miércoles, 3 de octubre de 2012

Trópico De Decadencia (I)

El amor se apaga con la certidumbre. Es decir, inicias una convivencia, te casas, y empieza a aparecer una cuasi melancólica nostalgia por un poco de soledad, por las sorpresas, por un polvo contra la pared. Quizás resista un deje de admiración, pero todo empieza a claudicar a una agenda común que cumplir, al apego y una cierta indiferencia.

Hay excepciones, claro, estamos generalizando.

Si seguimos generalizando podríamos decir que el mejor momento en cuando solo os gustáis, habéis creado una pequeña necesidad, una rutina. Pero cada uno sigue con sus horarios. Todo es displicente, relajado, alguna llamada entre semana, los fines de semana quedáis para cenar, incluso alguno de los dos se queda a dormir. Pero nada de presentaciones a la familia. Simplemente disfrutar de los detalles, cada uno en su vida, sin que haya que tomar decisiones, solo pasarlo bien.

Pero entonces sucede. Ella piensa en él, en lo que estará haciendo en ese momento. Y llena el hueco a su manera. Piensa en el libro del que le habló el último día, le ve leyéndolo en su asiento favorito, o quizás comprando los billetes para ese viaje que quiere hacer con unos amigos a Barcelona. O quizás esté escribiendo algunas de esas hermosas y personales –al menos es lo que ella piensa- poesías que de vez en cuando le envía. O quizás haciendo horas extras, siempre trabajando, siempre responsable. Y sonríe. No quiere llamarle ahora, no quiere “interrumpirle”. Le gusta esa espera, porque aunque se resista, cree, desea, ansía cada vez más, que todo salga bien, como una especie de compensación kármica. Pero al final le invitará a cenar. La velada discurrirá agradablemente, beberá un poco más de la cuenta, y como está predestinado, echarán un polvo maravilloso. Y ahí, enamorada ya como una colegiala, aunque no se haya dado cuenta todavía, le dirá con demasiada sinceridad que le ama.

Lo gracioso del asunto es que el polvo no ha sido tan maravilloso, sí, ha tenido un orgasmo, pero han sido más bien las palabras, su idea del amor, de abrirse a él no solo físicamente. Siendo francos, y de esto se dará cuenta con el tiempo, él no sabe moverse, es torpe, se dedica a bombear con cierto egoísmo. Porque para él todo esto es una molestia, las palabras son un peaje, solo quiere disfrutar de la fricción, masturbarse con su cuerpo.

De hecho, si retrocedemos en el tiempo justo al momento en que empiezan las ensoñaciones de nuestra protagonista, descubrimos que él se está masturbando con los vídeos de una web, poco conocida y de carácter restringido, en la cual aparecen mujeres demasiado jóvenes, casi niñas, con coletas, suave maquillaje pastel, totalmente depiladas, siendo sometidas a toda clase de perversiones. Y justo en uno de los momentos álgidos, antes de eyacular, cuando ella está a punto de mandarle un mensaje, nuestro héroe se tira un pedo que llena la habitación con un intenso olor a mierda.


Te odio (con Santi Balmes) by Los Seis Días on Grooveshark