viernes, 29 de agosto de 2014

Tres Reflexiones.

Blogger está cada vez más muerto. Es normal: textos demasiado largos, sin imágenes ni atractivo. Queremos historias que duren dos estaciones de metro. Queremos grandes aforismos, intensidad. Queremos Twitter. Queremos naufragar en la poesía de esos coños románticos que buscan una polla sórdida pero sensible que acalle todos sus anhelos. Que buscan la psicopatía, la mentira, el oxímoron. Y ganan más seguidores. Y publican poemarios. Y todos, todos, todos, son iguales. Y no importa la arcada ni la repetición, no es cuestión de talento, sino la incapacidad de decir algo viejo de una forma nueva. Y si alguien lo hace permanece escondido, sin ganas, sin público, sin más estimulo que intentar no perderse al buscarse. Y me parece bien, no le merecemos. No nos necesita. Somos revolucionarios con camisa de Che Guevara y tarjeta de crédito. Nos enseñan la Broma Infinita de Foster Wallace y nos parece demasiado esfuerzo, demasiado tiempo, demasiadas páginas. Leemos a Bukowski o a Silvia Plath y desaparece la ambición de seguir adelante y ver qué sucede.

Da igual. Hace demasiado calor para leer, para escribir. Escribir requiere alimentar el cerebro, estímulos externos. No sirve la vida de la ameba, no vale solo con hacer funcionar la maquina: lavarse, comer, defecar, trabajar, moverse de aquí para allá sin más sentido que las obligaciones contractuales y la inercia general. Ojos muertos que resbalan sobre el asfalto como babosas sobre cuchillas de afeitar. Llega la noche, te sientas delante de la pantalla… y no sale nada. Y te da igual. Para qué sirve de todas formas. Para nada. Más de lo mismo. Los mismos temas. Las mismas ficciones. La misma ansiedad irresoluble. La misma frustración que no puede silenciarse. Y si al final consigues justificar de alguna manera ese día, no será más que un parche cobarde. Un parche para un día que ya ha sido olvidado antes incluso de que acabe.

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El trabajo NO significa realización personal, necesitamos sobrevivir en el émbolo capitalista y magnificamos la virtud de tuerca, la esclavitud legal. Matamos nuestra singularidad vendiendo al mejor postor nuestro tiempo libre, trabajamos para otros, competimos, nos sentimos mal si no conseguimos estar a la altura de unas graficas de beneficios empresariales. Vendemos nuestra capacidad de realización como ser irrepetible, creativo y orgásmico. Es imposible amar la esclavitud, la sumisión, los lazos sociales forzosos. Resulta estúpido ensalzar el valor del trabajo en equipo cuando la mayoría preferiría estar en otro sitio, cuando ni siquiera aguantan a su compañero. No, no puedo amar mi trabajo. No puedo comprometerme con ideales de empresa ni con mierdas corporativas. No puedo convertirme en una etiqueta, en un currículo. No puedo apilar todas esas horas muertas, todos esos días, semanas, años, como si fueran un peaje necesario para disfrutar del viernes por la noche, de un fin de semana, del mes de vacaciones, de una jubilación ficticia en un futuro remoto.

No me queda más remedio que hacerlo, pero que nadie me exija una sonrisa cuando restalla el látigo sobre las almas de los muertos.

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Los amores de verano, breves e intensos. Mensajes eróticos en el trabajo. Me gusta que tomes la iniciativa, que me sorprendas. Basta ya de planes predefinidos: la muerte existe, no somos inmortales, dejemos los roles y los arpegios aburridos, obviemos los cortes transversales y sigamos adelante con cierta valentía kamikaze. Todo tiene un comienzo de pólvora y de bragas perdidas debajo de la cama. De coño rasurado y sonrisa de niña mala. De tesis doctoral en felaciones profundas y fisting romántico. De poesía sórdida susurrada al oído y vuelo sin motor por encima de todos y de todo, como una venganza temporal contra la rutina de una vida que no terminamos de digerir. Y me dices, horas después, que todavía te duele el coño. Y sonrío. Sigamos así, te digo, hasta que el colchón nos denuncie por malos tratos… o hasta que alguno de los dos estire el sentimiento demasiado.