miércoles, 22 de enero de 2014

Abre la boca. Abre las piernas. Y santifica el poema.

Los recuerdos, como la lluvia, se agolpan en un lado de mi cerebro. Llevo varios días trabajando en exceso. Ya me siento como un esclavo al salir de casa. Sólo me queda enloquecer un poco más, porque la opción de masturbar al capitalismo en esa mezcla de odio-amor que se ve en los centros comerciales es imposible debido a mi paupérrima nómina. Y a esa idea idiota de seguir viviendo solo.

Además, ahora España da una buena coartada para los fracasados como yo. Somos precarios. Resignados. Somos el parque de atracciones de Europa. Un país turístico. Da igual si tienes carrera o cinco idiomas, eres un hámster buscando su porción de queso. Sobrevive. Confórmate con pagar tus facturas. Ya hay idearios que a fuerza de repetir se convierten en profecías y verdades inapelables. Primero fue: “vivimos por encima de nuestras posibilidades”. Ahora hemos cambiado a: “vamos a ser la primera generación que vivirá peor que sus padres”. Y en este escenario cruel los fracasados no se sienten mal por haber desperdiciado su vida sin ambición en el quietismo más vergonzoso. El asco se paga con la sugestión viral de que otra vida es imposible. La frustración es una halitosis que sólo sufren los que están más cerca de ti. Ni siquiera puedes dejar un bonito cadáver.

Sólo quedan las paredes acolchadas de la página en blanco. Pero nada fluye.

Me bajo los pantalones y empiezo a masturbarme con ira, con desdén hacia mi propio cuerpo. Me subo al escenario de tu sexo. Sin embargo no veo nada. Solo esa tragedia endémica del futuro. Me veo suplicando que no huyas. Que ames mi locura. Aunque no puedas. Ni debas. Naufrago de tus pechos. Lamo la humedad de tus ruinas. Porque el amor a veces es masoquismo. Y la fusta despliega sus destellos de riesgo con fuerza en tu culo. En tu espalda. Las ventanas de mis vecinos se iluminan por tus gemidos. Déjame desahogarme con tu cuerpo. Buscar sentido en tu carne. Bajar al sótano y buscar una horca de palabras que apague el incendio de este mantra desesperado. ¿Qué sueñan tus pezones? Dímelo. Compláceme. No cierres tus ojos. No seas un témpano de hielo azul. Quiero eyacular azar sobre ti. Quiero follarme tu esperanza.

El semen me salpica con su herida blanca. Una pequeña anestesia. Cojo el último poema escrito a mano, pongo el tabaco, el hachís, y preparo el ataúd lisérgico de papel. Dos caladas. Miro por la ventana y todo parece medrar en un orden soportable. A veces anhelamos el poema de amor, ese maldito y hambriento precipicio. Como si fuéramos cuervos con vocación de mariposas. Discutiendo a gritos entre dos orgasmos antes de reventarnos contra el pavimento de la realidad. Por eso: mata al verso, escupe al poema, viola la poesía. Ahoga el desierto tullido que nace entre mis piernas con la humedad de tu coño impávido. Tengo sed. Sed de vino, hachís y vodka. Pero sólo tú puedes saciarme. Seamos dioses de madera reverenciados en una liturgia donde ateos y pirómanos bailen una orgía de carne, sangre y fuego. Seamos amanecer y muerte. Y después, cuando nada importe, que el mar nos sirva de mortaja.

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