orgía con todos sus monstruos, que llenará el vacío de todos los secretos que le ha desvelado. Carmen siente que todo es verdad y mentira a la vez. Y hunde un alambre muy, muy fino en su piel para poder besar cuando todo pase la cicatriz con su nombre.

El autobús llega. Carmen le ve ahí, arrugado contra la pared, un libro en la mano, alto, negro cuervo, observando con displicencia a la gente de tu alrededor. Tanto tiempo esperando, y ahora tan cerca, a unos pocos pasos de su primer encuentro. Se siente invadida por el pánico, casi tropieza al bajar. Rorschach sonríe de forma cálida e insinuante y abre los brazos para recibirla. Maldito tramposo. Se siente en celo teniéndole tan cerca, y cuando su mano baja insinuante por su espalda no puede resistirlo y le besa. Otra promesa incumplida.

Al llegar a tu casa todo continúa. Se miran fijamente, hay ruido en sus miradas. Se notan a través de la ropa y las heridas, se hacen preguntas en silencio acercándose con una lentitud que hubiera dolido a cualquiera. Rorschach mete la mano entre sus piernas jodiendo el espacio de su coño, abriendo su infinito, respirando dentro de ella. Se besan.

A Rorschach le encanta follarse su boca con violencia, domesticar su mirada. A Carmen sentirle entre las piernas, como lame, hiere, succiona, besa todo su coño hasta que océanos ahogan su clítoris y la envilecen por completo. Rorschach se enamora de cómo cambia su cara cuando se la mete por primera vez. Carmen aprieta más y más, maceran juntos frases cortantes llenas de perversión y amor insoslayable. Horas de placer, antesala del infierno. Pero eso no importa: ahora son felices follando como animales mientras el siseo del gas hace los coros entre las sombras, al borde del abismo, a punto de caer. Y a pesar de ello, aferrados el uno al otro.