viernes, 15 de junio de 2012

Breve Inciso.

Cuando estaba en Barcelona vi por el paseo marítimo a un hombre de mediana edad portando un cartel con la sentencia: “El fin está cerca” Hablé con él durante media hora. Me contó que salía con ese enorme cartel todos los días durante horas, no pretendía molestar, solo avisar, intentar explicar a la gente que tenían que aprovechar su tiempo, que no fueran necios. Era alguien humilde que aguantaba las bromas con una sonrisa, sin grandes aspavientos. Volví a cruzármelo dos años después, agotado, derrotado. Todos necesitamos un propósito, pisar una casilla fuera de la rayuela común.

¿Acaso ya no recuerdas el perfume del coño de una desconocida? O las damas, ¿no recuerdan como su cuerpo se abre ante una pasión real, la emoción al final de la ecuación, los nudos en las sabanas? Antes había noches de auténtica libertad, de subirse a una mesa y proclamar el reinado del Rey Lagarto, de chupitos de absenta con los besos más largos del mundo, llenos de humo y cocaína, y las venas rebosando música. Con los secretos del museo de la soledad sobre cómo vivir o amar a nuestro alcance, pero siempre barridos de la memoria como un remolino de hojas secas al que no dábamos importancia. Y en ese presente puro las estrellas reían contigo, esa persona merecía los riesgos, las marcas, la llamada indecente, ebria, de madrugada.

Pero al día siguiente seguimos teniendo miedo. Y ni siquiera es a la muerte, es a la vida, como si se nos representara como un padecimiento continuo. Y nos escondemos detrás de rutinas, de gestos repetidos mil veces, de escapismos idiotas e impostados. No somos naturales, no sentimos, no miramos, reprimimos nuestros sentimientos cuando nos tocan “por si acaso”, vivimos a medias por miedo a ese dolor. Miramos con desprecio al idiota que se sienta en el portal de su casa mirando la vida pasar y, sin embargo, nosotros hacemos lo mismo en nuestro teatro de sobriedad, ayudando a que la rueda gire y gire.
¿Acaso te alegras cuando ese conocido consigue trabajo en Dublín o Londres, o cuando su empresa familiar sobrevive? ¿Quizás en tu fuero interno preferirías que todo el mundo aceptase la purga con resignación? ¿Cuándo fue la última vez que te sentiste realmente viva y aceleraste ante un supuesto callejón sin salida intentando atravesarlo?

Qué fácil es decir que la culpa la tiene Rajoy, o Zapatero, o la Banca. Demagogia pura para ganar un par de comentarios en este vertedero de palabras donde realmente el talento no existe, donde solo nos masturbamos unos a otros, ganando una notoriedad irreal, virtual, porque no soportamos la verdad, la realidad de nuestra culpa. El poder es relativo, los pusilánimes somos nosotros, por eso ellos nos tratan sin respeto. Por eso habrá un segundo rescate, un tercero. Por eso estamos perdiendo esta guerra económica y seremos responsables de que dos generaciones estén abocadas al fracaso. Pero no por culpa de los políticos, de los banqueros, de Merkel. NOSOTROS somos los verdaderos culpables. El país es un charco sucio de quietismo lleno de siluetas de escupitajo.

Y de pronto, el Fútbol: una tautología de idioteces llena de coros de simios. Todo reducido a un resultado como forma de supervivencia. Hay imágenes que estorban, pero que al tapar el mundo lo muestran en su indecorosa desnudez.

Agota la copa de láudano y mira fijamente la luz del faro. Es un final más estético.

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