viernes, 3 de enero de 2014

Este amor de precipicio que dibujaba garabatos en mi pecho.

Estoy borracho y algo sobrio. Con esa falta de lucidez de un Madrid que te convierte en anuncio en blanco y negro. En anónimo. En kamikaze. En vinilo desleal. Mi cuerpo se balancea en el vacío que han dejado tus gemidos. En vez de mariposas siento gusanos con nombre de drama horadando en mi interior. El tacto de mis sueños me sabe ahora a polvo de nichos. Te llamo varias veces pero dejas que mis sentimientos se sequen en tu contestador. Inquietante estado de puntos suspensivos. ¿Lo has olvidado ya? Cuando te follaba fuerte y duro. Cuando el incendio ansioso de tu coño se desbordaba. Cuando nos mecíamos en el sonido de tu piel contra mi piel. Cuando mi ventana encendida era tu faro de medianoche. Cuando las respuestas a todas las grandes preguntas se deslizaban entre tus piernas. Cuando te mantenía mojada mientras, allá afuera, el mundo entero se moría de sed ¿En qué momento nos convertimos en pájaros sin alas? ¿En que momento el pensamiento cayó de rodillas y nos vimos atrapados en un manicomio de lluvia? Antes éramos nostalgias correspondidas, bosques de palabras que no existían y se vestían con tu carmín afilado. Ahora somos desconocidos bailando con un error con forma de rompeolas y vocación de puente. Quizás sólo querías ser una piel efímera habitada a golpes de cadera. Sin pertenecer a nadie, ni siquiera a ti misma. Y aunque ahora debo desarropar todos tus abrazos y limpiar los jadeos de pólvora y besos de tinta de las sabanas, correrte en mi boca siempre será la forma más hermosa que tuvimos de equivocarnos.

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