jueves, 23 de enero de 2014

Hay un loco escondido en el poema ahorcando un recuerdo sin memoria. Tu coño es un arma a la que rezo todas las noches.

Me levanto con una plegaria entre las piernas. Pero sólo quiero convertirme en árbol de metáfora lisiada. Salpicar la niebla con el cuchillo. Pero ya no tengo dedos. Solo tumbas obscenas que ríen y ríen. Cojo la botella. Me espera un día cruel y quiero anestesiarme. Leo a Sarco Lange. Él es un dios. Yo soy una hormiga. Quémame con tus letras. Líbrame de este insomnio anorgásmico. Descose mis párpados con tu poesía.

Elijo una camisa de fuerza de color azul. Maquillo mi alma barata con vino barato. A fin de cuentas el grito siempre es interior. Como la resaca. Algo que supura por tus sentidos y te hace sufrir. Un beso enjaulado y muerto de hambre.

Pero incluso el dolor es inocuo y estéril. Kerouac y Cassidy conduciendo durante décadas en nuestro imaginario particular. Pero sin llegar a ningún sitio real. La emoción. Qué difícil es conseguir la emoción. Dejarse llevar por ella. Plasmarla en el papel. Subí a esa montaña y sólo encontré pájaros muertos cubiertos por un chal de nieve. Y una madre llorando su aborto. Y me sentí como ese niño no-nato, mortaja de carne de la cual no podía prescindir.

Subo el volumen de la música. Las palabras se vuelven más insidiosas por la falta de concentración. Alzo la botella. Engullo su bilis. Retuerzo el cuervo en mi garganta. Hay un verbo escondido en mi mano derecha. Me creo muy viril. Pero sólo soy un necio con la polla blanda. Incapaz ya de correrme. Por eso intento convertir el párrafo en el bukkake más atroz.

Pero, ¿por qué no consigo franquear ese espacio entre mis dedos y la nada? Mis te quieros caminan descalzos por un suelo plagado de semáforos en rojo y cristales rotos, ¿dónde está mi silla de ruedas? Podría escribir que éramos un milagro de lo obvio orquestado sobre una cama demasiado enferma para conspirar en nuestra contra. Un pedazo de mundo haciendo malabares en su caída. Besos de arena. Un manto de rosas negras que enaltecía el amor con su ejército de sombras imposibles.

Es la una y media de la tarde. He fracasado intentado agasajar tu piel con el poema. Un poema que hiede a sexo de orfeón cotidiano. Estoy borracho, ¿escuchas ese sonido? Son pedazos de mi cerebro cayendo sobre la moqueta.

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