domingo, 31 de agosto de 2014

Mi corazón es un libro abandonado.

Como ya he reconocido en alguna ocasión mi vocación por la literatura es casi inexistente, soy más bien del tipo diletante, llevo solo tres años escribiendo, y sigo porque es divertido, no me complico, soy exigente en la justa medida que no rompa el hedonismo intrínseco en mi comunión con el teclado. Por eso me gusta Blogger: anonimato, sin competencia, silencio, confort.

Pero a veces hablo con un escritor vocacional y me divierte esa tendencia que tienen a abrumarte con su currículo: llevan años, décadas incluso, rellenando páginas, diarios con sus pensamientos. Se esfuerzan, leen determinados autores, se obsesionan con las ventas de sus libros autoeditados, se frustran, se cuestionan sobre qué escribir, si tienen talento, si quieren seguir. Es extraño. Quizás sea un problema del capitalismo: necesitan resultados, necesitan monetizar su vocación, su inversión. Y pienso, ¿pero a ver, no disfrutas escribiendo, no disfrutas mejorando, haciendo cosas nuevas, desahogándote en la catarsis del teclado? Pero me acusan de estar sometido a la cultura del fracaso, sin ambición, sin ni siquiera intentarlo, me hablan de la importancia del público, de trabajar en algo que les gusta.

Y tienen su parte de razón, pero tampoco son demasiado realistas. Hay muy pocas personas en España que vivan de las ventas de sus libros, y de la poesía nadie. El otro día vi una entrevista a Joan Margarit, poeta reconocido, y él siguió trabajando toda su vida de arquitecto. Sí, es un dinero extra, pero nada más. Sí, puedes sacar varías ediciones –tiradas pequeñas-, en pequeñas editoriales, como Irene X, lo cual es todo un logro, pero, ¿vivir de ello? No lo creo. De la prosa sí que existe alguna posibilidad, pero tendrías que luchar contra el nepotismo de las editoriales y su visión retrograda –ejemplo de ello es su reacción al mercado digital.

Respeto a los que quieren intentarlo, todos necesitamos cierta cíclica masturbación del ego. Pero no hay que confundir sacar tu obra al exterior con salir tú, convertir el medio en fin, cuestionar tus anhelos sólo porque no sales en el dominical cultural del País. No, eso para mí no es vocación, es querer cubrirte con una etiqueta. Al escritor vocacional no le cuesta madrugar o quitarse horas de sueño para poder escribir todos los días, no tiene remedio, le gusta, eso es lo mejor del día. Si le preguntas porque escribe te responderá: ¿por qué respiras?

El talento es una suma de ficciones, de esfuerzos artificiales, de irrealidades consensuadas, de amor por lo imposible. Pero no es impostura. No es tu foto en la solapa de un libro que no tiene NADA, que no muestra NADA, que no conmueve, que no inflama, que no inspira. La dura realidad es que pocos seres humanos tienen talento, y la mayoría mueren sin morir antes de los veinte, por lo cual tampoco pueden desarrollarlo. Fight Club: "No eres un bonito y único copo de nieve, eres la misma materia orgánica en descomposición que todo lo demás, todos somos parte del mismo montón de estiércol..." No siempre podemos aspirar a lo sublime, pero no por ello debemos perder la oportunidad de hacerlo a nuestra manera, nuestra singularidad aúlla con voz débil pero visible. Y si alguien te dice que lo que escribes es aburrido, que estás encasillado, que siempre hablas de lo mismo, pregúntate, ¿tú te aburres escribiendo, necesitas hacerlo de otra forma? Eso es lo importante, tus dedos buscando la carcajada perfecta, golpeando el tiempo, quemando poemas en los vasos vacíos.

No lo olvides: en esta guerra entre la Belleza y la Inteligencia solo tú tienes derecho a ganar. Y los demás, que se jodan.