lunes, 6 de enero de 2014

La vida es una poesía que se tambalea hacia un final impreciso pero inevitable

La única solución del nihilista es ver las cosas a corto plazo, día a día. Si te alejas demasiado para ver el cuadro completo corres el riesgo de que no te importe nada, que veas la vida como muerte anticipada, sin legado real. No tenemos importancia, somos una bolsa de plástico guiada por el viento, una entropía del ridículo. Una escena, a veces demasiado larga, para algo que sólo es simple abono. El presente adquiere entidad con el hedonismo, la ambición, el orgasmo, la pasión, la normal disposición a la felicidad. Las secuelas no importan si consigues dotar de significado a un proyecto vital, como si la metáfora de trascendencia de tus actos fuera el vulgar movimiento hacia delante.

Esa es una de las razones, aparte de la masturbación del ego, para escribir: Trascenderte. Intentar llegar a nuestro núcleo y mostrarlo. No hace falta plantearse la batalla perdida de la originalidad, el demiurgo escritor singulariza su experiencia común con los detalles. Cambia el envoltorio de un regalo que ya hemos pagado todos.

Todos somos escritores, necesitamos un poco de soledad y escucharnos. Lo que hacemos con el teclado es cambiar de formato nuestros pensamientos gracias a la ortografía y la gramática. Como crear música a partir de una partitura. El proceso mental es arduo, necesitamos reflexión y aislarnos del ruido metafórico que nos rodea. Por eso es razonable sentir envidia de esas personas que desprenden pasión vocacional por la literatura, que necesitan escribir todos los días. Con la práctica su cerebro trabaja continuamente analizando situaciones, buscando historias, añadiendo detalles a esa doble lectura de la realidad y sus andamiajes. Es una pasión esclava, sufren una sinestesia interior, fuente inagotable de imaginería.

¿Somos vulgaridad, otra ventana iluminada por la noche sin demasiado misterio, otra conexión a Internet malograda? Tanta palabrería para que luego aparezcan unos pechos acechantes, un culo perfecto, y provoquen mi jaque mate existencial. La musa sigue tirando de la cadena a sus elegidos, impidiéndoles que se ahoguen en su propia mierda. Como diría Oliveira “La soledad es esperarte”, bucle de paraísos perdidos en el que me conformo con atar el recuerdo de tus gemidos a mí...

***

El despertar.

Encontré una abeja que andaba a tientas por el suelo

Una pata destrozada, las alas rotas, sin el aguijón
La recogí, perplejo ante su determinación
De seguir adelante, a pesar de lo brutal y estúpido
De lo que le había sucedido
Consideré, recordé la lucha fatal
La agonía en la cara de los amigos heridos
Y el mismo estúpido impulso de continuar
Me enfadé con el injusto conflicto que sufren
La voluntad y el organismo
Me hice justo, me volví irracional, me hice extravagante
Observé la abeja, allí, tendida en la palma de la mano
La miré y le ordené con un grito áspero y furioso
¡PARA YA!
Entonces dejó de luchar, y de algún modo de pronto
Se hizo maravillosamente entera, y se levantó
Y se fue volando
La miré fijamente, estaba conmocionado, estaba abrumado
Por la responsabilidad, y no sabía por dónde empezar.

William Wantling

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