lunes, 1 de septiembre de 2014

No me culpéis por mi debilidad: los afileres de mi alma me impiden cerrar los ojos.

Ayer tuve otro día basura en mi trabajo. Sin embargo aquí está el teclado para redimirme. A veces escribir en primera persona te permite hablar sobre realidades escondidas en tu entorno. A veces solo fabulamos. El lector no debe acercarse demasiado porque a veces se golpea con un cristal que tiene vocación de espejo. En cualquier caso escribir es en el fondo justificarse. Esta sociedad capitalista con su doble trampa de control: primero un trabajo que es peaje, un trueque insano de tiempo libre por dinero. Y luego los centros comerciales –zoos humanos- llenos de productos, gadget, de ofertas, de música estruendosa, que compramos por inercia, en los que gastamos el dinero para acabar con la ansiedad que nos producen nuestros trabajos. Una trampa perfecta, un círculo tóxico.

Por eso resulta tan divertido escribir, porque el arte es lo único que puede conservar esa chispa de singularidad que todos tenemos. Lo único. Y eso es un éxito en sí mismo. Luego puedes luchar por hacerte oír, para convertirte en un producto. Yo creo que el aislamiento es el premio, quizás porque soy un soberbio y prefiero mantener mi mediocridad a salvo de juicios mercantiles. Así se puede enfocar la energía en otras cosas; como beber.

El otro día me preguntaron que por qué bebía tanto. Es verdad que no resulta tan glamurosa como la adicción de Sherlock a la cocaína a finales del siglo XIX, una lástima, pero no por ello hay que desdeñar esa euforia artificial que da el alcohol. Si no fuera por eso me apagaría como un árbol de navidad en verano. El nihilismo crea un quietismo tan exacerbado en mí, una desmotivación tal, que a veces levantarme de la cama es casi un éxito en sí mismo. Lo sé: una cuestión de absoluta inmadurez, de atroz egoísmo. Pero para mí la vida es como una escalera mecánica por la que somos transportados de una obligación contractual a otra: responsabilidades sociales, pagar facturas, conseguir comida, limpiar tu casa, hacer la cama… repetición sobre repetición. No puedo con ello, me desespera.

Podría añadir la cuestión de las tendencias autodestructivas, esa fascinación por hacer algo totalmente contraproducente para tus propios intereses. Pero el suicidio lento del alcohol, a pesar de las dolorosas resacas del día siguiente, es ridículo cuando agotas la etapa adolescente. Solo queda diferenciar entre el borracho y el alcohólico disciplinado y/o social, ese que no molesta, que bebe los días que no trabaja, que siempre te invita a una cerveza, que tiene ascendencia irlandesa y tratamos –mientras no moleste demasiado- sin ensañamientos y condescendencia.

En el fondo todo funciona así. Todo es tolerable mientras no moleste, mientras no lo veamos. Hace poco saltó la polémica de como el ayuntamiento de Madrid estaba cambiando las marquesinas de las paradas de autobús y estaba añadiendo un separador en medio de ellas para que los indigentes no pudieran tumbarse. Pero esto viene de lejos, está en el diseño de esos “parques” de cemento con los bancos separados, está en las multas de hasta 750€ por ejercer la mendicidad en zonas comerciales o empresariales. Como decía el PP sobre otro tema: “no podemos abrir los comedores escolares en verano porque haríamos demasiado visible el problema de malnutrición infantil”. Así funciona, solo existe si lo vemos. Y, naturalmente, no queremos verlo. Las miserias de cada uno se tienen que quedar en casa. Hay que ser civilizados. Hay que morirse en silencio y sin molestar.

En mi interior la Náusea de Sastre, en el exterior esta distopía cruel al estilo 1984 que vivimos en España, y en medio una botella de vino que flirtea de forma ridícula con la poesía. No me culpéis por mi debilidad: los afilereres de mi alma me impiden cerrar los ojos.