lunes, 11 de marzo de 2013

Hace tiempo.

Me llamaste varías veces, a las ocho, las ocho y media, las nueve, las diez, las diez y media… habías llegado a la ciudad y tenías curiosidad por conocerte. Pero yo había iniciado mi clásico rito de autodestrucción de los viernes y tenía el móvil en silencio, debajo de alguna pila de ropa.

Seguiste llamándome, borracha, caliente, sexual, con la risa y el ruido de fondo de algún bar del extrarradio. Me llamaste tanto que acabé por darme cuenta, pero ya era demasiado tarde. Te enfadaste cuando te dije que era imposible que nos viéramos, demasiado desfase de ebriedades, no tenía ganas de vida social, timidez exacerbada, el fracaso supurando por las paredes, el asco, el miedo a joderla todavía más. En fin, la conversación fue desagradable, el típico colapso de decepción y odio, me dijiste que ya estabas acompañada, que no importaba demasiado, y me colgaste de mala manera.

Mierda, pensé, estaba muy bien antes de la llamada, feliz en mi inexistencia, el alcohol sanando, manteniéndome vivo, los muertos tocando sus pequeñas sinfonías de talento inusual, mañana ni siquiera tenía que madrugar… Pero no, la noche había perdido ritmo, tu voz me había despertado una extraña ansiedad de contacto humano.

Seguí bebiendo.

A las cuatro de la mañana, una botella después, me dejé dominar por el impulso: quería llamarte, convencerte de algo, ni siquiera sabía exactamente de qué, quizás estuviera relacionado con la orbita cementerio de mis pensamientos, quizás, siendo sincero, tenía más relación con la imagen de tu cuerpo oscilando sobre el mío. Quería tener una oportunidad de redención, a fin de cuentas yo era el único genio en la multitud, alguien impredecible, capaz de follarte con la violencia adecuada justo antes del gatillazo, capaz de hacerte reír como una loca antes de decepcionarte completamente, alguien, en suma, mucho más gilipollas que cualquiera del contubernio de gañanes que te rodeaba en este momento.

Te llamé. Y ahí estabas, al otro lado, totalmente borracha, la voz preñada de lujuria desencantada, buscando tabaco en la calle desierta, la ciudad rozándote con sus ojos húmedos. Me sentí atrapado de inmediato, todo rastro de raciocinio desapareció. Te dije que iría a salvarte ahora mismo. Te reíste, como una araña haciendo temblar su red, miraste a tu alrededor y me diste el nombre de la calle. Te grité como despedida que iba a inmolarme contra tu clítoris desdeñoso, que íbamos a joder en la misma calle, como perros en celo.

Veinte minutos después el taxi estacionó a un par de metros de ti. Antes de bajar observé tu perfil, saboreando el momento. Eras jodidamente guapa, mohín clásico de depredadora, cara de multiorgásmica, falda etérea, figura rotunda, pezones que desarmaban con su arrogancia, cuerpo de orgiástica belleza enhebrando el viento... 

Mierda, eras demasiado. Simplemente demasiado. Le dije al conductor que diera la vuelta. No había nada que hacer. 

Hace Tiempo (En Directo) by Héroes del Silencio on Grooveshark