viernes, 31 de agosto de 2012

Ophelia (III)

Me tiembla la voz mientras camino, con el sonido del camión de la basura de fondo, por una serie de puntos suspensivos en cursiva. Los ritos de cortejo provocan risa o muerte cerebral, pero siempre me he escudado en el triste analgésico de la aceptación patológica. Miro mis muñecas, pienso en él, y da igual y duele a la vez, a fin de cuentas todos seremos polvo dentro de unas décadas. Le amo como una caprichosa niña a la que le tiembla la voz el día de su cumpleaños. Familia desestructurada. Hay que combatir el sueño de alguna manera en esta noche masticable de vino, idiotez y muerte. Dejadme sangrar.

Tu negación abriéndose paso como un cuchillo de inaudible risa. Nos colonizó la modestia existencial de una pizza que se enfriaba mientras discutíamos. Vencejos acuchillando el aire en Soylent Green. Labios resecos, besos de cartón. Muérdeme, haz sangrar a las sabanas, soy tu victima, un puto saco de genética desparramada sin talento que se convierte en una amante circunstancial.

Córrete. Córrete conmigo. Comparte mi lluvia. Soy un coño quebradizo, un alfeizar de carne, un cuervo hambriento, una mancha de fiesta en la pared. Y aunque el desastre sea evidente, miénteme, escupe mi nombre, muérdeme, úsame, fóllame en el baño de cualquier bar.

Bésame hasta que duela.


Olor a mandarinas by Zahara on Grooveshark