sábado, 23 de agosto de 2014

Qué triste dejar tanta belleza sin terminar.


Escribir es como amar: un escenario en blanco, épico, fútil, de grandes posibilidades. Escribes sobre su piel bellas metáforas que el tiempo convierte en aristas, puntos suspensivos y pequeñas contradicciones. Vas recorriendo los límites de su página en blanco, llegas al final, escuchas el suspiro, el adiós, el portazo, rubricas todo ello con cierta impostura de poeta trasnochado –de esos que solo hablan de sexo y vino-, y te preguntas, ¿por qué no resulta todo más sencillo? Es como si las palabras jugaran al escondite con tus sentimientos y los besos apenas sirvieran de algo, ¿estamos tan dañados que solo podemos aspirar a ser estaciones de servicio, calculamos la transcendencia por el número de orgasmos por metro cuadrado?

Lo peor es cuando el escritor confunde fabular con vivir. Intentar redimir con el teclado vivir siempre a destiempo. Pero es una mentira. Como la chica misteriosa a la que observaste copa en mano ayer por la noche en la jam session de poesía. Sus brazos recorridos por la típica conducta autolesiva, cicatrices blancas bailando un morse de tristeza por su antebrazo. Bien. Adelante. Conócela. Dile que te la ponen dura sus cicatrices emocionales. Su nerviosismo. Pero no, no lo haces. Horas después te sientas delante del ordenador, recuerdas. Pero tu escritura es inerte, fláccida, sin vida. No hay caballos de la exaltación. Tu mente tiene hambre –o sed como diría Pizarnik-, pero el alcohol no consigue sustituir las piezas que faltan.

Recibo una llamada. Una voz femenina inicia el ataque. Al parecer soy un ser rencoroso y despreciable. A mí me parece algo ya innecesario, una bronca inútil y a destiempo. Cuelgo. Apago el móvil. Me duele la cabeza. Saco dos latas más de cerveza. Tengo que ir a trabajar en una hora. Pienso en ello. Sí, es cierto, soy rencoroso, una forma como otra cualquiera de protegerse. Me mantiene alerta, como un semáforo en ámbar que me advierte de la decepción prospectiva, ¿prefieres la indiferencia, pensarte piel muerta y mecer el silencio? Nadie es perfecto. La empatía es una palabra que ha perdido significado por pura repetición. Sangra por mí pero no lo llames empatía.

El amor implica riesgos, escotes que son puñetazos en la memoria, sonrisas que son explosiones azules. Uno empieza buscando ser la puta de tus besos y al final se convierte en una orilla dormida, en un anzuelo de goma. Una vez te dije: desnúdate y pasea sobre mí. Y tropezaste en mi aliento, caíste en mi boca. Y quizás, solo quizás, pudimos hacer, durante unas horas, tangible el espejismo. Pero ya no sé afilar metáforas en la cornisa de tu belleza. Hace demasiado calor, hay demasiado ruido en mi mente entorpeciéndolo todo. Es demasiado tarde. Pero te juro que intenté perdonarte. Intenté seguir adelante y poner un lazo a la cicatriz que llevaba tu nombre. Y no conseguí que saliera bien. Solo queda recoger los bártulos, poner mi nombre a las cajas y seguir adelante. Qué tristes son las mudanzas de sentimientos. Qué triste tanta pasión desubicada.

Qué triste dejar tanta belleza sin terminar.