miércoles, 20 de agosto de 2014

20 de agosto de 2014

Leo a Karmelo C. Iribarren pero no lo disfruto, me resulta opresivo. Supongo que estoy acostumbrado a Bukowski, su tono pesimista adornado aquí y allá con pinceladas de humor y sexo. Ahora no es el mejor momento para tanta sobriedad. Voy un momento a la cocina a por más cerveza. Escucho gritos: mis vecinos vuelven a discutir. En verano las ventanas abiertas exponen sin rubor las miserias ajenas. Gritos e insultos. Todos hemos sido testigos alguna vez de las discusiones de pareja. Es muy desagradable. Cuando conoces a alguien deberían de ponerte un vídeo de introducción donde aparecieran sus pequeñas idiosincrasias: como se comporta cuando se enfada, cuando las cosas no funcionan o hay un problema de dinero, su capacidad de sorpresa en la cama. Y un corolario con datos de sus anteriores relaciones. Sí, oigo voces discrepantes: “con lo divertido que es conocer gente, fiarte de tu instinto y experiencia” Paparruchas. Al final nos toman el pelo siempre. Atención, perla de sabiduría: hay mucha gentuza ahí afuera. Debido a mi conocida heterosexualidad mi experiencia se limita a las féminas, pero está claro que los hombres también somos muy cabrones, vale para todos.

Las peores son las que van de víctimas. Las que te avisan y dicen: “Cuidado, he sufrido mucho, no soy buena para ti, sólo te daré problemas” pero claro, te crees especial, el salvador, un reto con forma de profecía autocumplida. Es muy tentador. Al menos para mí. Me gustan las relaciones complicadas. Tiendo a pensar que los defectos son secuelas, las mezquindades producto de la inseguridad y la desconfianza. Pero pasa el tiempo y te das cuenta que no, que el aviso era una especie de patente de corso para poder seguir comportándose como una puta sin escrúpulos. Y tienes un pensamiento peculiar: ¿ella es producto de la sordidez de su pasado, o siempre ha sido así y por eso le han sucedido esas cosas? En el fondo no importa, ahora quiere quemar el mundo, y da igual si eres tú o cualquier otro. Ya no es tan divertido, estás implicado, jodido.

Un tiempo después -depende de tu capacidad de ridículo-, suelen deslumbrarte con su última nota cínica: “Estarás mucho mejor sin mí, es lo mejor que te puede pasar” Efectivamente. Sin duda. Pero mientras tanto ya has perdido mucho tiempo y energía. Una obsesión tan contraproducente solo puede ser producto de mi propia marginalidad existencial, sino, ¿cómo se explica? Miro sus fotos, sus vídeos, sus cuerpos… y nada. Recuerdo sus conversaciones, sus blogs… y sigo sin encontrar nada que merezca la pena, que destaque. Nunca tuvieron nada especial. Y qué triste resulta esta extraña indiferencia, esta extraña dejadez.

Putas relaciones.

Se escucha un portazo: mis vecinos han parado. Mañana volverán a ello. Ya están metidos en esa rutina. Una bronca tras otra hasta el estallido final. Cuando tienes una relación deberíamos como mínimo intentar no estropear todos los recuerdos en la caída, mantener cierta elegancia en la inevitable ruptura. Qué fácil de escribir, que difícil de cumplir.

Divago por no hablar de sexo. Mi libido está desbocada: demasiado calor, demasiada soledad. Estamos atrapados por las necesidades de nuestros cuerpos. Escribir no calma. Mi pequeño ejército de cervezas matinales tampoco. Al revés: crecen las ganas de coger el teléfono y marcar los números equivocados. Como si no hubiera aprendido nada.

Y quizás no lo he hecho.