jueves, 3 de abril de 2014

¿Dónde está mi cerveza?

La idiotez siempre me ha supurado. Aún recuerdo ese año y medio que me dio por estudiar Filosofía, como pasé la mayor parte del tiempo en la cafetería, mirando el escote a una de las camareras entre chupitos de vodka y cervezas. Intentando engañar a todo el mundo con el libro de Cioran y los de Henry Miller. Y aquel enorme tocho de Schopenhauer. Pero no, a mí lo que realmente me interesaba era esa camarera. Tenía en mi cabeza cientos de formas de follármela. Pero bueno, era de los tímidos, incapaz de mirarla a la cara.

Fue una época extraña. Tenía aquel piso de alquiler que me pagaba una familia desaparecida, un trabajo de media jornada de reponedor y dos o tres amigos alcohólicos y drogadictos que pensaban que la vida se reducía a gastarse en un fin de semana toda la nómina. Invitar a las chicas a cocaína. Ver como subían sus faldas con una sonrisa. Hablar de Wilde y de Camus y echarme a reír, porque Bukowski tenía razón en todo, a pesar de ser una aberración estadística, ¿qué importaba el pensamiento? Nada tenía mucho sentido.

Éramos las putas del caos. No hablábamos de ello pero todos sabíamos que la vida era una concatenación de dolor, decepciones y frustraciones. No queríamos asustar a Peter Punk con la luz. Ya nos obligarían las circunstancias a hacerlo. Mientras tanto seguiríamos huyendo del dolor.

Con respecto a las mujeres tendía a la misoginia por puro pragmatismo. Me conocía lo suficiente para saber que implicarme con ellas sólo me provocaría dolor. Pero fue algo irremediable tropezar con Marta. Adorable. Ajena. Jodida. Infame. Estúpida. Genial. Se comportaba como si el crisol de su pasión se alimentara de una bipolaridad que parecía más vocación que enfermedad. Reía mientras daba la vuelta al colchón de la realidad y te enseñaba –y compartía- la mancha de sangre que había al otro lado y que nadie excepto ella era capaz de ver. Había perversión en su romanticismo. Había cortes en los antebrazos. Y misterios. Y fe impostada. Y gusanos hambrientos. Y ese recuerdo frío e incomodo cuando me exigió amor a gritos en el cementerio de Alcobendas.

Si el amor no fuera una perogrullada, un invento de trovadores resentidos, si el concepto del amor se tuviera un poco de respeto a sí mismo recordaría a Marta, por encima de cualquier otra cosa, por sus silencios displicentes, por la languidez que mostraba en cada uno de sus gestos, por su cinismo cruel, por el color de sus ojos después el orgasmo, por las cicatrices en forma de secuelas, letras y música. Pero la realidad es que el recuerdo más importante que tengo de ella son sus perfectas felaciones: esa forma que tenía de adorar mi polla entre sus labios, de introducírsela con devoción en la boca, cómo jugaba con ella, mientras me acariciaba los cojones, el culo, la espalda. Con esa experiencia que me resultaba inédita y extraña en una chica de apenas dieciocho años. Con generosidad, morbo mutuo, mirándome a los ojos mientras me corría. Luego se alzaba y me besaba con fiereza, mi estertor blanco todavía en su boca, el sabor de nuestros hijos no-natos mezclándose con cierto poso de esperanza que la vida todavía no se había encargado de destruir.

El sacrificio parecía eterno y viable.

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