miércoles, 31 de octubre de 2012

Un cerebro cae desde un quinto piso y forma la huella dactilar de la polla de Dios en el asfalto.

El día no demasiado bien
demasiadas horas asesinadas
no había nada de.

Y duelen las palabras
las limitaciones
los muros
las taras.

Como un accidente de tráfico prospectivo en el que disimulas tu falta de autoestima apretando con fuerza el acelerador.

Y todo sigue su curso
los platos sucios llenos de canas y cucarachas
los melocotones chillando
los gatitos muriendo ahogados ante el jolgorio de los niños
la araña jugando con la mosca
todos unidos por el prepucio de la existencia
por el horror de unos ojos de cartón
reptando por las hendiduras de la mente.

Frío. Lluvia. Un par de botellas de vino. Y una cerveza.

Me siento solo, desprotegido
encenagado por la pútrida y noctívaga luz del monitor
masturbándome con cómicas ensoñaciones de nada
ridículo ante la descarnada realidad,
ante la tosquedad lírica de esa imagen perfecta
de tu boca, tu piel, tu coño...

Cierro los ojos,
carne podrida incapaz de lamentarse por las malas decisiones
el amor, esa cosa patética
pero, ¿y si fuera diferente?
una promesa que dure más de cinco segundos
un te quiero en el momento adecuado
una mano que no desafine cuando busque la caricia
algo más que mi semen recorriendo tu garganta,
muriendo sin memoria en tu estómago.

En ese momento, al otro lado de la ciudad,
un cerebro salta desde un quinto piso y forma en el asfalto la huella dactilar de la polla de Dios.

Así suele terminar todo.

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