sábado, 4 de enero de 2014

El peso de mis cojones te desarma cuando me corro despacio y con cariño sobre tu cara. Lo importante no es el tamaño, sino el vacío que te deja.

Los días perdidos se alejaban corriendo por los tejados con una sonrisa de dientes. Horas apiladas en nichos opacos al parpadeo de la memoria. Inasibles. Inservibles sin ti. Me dejaban sangrando y sin costuras. Con resaca en los dedos y jugando a la ruleta rusa con mi cerebro.

Esa época en que el móvil no sonaba. De distopía romántica y caladas de sangre. Tambores de guerra con forma de tacones que devoraban primero mi polla y luego mi corazón. Sentía como si su coño esperara en la última planta de un rascacielos en llamas. El amor se secaba demasiado rápido. Como una señal de tráfico en el desierto guiñándote un ojo. Y mientras, caminaba de espaldas al futuro escondido en un disfraz de letras, intentando vanagloriarme de mis limitaciones con un puñetazo al aire y dos botellas vacías.

Hasta las pelusas de mis bolsillos rotos se reían de mí.

Al final lo superé. Comprendí que sólo era lujuria empapando sus bragas. Un poco de mierda interpersonal intentando ser trascendental. Y cuando tiré sus recuerdos a la basura, el Amor aprovechó para colarse en mi portal y buscar nuevas victimas. Pero las cucarachas se amotinaron y lo despedazaron sin compasión.

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