miércoles, 22 de febrero de 2012

En realidad, el amo es el esclavo de la esclava, pues depende de que ésta acepte someterse a los servicios que lo excitan.

Siempre hay un germen en cada gesto, como un algo primigenio, como 
una idea perfecta que no adaptamos, solo imitamos. No hay madurez ni control, son ellos quienes se adhieren a nosotros. Como un hijo ilegitimo que te acusa con tus mismos ojos. ¿Sucede lo mismo con las despedidas? ¿Son solo un puñado de palabras, gestos, tópicos forzados, destinados con su melodrama a arañar nuestra memoria más tiempo del aconsejable?

No lo sé. Aún recuerdo la última, meses de convivencia intentando no discutir, tímidos intentos de llevarnos bien. Luego su precipitación al querer mudarse. Pero no fue ahí, con la puerta cerrándose y el fundido en negro cuando nos despedimos. fue antes. Cuando me mintió, cuando me miró a los ojos y me mintió. Él, que se consideraba el adalid de la honestidad por encima de cualquier convencionalismo. Y fue innecesario. Había leído sus correos. Cualquier oportunidad se perdió ahí. Dejó de existir como ideal. Solo sentía ese extraño y jodido apego que dan los años. Una pueril excusa. Y resultaba todo tan mezquino. Él me lo parecía. Haciéndome creer que quería hacer lo correcto cuando simplemente se sentía culpable. Pero no le culpo. Hay que aprovechar las oportunidades. Y nos separamos. Pero la despedida fue antes, meses atrás, cuando deslizó sus mentiras, sin tensiones, tumbados en la cama.

Y ahora estoy aquí, con otro como él, en esta pequeña habitación de motel, como un sueño opaco, sórdido, con su cama, sus sabanas mal dobladas rozando por un lado la moqueta, el verde mortecino de las paredes desconchadas, esa mesita de noche con una pequeña lámpara que ilumina más la suciedad. Sonrío, una sonrisa masoquista.
Cuando sale del baño estoy de espaldas sentada sobre la cama, mirando la puerta. Noto como se quita los zapatos, los pantalones. Como deja el reloj encima de la mesilla, un poco de sombra. Su aliento me acaricia brevemente la espalda, me tumba sobra la cama y me despoja de identidad. No hay palabras, no hay necesidad, ya es un juego orquestado.

Me desnuda a su manera, con brutalidad, sin dulzura, sin tocarme apenas con las yemas. Da igual, la lencería nueva cae al suelo, el maquillaje se borra de un guantazo.
Aleteo entre mis sentidos, cosificada, paralizada, con los ojos brillantes. Me abre de piernas y me palpa. Me arranca las bragas, me hace suya antes de empezar. Se pone a horcajas sobre mí, me agarra del pelo y me empuja hasta que la tengo dentro de mi boca. Jugueteo con la lengua, noto como crece, su presión aumenta y me bombea en la boca, disfruto de esta extraña asfixia. Pero controla los tiempos. La saca, pego una bocanada de aire y me la vuelve a meter brutalmente. Me mareo pero sigo succionado, me golpea con los cojones la barbilla mientras con la otra mano me agarra del cuello. Seguimos así varios minutos, a veces la saca y me golpea con su erección, con su polla en la cara. Me hace daño, son pequeñas bofetadas, y en agradecimiento le chupo los cojones con fruición, le lamo entero y pido más.

Se cansa pronto, estoy demasiado sumisa, no grito. Me agarra y me pone de espaldas, con la espalda arqueada. Mi cuerpo está seco y me empieza a insultar, repito sus palabras en primera persona mientras me folla con el pulgar -demasiado rápido-, y me restriega el clítoris con el resto de la mano. Su lengua mordisquea mi culo, me lubrica. ¿Qué le habrá dicho a su mujer? ¿Una reunión de negocios con un nuevo socio? ¿Tendrá ella un amante que la deje satisfecha?

Todo sigue lo marcado, me sodomiza, me agarra con saña los pechos. Pienso en las horas de gimnasio, en las cremas reafirmantes, los rayos uva, la bicicleta estática, las horas de peluquería, la depilación láser, todo concentrado en unos azotes con la mano abierta. Veo las estrellas, reacciono con el gemido y la mirada de soslayo adecuada. ¿Sigo encontrando placer en ese dolor, en sus marcas...?

Me voltea, se pone encima, ¿me mira? No, ni siquiera eso. Está enfrascando su ego, bombeando una y otra vez, con precisión pero sin alma, meros bosquejos. Mira el reloj. No me tendría que afectar. Empiezo con los gemidos un poco alterados de costumbre. Quiero que se sienta como un macho alfa, que sienta que ha merecido la pena el esfuerzo. Otra vez el reloj. Prefiero cerrar los ojos. En el fondo, da igual. Su pene, todo él, es como el recuerdo de una película que te hizo llorar, o reír en el pasado, y que luego, al volver a verla, no te produce ninguna sensación. Y te rebelas ante ese hecho, insistes... ¿por qué no sigue emocionándome cómo antes?

Aumento los gemidos y grito un poquito mordiéndome el labio. Que idiota, que sobreactuado. Él la saca y siento la huella caliente de su semen sobre mi cara, sobre mis pechos. Ya. Ya está. No quiero abrir los ojos, no quiero verle. Siento como su calor se aleja de mí. Tengo ganas de llorar, porque en el fondo todo es ridículo. Todo es mentira. Su voz, sus gestos de prestado, su mano rozándome ligeramente la muñeca acercándome unos pañuelos. Noto la puerta del baño cerrarse, la ducha. Y sigo aquí quieta, empapada en su sudor, en su semen, encharcada o seca da igual, insatisfecha, triste, sola, sucia.

Despedirse duele. Es amargo. La liturgia de los gestos nos permite banalizarlo un poco.

Podría abrir los ojos, sentir el semen deslizándose por mi cara, por mis pechos, sacar la pequeña pistola de mi bolso, entrar en la ducha y acabar con todo esto de una vez.
O simplemente levantarme, escapar de la inercia de las mentiras. Vestirme. Salir. Olvidar.

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