jueves, 7 de marzo de 2013

El polvo más triste de mi vida.

Que absurdo, todo iba bien, era tierno, quizás demasiado para el poco tiempo que llevábamos juntos, apenas una semana, me decía que nunca había sentido algo tan fuerte por nadie, ni siquiera con su pareja de toda la vida. Joder, que responsabilidad, y yo aquí, sin creer en nada, sin sentir más que una atracción. Me gusta, de acuerdo, pero de ahí a lo otro, pues no, ni siquiera le conozco todavía.

Por fin llega nuestra tercera cita, me besa, todo va perfecto, sigue tierno, acariciándome. Vamos a la cama, y ahí la cosa ya empieza a deshilacharse; hay torpeza en sus gestos, es incapaz de desabrocharme el sujetador, se tumba sobre mí, y empieza a trasegar. Arriba y abajo, arriba y abajo. Aquello que siempre me suena tan horrible, tan poco romántico, bombear, eso, nada más. Intento cambiar de postura, pero parece que le incomoda. Aquí estamos, con la luz apagada, ni siquiera me habla, ni me mira, ni nada, se limita a empujar, ¿acaso imagina que soy otra? ¿Está en un trance religioso que le impide dar placer? Me imagino como aquellas mujeres de generaciones atrás, castas, un agujero en las sabanas, camisón hasta los pies, ¿disfrutar? No, no, eso es pecado. Lo gracioso es que esto ni siquiera sería un pecadito, solo es un polvo largo, eterno.

Y encima esa música de mierda de fondo, alguien destrozando una canción de Metallica, luego un cantautor lleno de ripios. Tengo que lidiar con esto, la lámpara del techo es mona. Blanca, como de pétalos, muy de Ikea, me gustaría ir a Ikea; quizás al de Murcia, aunque me coja un poco lejos, así podría ir a ver a Carlos, que me diera en persona ese regalo de cumpleaños que siempre me dice por teléfono que me va a sorprender pero nunca quiere enviarme por correo. Sigo divagando, ¿por dónde iba? Ah, sí, el impertérrito sigue sudando sobre mí, ajeno al mundo real, sin ver que me estoy durmiendo.

Joder, que largo, ¿acabará de una puta vez? Intento moverme, girar, ponerme encima. No funciona, parece que se desinfla si le saco de su única posición. Voy a fingir un orgasmo, a ver si así acelero la cosa y acaba. Gemido, gemido, cierro los ojos, arqueamiento. Mierda, ¿se puede caer más bajo? Ni siquiera reacciona, él sigue ahí, con su taladro, enfocado en el trabajo, porque esto es como un trabajo, no puedo creer que pueda estar disfrutando, yo, desde luego, no lo hago.

Como odio a Carlos, coño. Le voy a mandar un mail de odio, por poner el listón ahí arriba, mientras yo sigo debajo del maratoniano este. Joder. No será romántico, ni me querrá, pero por lo menos es imaginativo. A ver, a ver, ¿acaba? No, mierda, falsa alarma, sigue. Imagino que estoy en la playa, una playa preciosa, las olas rozándome los pies, estoy caminando, me alejo, una ligera brisa… coño, no, las técnicas de relajación tampoco ayudan. Interfiere este capullo con su sube y baja monótono. Joder. Esta fuerte, pero solo la parte del pecho y los hombros, que absurdo, la parte de abajo se le olvidó trabajarla, tiene un culo de anciano. ¿Sigue? Espera, voy a salir de mis pensamientos… ah, sí, ahí sigue.

Mira que es mona la lámpara. Tengo que ir a comprar un regalo para Carmen, el domingo es su cumpleaños y no he preparado nada. Podría estar comprándolo ahora. Y también tengo que llamar a la del presupuesto de la escalera, sí, a ver si luego me acuerdo. Ay, espera, que acelera parece que gruñe ¡Sí, sí, por fin acaba! ¡Bien! Se acabó la tortura, espero que se largue, que no quiera hacer sobremesa. Se levanta y me mira ufano, hace un chascarrillo sobre que no sabía que era multiorgásmica, me quedo callada, no sé ni que decir. Que absurdo. Se mete en la ducha, me largo, necesito quitarme esta sensación. Joder, no estoy confundiendo el vacío sentimental con el vacío existencial, solo quería echar un polvo, un polvo con algo de imaginación, con esa pizca de violencia dosificada, caricias, besos, mordiscos, palabras, ¿pedía acaso algo tan jodidamente difícil?

Intento distraerme, leo el blog del decadente desde el móvil, poemas como charcos de gasolina, me gusta imaginarme desnuda, naufragando en ellos de espaldas, llevando solo mis tacones para que pueda empotrarme por detrás con comodidad. Mierda, me excitan más sus palabras que todo lo que ha sucedido allí arriba, ni siquiera he llegado a correrme. Me envía un whatsApp preguntándome donde estoy. Lo borro, maldita sea, tengo treinta y siete años y acabo de echar el polvo más triste de mi vida. Suelto una carcajada ante una frase tan melodramática. Coño, sí, eso es, hay que vivir la vida con humor, solo se trata de un poco de adultescencia sexual. Arranco el coche, a fin de cuentas -sonrío al pensarlo-, es imposible que el próximo sea peor.

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