domingo, 21 de octubre de 2012

Sábado noche.

Kilómetros. Distancias. Islas y pieles que se resumen en una canción llena de afinidad, como la que escucho ahora en el iPod. Pero no consigo distraerme, es como el paisaje, pasando demasiado lento, intransigente a mi ansiedad. El libro dormita en el bolso incapaz de substraerte de mi cabeza, la compulsión es imaginar cómo será tu olor, el sabor de tu cuello, los paisajes de helechos que dibujarán en mi piel tus manos de astillas. Ya no hay vuelta atrás.

El autobús llega. Te veo ahí, arrugado contra la pared, un libro en la mano, alto, negro cuervo, observando con displicencia a la gente de tu alrededor. Tanto tiempo esperando, y ahora tan cerca, a unos pocos pasos de nuestro primer encuentro. Me siento invadida por el pánico, casi tropiezo al bajar. Sonríes de forma cálida e insinuante y abres los brazos para recibirme. Maldito tramposo. Me cuelgo de tu cuello y te abrazo. Me siento en celo teniéndote tan cerca, y cuando tu mano derecha baja insinuante por mi espalda no puedo resistirlo y te beso. Otra promesa incumplida. Te acaricio, me empotro contra tu cuerpo. Siento tu deseo, no podemos postergarlo.

Cierras la puerta del baño de la estación, me bajas los pantalones, las bragas, me empujas con prisa contra la pared de azulejos fríos. No esperes, sáltate los putos preliminares, ya nos besaremos después, ya fingiremos sentimientos con el atrezzo adecuado. Ahora solo quiero que me la metas sin compasión, animalidad, que me doblegues con tu polla, que busques un hogar dentro de mí y me arrases sin piedad.

Una locura. Salimos de allí vergonzosos, como dos niños pillados en falta. Cogemos un taxi.

Al llegar a tu casa todo continúa. Me desnudas con calma, te tomas tu tiempo para aprender la geografía de mis lunares. Me agarras de las tetas sin romanticismo, demasiado fuerte, muerdes mis pezones, aumentas el placer-castigo de mis puntos débiles. Me tumbas en la cama y me abres, pasas tu lengua por mis labios, mi clítoris, me penetras con esos dedos largos y enfermos mientras tiras del pubis con los dientes; cuando estoy llegando al orgasmo introduces otro dedo para sentir el espasmo, ese espasmo que me atraviesa y convierte mi espalda en un arco perfecto, el único puente con olor a mar donde el suicida nace a la vida. Lo prolongas con la lengua, excitado por mis gemidos desinhibidos.

Enciendes velas mientras me calmo. Te la empiezo a lamer, a chupar, lleno mi garganta de nausea que nunca se cumple, me follas la boca con más ritmo. Deslizo un dedo en tu culo, tus huevos hinchados impactan en mi cara. No te corras, no, quiero más. Me tiras al suelo, coges una vela y deslizas gotas de cera sobre mi ombligo. Cada gota la acompañas con una embestida rápida y dura.

Mis contracciones horadan tu polla. Me das la vuelta, asfixias mis pechos contra el colchón, me separas las nalgas y me la metes por detrás con fuerza, sin miramientos. Ahogo un pequeño grito y aprovechas para obligarme a chupar tus dedos, como si fueran la polla de un invitado, no importa, soy tuya, sumisa y golfa. Friccionas. Entras. Sales. Brusquedad. Dolor. Pero sobre todo Placer. Mucho placer. Noto como te dejas llevar, tu peso sobre mí, ese espasmo tan brutal de nuevo. ORGASMO. Te corres, me inundas, me pueblas. Para siempre ya no me parece mucho tiempo. Me mientes y susurras jadeante palabras de amor. Victoria pírrica de mi ego ciclotímico.

Madrugada de otoño, calor sofocante en el interior, dos suicidas follando al borde del abismo, a punto de caer. Y a pesar de ello, aferrados el uno al otro.

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