domingo, 6 de noviembre de 2011

¿Sientes tus huellas en mis palabras? Tienen el color de tu ausencia.

La próxima semana cumplo años, dejo a Cristo pudrirse en su fosa común y avanzo un escalón más. Como apunto en prácticamente todos los post el miedo es la antítesis de la felicidad, y la supervivencia a una vida distópica es el escapismo.

La música restaña el presente cuando rechazo salir con unas compañeras de juerga para regurgitar mi pasividad solo en casa. Soy un ser incompleto que merece el sacrificio por pura piedad, para evitar esa falta de rima que proyecta mi imagen cuando huyo. De todas formas hay varias formas de disfrutar del arte, una es informándote, tomándote tu tiempo, con disciplina. Otra es superficialmente, abarcando más pero sin puntear los detalles.

Cumplir años es ante todo levantarte con resacas cada vez más jodidas. Hace años intentaba evitar que los temblores me separaran de mi amiga la botella sin saber que era exactamente la resaca, ¿dolor de cabeza? Algo desconocido. Ahora bebo una botella de vino y tengo que tragar unas aspirinas en la ducha mientras el mundo se pudre dentro de mi cabeza.

El hecho de que una idea tan absurda como intentar unir lo efímero de una pasión irracional con un contrato social (matrimonial) –hablo del amor romántico- haya resistido tres siglos es una muestra bastante clara de lo jodidos que estamos; no se trata simplemente de retroalimentación cultural –música, películas, novelas- es producto de la falta de fe, la desorientación de estar empaquetados, como trozos de carne caducada, en un supermercado con la música demasiado alta, es el aislamiento, la eterna desconfianza que provoca la ciudad.

Queremos sentir algo, sufrir esa metafísica genital que transciende el sexo e implica poseer y ser desposeído.

Let’s Roll Just Like We Used To by Kasabian on Grooveshark