jueves, 8 de marzo de 2012

Sólo existe un amor eterno, el no correspondido. No te abandona nunca.

Me llamo Lucilio y he buceado en un día de mierda. Siempre me ha gustado comprar libros, como si cierta enjundia intelectual fuera intrínseca en su compra. Pero últimamente me siento perezoso para leer. Acumulo novedades mientras releo viejos clásicos -para mí- que suenan bien cuando me emborracho. Y me emborracho a menudo. Sobre todo de noche. Escancio más vino rancio mientras espero una llamada que no se va a producir. Y el tiempo, esa vieja puta, cumple su cometido.

Hubo una oportunidad, un resquicio en esa verdad efímera que contiene la ficción de una broma, pero las dudas, la no-importancia de algo inexistente han impedido el milagro. Que no es tal. Todo es falso, barniz, solo hay que intentar disimular después del orgasmo. Y a veces disimulamos tanto tiempo que la inercia nos empuja en la misma dirección. Escribo, que es como vomitar pulcramente en el baño, y a veces cometo el error de mirarme en el espejo. La imagen bosquejada fluye entre lo aborrecible y lo tedioso, oscuras bolsas de depresión debajo de unos ojos de rata, la cara floja y desgastada, disgustada por pertenecerme, nariz sin nariz y luego, por fin, esas cejas hirsutas dominándolo todo desde arriba.

Quizá tendría que cambiar de trabajo, de recuerdos, de vida. De momento he cambiado de compañía de internet. Era una mujer, Paola, he conseguido sacarle una sonrisa no-comercial, o eso me ha hecho creer. Luego he bajado a los subterráneos. Madrid arde como un tronco podrido lleno de termitas, resplandor sonoro de jardín de infancia lleno de niños cocainómanos. Esta ciudad apesta como un prostíbulo por la mañana. Los gorriones no vuelan, caen muertos en brazos paralíticos mientras los arboles barren el cielo con sus escobas marrones.

No hay mucho más. Al llegar a casa he sido atacado a traición por una televisión encendida. Estaba a un volumen insidioso y el mando a distancia había huido. Soy muy sensible, y una sobreexposición a este engendro audiovisual más de dos minutos podría hacerme caer en una espiral de violencia y locura que terminaría con mis vecinos muertos y mi cabeza golpeando unas paredes acolchadas. Hay que evitarlo, la última vez solo fueron familiares, pero ahora ya no queda espacio en el congelador para más carne.

Toda mi iniciativa se difumina cuando aparece Ella en pantalla: un glorioso vértigo de feminidad embutido en un escueto vestido azul, ofreciéndome amor y compañía por unos míseros datos bancarios. Su pelo largo incendia el aire como azogue y converge hasta un culo que es una oración en sí mismo, una puta metáfora religiosa. La naturaleza es traicionera. Estoy tecleando el penúltimo dígito cuando, víctima de una extraña paradoja capitalista, me cortan la luz por impago. Estoy a salvo de mí mismo. Observo como la luz de la farola se filtra por la persiana formando una esvástica en mi cabeza. Dos moscas follan en el aire. Quizá la solución no sea volver a las sensaciones uterinas a través de una vagina. Aunque el Amor sea la respuesta, es el sexo quien plantea las preguntas más interesantes.

Las voces de mi cabeza me distraen con sus aforismos de arcada, triunvirato de emociones degradadas, profilácticos y Bloody Mary sin tabasco. La mente me empieza a colgar de una forma extraña cuando aparece mi amiga Muerte –vestida de conejita Playboy- y empieza a darme conversación:

Muerte: Eres un mamporrero del teclado, no sé cómo te atreves a decir que Thomas Mann consideraba el aburrimiento arte.
Lucilio: Me resulta tan tedioso como el típico reencuentro entre amantes: “¿Me has echado de menos? –Sí -¿Por qué? –Por las pequeñas cosas -¿Cuáles? –Ahora no recuerdo ninguna”
Muerte: Me gusta más las frases de Bogart con Lauren Bacall: “Creo que me he enamorado de usted”
Lucilio: “Cuidado. A estas horas de la noche no abofeteo demasiado bien”
Muerte: Creo que ya has fallado usando esta idea antes.
Lucilio: A veces fracasar es un éxito cuando eliges el momento adecuado para hacerlo.

La parca agita un dedo con obscenidad y desaparece.

Maldita puta. Me subo las mantas al cuello. Mi falta de ideas ilumina débilmente el teclado con su luz cenicienta mientras espero a que el tiempo, en su particular trasiego de manecillas, se despida de mí como dos enamorados de estación, de esos que tributan el poco amor que sienten a clichés parisinos pero que, al menos, no echan la vista atrás cuando el tren los separa.

Try Your Wings by Amel Larrieux on Grooveshark