martes, 4 de septiembre de 2012

Mario.

La noche sigue, tu imagen me acompaña; te envío fotos de nubes para que sueñes con la libertad, como si pudieras sentir el mar en una caracola y no entre tus piernas; ya es septiembre, nos reímos de nuestra tristeza, excitados pero impotentes. La gente duerme a estás horas, ventanas heladas, irisadas en rutinas, voces amortiguadas por una almohada y un consolador sin pilas. Beber como forma de suicidio y desprecio. Nabokov requiere esfuerzo, y también lamerse las costuras, o ver como las manos se besan sentadas al borde de tu piel de astillas.

Estoy loco; me debato entre la misoginia y la adoración. Entre la puta pidiendo fuego en la esquina y el vodka frío mezclándose con zumo de naranja; entre una erección que apunta a la nada y esa extraña necesidad patología de soledad y muerte. Doce mil neuronas mueren diariamente mientras busco palabras que te encharquen, te inflamen, te exciten y provoquen tus contracciones

Nada tiene sentido. Me gustaría llorar, me gustaría que me acunaras entre tus brazos, que me mintieras, que me dieras amor, cordura, una razón, me gustaría matar a todos y disfrutar de la soledad de nuestros cuerpos a la pútrida luz de esta noche eterna. Estoy cachondo. Ejecutamos el baile. Vibro en un extraño gatillazo ad eternum mientras te como el coño, bebo tus flujos horadando tus emociones con mis dedos. Me hablas de tu vida, de tu matrimonio, me dices que solo disfrutas sola, que a veces nos destruimos en relaciones insatisfactorias porque no pedimos nada a la vida, sobreviviendo simplemente, que a veces me leías y no sabías porque daba tanta importancia al sexo, no sabías que era sentir varios orgasmos con una polla, no sabías que las palabras podían arquearte sobre la mesa y mojarte sin tocarte, no sabías que todo eso era posible, dejarse llevar, una noche sin horario, mi polla en tu boca, arcada, sentirte como una puta y disfrutarlo; se me pone dura cuando gimes, casi sin querer, cuando dices “joder, joder” como si tu cuerpo, tu piel, supiera más del lenguaje, como si todavía estuvieras buscando la manera de decir que quieres sentirme dentro, muy adentro. Te gusta, te asusta; y me dices que tu culo es mio, que te sodomice, y es tu entrega lo que me la pone dura, por eso empujo mis palabras dentro de ti, las mismas que te ponen cachonda, que hacen que fluyan sentimientos, como un terremoto hormonal. Geosminas, el petricor de tu coño, sudor, almizcle, besos que atarán este recuerdo a tu nostalgia.

Intento desconectar, me excito ante la idea de correrme dentro de ti, de ser el siguiente, de que me pidas que te enseñe, de jugar con nuestros cuerpos, de aceptarnos, autoestima reverberando en los ojos, en las manos, en el deseo del otro, como si empezáramos a existir a partir del tacto. Y en la literatura tu pelo cosquillea por mi espalda, me montas, me chupas, me lames, nos corremos, me abrazas, te atrapo bajo mi cuerpo y sigo penetrándote. Y percibimos eso que tú has sentido una vez, también en Madrid, y que yo quizás no he sentido nunca: el desasimiento total, el placer llenando el cuerpo, fluyendo, ahogando al propio yo, un sentimiento atávico que nos une al menos durante una noche.

Pero prefiero la decadencia; me abro las venas y dejo fluir la sangre, mejor así, un dolor suave pero conocido, sin culpa, sin esperanza, solo una nota a pie de página en otra noche sin sentido.

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