sábado, 16 de agosto de 2014

Dos meses sin follar.

El insomnio me va a llevar a la locura. Demasiado cansado para escribir, para pensar, para lidiar con las pequeñas trampas de la vida. Y además estoy cachondo. Algo normal: llevo más de dos meses sin echar un polvo. Perdonad mi lenguaje barriobajero, pero esa es mi idiosincrasia actual.

Aunque mi último polvo no fue memorable recuerdo cada pequeño detalle. Era una tarde como hoy, sosa, aburrida, calurosa, impropia. Estaba cachondo y sin esperanzas, habíamos discutido la noche anterior –como siempre-, y dudaba incluso de que viniera a verme. Pero vino: escotada, con su falda de cuero negro ajustada, con su corazoño bien lubricado. Yo estaba sin afeitar, varias cervezas en el cuerpo, demasiadas voces en mi cabeza. Pero quise tomármelo con calma, había belleza en esa flor que se abría bajo la lluvia de mis palabras. El sexo es muy básico pero también complejo; mental y físico a la vez. Se necesita cierta coordinación de tiempos, ganas, experiencia y escenario. Cualquier cosa puede estropear lo excelso. Molestar a los vecinos con tus gemidos, romper la monotonía, los juegos de dominación y el attrezzo, todo lleva al gran final, a esa sinfonía descabellada, a ese baile del paroxismo que nace del orgasmo con olor a toque de queda.

Había una sensación de final mórbido en el aire, pero no nos importaba. Le pedí que se desnudara lentamente. Que jugara un poco. Disfruté del espectáculo. Luego le hice una señal para que se arrodillara delante de mí. En su rol de sumisa cerró los ojos y su boca me absorbió. Lo más divertido siempre son los preliminares, no hay que reducir todo a un mete-saca. La empujé hacia atrás y hundí mi lengua en su coño. Ella se reclinó al borde de la cama y siguió chupándomela así. Iba despacio: me la ponía dura, paraba, volvía a juguetear con su lengua, me acariciaba, paraba. La carne llama a la carne, mis dedos asfixiando su coño, agujeros de carne sin apenas inocencia. No pude aguantar más y empecé a follármela con violencia. O con amor. Ella se frotó el clítoris hasta que llegó al orgasmo de gemidos desencajados. Mi polla triturada por sus contracciones. Bien. Me tocaba a mí. Coloqué sus piernas encima de mis hombros, la sujeté las manos y empecé a follarme su cuerpo indefenso con animalidad. Destellos de riesgo en el lenguaje duro, en cada bofetada que le daba a mi pequeña puta. Cosificados. Usados. Tuvo otro orgasmo justo antes de que la sacara y me corriera en su cara. Como último gesto recogí parte de mi escoria blanca con los dedos y se la metí en la boca. Puso cara de disgusto, pero los dos sabíamos que había merecido la pena.

El decadente es un excelente amante. Follamos sin monotonía porque tenemos la sensación de que puede ser la última vez. El decadente siempre te llevará al orgasmo, te enseñará el placer del dolor, te sodomizará después de comerte el coño, te acariciará mientras te insulta. Todo o nada. Somos los ignus de los que hablaba Ginsberg, los que aman con afán de catástrofe, los que siguen buscando la oreja de Van Gogh, los que intentan compensar así su incapacidad para vivir.

Los que nunca se cansarán de buscar en el fondo de tu coño la felicidad.