viernes, 18 de octubre de 2013

Carta de una desconocida (I)

Cuando follábamos cerraba los ojos. Me lo recriminabas. Pero no podía evitarlo. ¿Te quería realmente? Mi coño sí. He conocido a demasiadas mujeres frustradas, reprimidas, culpa quizás de las ideas rancias de un patriarcado que necesita controlarnos. Pero tú, mi chico malo, liberaste mi animal, la ansiedad. La dependencia física. Quería hacerlo todos los días. Que me follases duro. Disfrutaba cuando me agarrabas con dureza el cuello y me sodomizabas. Disfrutaba con tus palabras. Del sonido de los muelles de la cama. Del eco de tu cuerpo golpeando contra el mío. Jugar a la doncella violada. Y cuando a veces tenía un orgasmo anal, las piernas temblando, en ese lapso de tiempo que tardaba en secarse tu sudor, en limpiar mi garganta, en desaparecer el tenue dolor de mi coño, me enamoraba un poquito más de ti.

Luego venían los anhelos normales: algo estable, sueldo fijo, viaje al extranjero cada seis meses, un masaje en los pies cuando volviera cansada del trabajo… Y siempre llegaba a la misma conclusión: los chicos malos tienen una fecha de caducidad muy corta, no te impliques.

Y ahora escribo sobre ti. Quizás en defensa propia. Como si suspirar fuera un ataque de egocentrismo. Y no sé si recordarte como el poeta sensible o como el borracho patético. Amarte y aborrecerte. Todo viene siempre con retraso. Condones estriados aullando en mitad de la noche. Marcas sin vendas. Agotados y sin muletas. Barcelona. Madrid. París. Todo a seis segundos de la huida. Con los ojos cerrados. Como si estuviera atrapada en un ascensor de niebla mientras escucho a dos desconocidos follar en el entresuelo. Tic-tac. El otoño reptando por mi cuerpo fingiendo una caricia.

Tengo ganas de emborracharme contigo. Con un vino de esos baratos que siempre traías. Doy otra calada. Hachís. Ratas en el parque. Pasillo deshabitado. Piano de polvo. Somos andamios. Calada. Amarte y aborrecerte. Segundas partes. Pero hay resentimiento. Bloqueos. Carencias. Mi cuerpo dice sí. Mi garganta rechaza tu recuerdo y escupe dos portazos y una carta vacía. No quiero buscarte sentido. Sólo echarte de menos. Y mirarme al espejo. Y tocar mi boca. Mi cuello. Mi pecho. Mi culo. Mi sexo. Y todas las zonas llenas de esta bonita suciedad que has dejado atrás. Y aunque te quiero dentro de mí, no puedo hacer nada más. Sólo escribir. Y suprimir. Escribir. Y suprimir. Escribir…

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