martes, 22 de enero de 2013

Casimiro Returns

Había empezado a beber demasiado pronto, la oficina, cadena de montaje de tuercas lobotomizadas, circo de látigos, cadenas y prospectiva zozobra de sangre derramada cuando me colapsase la locura, se antojaba algo lejano, ajeno. Ahora solo pensaba en esos seres infernales, esos cuerpos cimbreando de aquí para allá, esa insidiosa carne femenina tentando la violación. La pornografía delictiva me provocaba un onanismo desidioso, necesitaba un coño, así de simple, lo necesitaba para sentirme humano, para no seguir siendo una cucaracha kafkiana, necesitaba ese amor carnal tan banal y vulgar, pero tan necesario por ubicuo y transcendente en su presente puro.

Recordé entonces a esa loca que me seguía molestando, obsesiva, volcando su platonismo surrealista a través de correos y llamadas extemporáneas. Quizás fuera la desquiciada adecuada, con ese bagaje habitual de relaciones tóxicas y esperanzas románticas mancilladas. La llamé. Le dije que necesitaba tenerla cerca, que echaba de menos su cuerpo, todo en forma de sutiles perlas poéticas atrofiadas, como un anuncio de compresas y nubes.

Vamos a lo importante, la elipsis nos ahorra descripciones –ella tiene una belleza anodina, arrugas en el corazón, y demasiado maquillaje-, y también el proceso de alcoholismo de los dos, la charla banal, el ritual de cortejo, los acercamiento más o menos elegantes, en definitiva, los clichés de la velada.

La empujé contra la cama, estaba totalmente ebria, nos besamos, nos mordimos, rasgué su blusa, apreté sus pechos con saña, me encantaba tener ese cuerpo entre mis manos, parecía delicado, pero lo que me excitaba era esa sombra de gastado que ya se percibía. No quería perder el tiempo, le subí la falda, aparte sus bragas y se la metí. Me costaba entrar, me recreé un momento en su gesto de dolor, y seguí disfrutando de la fricción seca, de sentir como separaba su coño con mis embestidas.
 “¿Te duele?”
“Si…”
“¿Te gusta?”
 “…sí”

Al minuto ya estaba totalmente mojada y había perdido fricción. Le di un par de bofeteadas leves, ella abrió los ojos con sorpresa.
“¿Eres una puta?”
“…Sí”
“Mas alto, mírame a los ojos, ¿eres mi puta?”
“¡Si, lo soy¡”
“¡Más alto!”
“¡Sí! ¡Lo soy! ¡soy tu PUTA¡”

Empecé a follármela fuerte y duro, no sé por qué, pero sentía violencia hacía su cuerpo, quería herirlo, desgarrarlo.
“Vamos, zorra, quiero que te corras ya, quiero que me des las gracias cuando lo hagas.”
“Sí, sí…sí…gracias…gracias… ¡Gracias!”

Sentía sus contracciones, me violentaba y excitaba a la vez. La puse contra la pared y empecé a acariciarle el culo con los dedos. Le metí el pulgar, disfrutaba, su ano se dilataba con facilidad, terreno fácil, una profesional, la sodomicé con fuerza, quería que pagara el precio de su feminidad, que se sintiera agujero, sucia carne perforada. Pero le gustaba demasiado, gemía con fuerza, totalmente desinhibida. Eché de menos el cinturón, pero no quería darle una tregua, use la mano abierta para repartir unos fuertes cachetes en su culo y pintar en su piel un amanecer violento que le hiciera recordarme mañana.

Llevábamos más de media hora pero no conseguía correrme, quizás había bebido demasiado vino, ¿estaba disfrutando? Me senté a horcajadas encima suyo, le cogí la cabeza con fuerza y empecé a follarme su boca; dentro fuera, dentro fuera, dentro fuera. Joder, estaba muy bien enseñada, sumisa, sin mostrar resistencia, y no solo eso, la chupaba realmente bien, apretándola dentro de su garganta sin un asomo de arcada, con ese excitante y rítmico ruido de succión.

Me sentí generoso, aparte su cabeza y comencé a comerle el coño; pero nada de lamer como si fuera un perro en celo, había que resultar elegante, primero suave, los muslos, los labios, separándolos lentamente con la lengua, introduciéndola poco a poco en su interior, y luego el clítoris, bañándolo en saliva dentro de la boca, jugueteando con él hasta que notaba como arqueaba la espalda. Ella no se quedó quieta, mientras me acariciaba los cojones sentí su lengua dentro de mi culo, abriéndome, lubricándolo, luego, sin advertencia, me metió un dedo.
 “Vaya, veo que te gusta jugar pequeña furcia.”
Le metí parte de la mano en cuña, tres dedos, escuché un quejido de dolor.
“No te quejes puta y ábrete más, tienes el coño de una niña.”
Separó un poco más las piernas y seguí masturbándola con dureza con la lengua y cuatro dedos.

Volví a montarla, estábamos los dos empapados en sudor, en nuestras bocas se mezclaban los sabores, necesitaba correrme ya, empecé a follármela muy rápido, sacaba casi toda la polla y luego se la metía con fuerza, a veces se salía por los flujos pero la volvía a meter junto a par de dedos, quería cosificarla; gemía con una mezcla de placer y dolor, estábamos en medio de una guerra sin control, le apretaba los pezones,  me arañaba la espalda, nos mordíamos los labios, seguía follándome el culo con uno de sus dedos.

Era demasiado, la cogí del cuello y empecé a apretar, ella siguió moviéndose como si quisiera despedazar mi polla, corresponder así a la asfixia, su cara se congestionaba, no podía parar, ella tampoco, desfallecía, convulsionaba debajo de mí, la muerte era placer, empecé a correrme, la solté, boqueó, también se estaba corriendo, el orgasmo fue tan intenso como un puto ataque al corazón, la paredes caían sobre nosotros, el aire era tan espeso que hacía daño al respirar.
Me eché a un lado totalmente desfondado. La correspondencia al éxtasis era el abismo, me sentía dentro de una mortaja de carne.

“Eres el mejor polvo de mi vida.”
“Solo soy una polla más entre millones, algo vulgar, como las canas de tu coño, no nos dejemos llevar por la emoción del momento. Déjame solo.”

Quizás fui desagradable, pero joder, ya sabéis, todo había terminado, lo demás era innecesario. Portazo, muesca, fundido en negro.
¿Dónde habré dejado la otra botella?

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