jueves, 3 de noviembre de 2011

El amor eterno siempre se acaba, y cuanto más eterno más temprano.

Aporrean la puerta. Miro por la mirilla: es Erik, mi vecino del bloque de enfrente. El cabrón está haciendo demasiado ruido. Va con una ristra de cervezas y sus pintas de indigente habituales. Le abro, que remedio.
Rorschach: Coño Erik, tranquilo. ¿Cómo te trata la vida, en que andas metido esta vez?
Erik: Rors, hola. Bien, ya sabes lo de siempre. Y hace el gesto de llevarse una cerveza a la boca.
Pasamos al salón y nos abrimos un par de latas. Siempre le he tenido un cariño especial. Es un tipo duro, como un ateo ante la muerte, enfrentándose a la vida sin ninguna aspiración, sin planes ni proyectos. Simplemente bebiéndosela a pequeños sorbos en la placita con sus amigos yonquis. La inacción como antítesis del fracaso. Y del éxito claro.
Hacía meses que no le veía. Me hace un par de chistes sobre la última mujer con la que ha estado y nos reímos con ganas.
Erik: ¿Sabes qué? He vuelto a soñar con mi abuela. Supongo que el puto día de los difuntos ha tenido que ver, pero estoy melancólico… ¿te he hablado de ella alguna vez?
Pregunta trampa claro, el mamón quiere poner a prueba nuestra amistad actuando como un personaje de la Sombra Del Viento.
Rorschach: La verdad es que no…pero vamos, ya que traes cerveza estaré encantado de escuchar una buena historia…
Erik: Buena, no sabría decirte sí es de las buenas. Aunque todo tiene un peaje, tengo que remontarme a la guerra de Cuba, en 1898 cuando perdimos nuestras últimas colonias…


“Mi bisabuela María nació en el cambio de siglo, fue una mujer valiente y pionera en su época. Se le tenía un ferviente respeto en este pueblo, no solo por sus contactos con los Marqueses de Aldama, sino también por su implicación política durante la guerra civil: participo como intermediaria en uno de los envíos de oro y niños a Moscú y también estuvo en contubernio con un médico de la capital para desfigurar a algún cenetista y ayudarle así a cruzar la frontera. Fue madre soltera en 1922, llamó a la niña María: mi abuela.

Hubo sombras y luces en esa primera etapa de la vida de mi abuela María. Por un lado fue criada junto a las hijas de los marqueses, con la guerra pasando de soslayo y sin problemas económicos. Pero quien se encargó directamente de su educación fue su abuela materna, de carácter agrio y dictatorial. Con la adolescencia se transformó en una muchacha hermosa y altiva que hacía girar las miradas, con unos hermosos ojos grises, alta, de fuerte carácter y gran inteligencia. Sin embargo se sentía, por la moral de la época, tremendamente acomplejada por no tener apellidos paternos. Era feliz a pesar de todo hasta que acaecieron dos sucesos que trastornaron su vida por completo.

El primero fue la aparición, cuando ya tenía veinticinco años, de Tomás. Era un hombre guapo, con empaque y buena planta, tenía varios negocios en la ciudad y una fama de vividor y cosmopolita a la altura de su sonrisa. Mi abuela se enamoró irremediablemente. Se entregó a esa emoción con brutalidad y tuvieron varios encuentros.
Mi bisabuela cuando se percató de lo que sucedía cortó de raíz el asunto. Le prohibió verle más y concertó un matrimonio de conveniencia con mi abuelo Gabriel. Gabriel era un buen hombre, de pueblo, sencillo, incapaz de decir una palabra más alta que otra, enamorado de sus vacas. Mi abuela se tragó la bilis y se resignó, no fue capaz de enfrentarse a su madre, por cobardía o por no contar con la connivencia expresa de Tomás, nunca lo sabremos.

Mis abuelos se casaron ese mismo año, un bodorrio de tres días. Desgraciadamente al año siguiente, estando mi abuela embarazada ya de su primer hijo, su madre enfermó de cáncer. A pesar de toda la cohorte de médicos que vinieron de Barcelona no se pudo hacer nada y murió pocos meses después con apenas cuarenta y ocho años. Esta muerte le afecto irremediablemente. Hasta ese momento gracias a ella había tenido una vida de lujo, pero a partir de entonces tuvo que empezar a trabajar en una vaquería. Tuvo dos hijos más en los años siguientes que le hicieron perder su esbelta figura, y aunque mi abuelo intentó ser lo más servicial y atento posible, nunca pudo doblegar esa amargura que producía en ella la nostalgia de lo no vivido, las entelequias de su juventud.

Tengo que pedir perdón. Me doy cuenta de que intento justificar el comportamiento que vino después en base a su biografía. Pero es injusto, es estúpido e irreal. Mi abuela, desgraciadamente para ella y para la gente que la rodeaba, estaba desequilibrada. Hay cosas que no es necesario comprender, solo es posible escucharlas sin moraleja.

Tuvo una relación toxica con sus tres hijos y su marido, pero con la que fue más despiadada fue con mi madre. Se habla muchas veces de las turbulentas relaciones entre madres e hijas pero en este caso lo que viví no fue envidia, rivalidad o falta de cariño: fue odio. Un odio visceral e incomprensible.
Mi madre fue tratada como Tita -de la novela de Laura Esquivel- como si su mera existencia se basara en la obligación de cuidar a su madre, trabajar y nada más. Era tan asfixiante la situación que con dieciocho años se casó y se fue de casa. Aún conservo las fotos de boda: ahí aparece mi abuelo sonriente, bonachón, y mi abuela con cara de perro, obligada por las circunstancias y por un cura que se extralimito en sus funciones y fue a buscarla a casa, porque se negaba a acudir a la iglesia. A pesar de la celeridad hubo amor en este matrimonio. Pero cuando mi madre se quedó embarazada ya no estaba enamorada de mi padre. Tenía veinticinco años, corría el año 1977 cuando decidió que prefería ser madre soltera a vivir una vida regalada de ama de casa. Y se separó. Así de simple. Comenzó un acceso a la universidad para estudiar enfermería, tenía un trabajo en Madrid y las cosas iban relativamente bien, ¿Qué podía fallar? La familia…

Mi abuelo tuvo una trombosis  y quedo incapacitado. Necesitaba asistencia diaria para todo. Mis dos tíos no se hicieron cargo por omisión o incapacidad. Y le toco a ella trasegar con la situación. Dejó los estudios y se hizo cargo de un bar, un negocio familiar que a partir de ese momento le consumió la vida los siguientes diez años. Nunca se lo agradecieron, al revés, la explotaron todo lo que pudieron y más. Pero hubo algo peor: yo me quede al cuidado de mi abuela.

Yo amaba a mi abuela. Tenía cinco años y ella era mi madre, porque a la mía propia nunca la veía. Nunca estuvo ahí para explicarme que mi abuelo estaba enfermo. Parece una estupidez, pero con mi edad simplemente daba por hecho que él era así, que había que limpiarle, cambiarle los pañales, que más tarde habría que afeitarle, o darle la comida, que había que empujarle para que no arrastrara los pies. Nadie me explico tampoco porque mi abuela se comportaba así, cuál era el motivo para pasar del grito, al llanto, porque hablaba sola. Porque llamaba puta a mi madre, o lesbiana, o mala persona. Son cosas que observas, como una película en la televisión. Pero una película que se repite a diario.
De mi infancia tengo una sensación de extrañeza pero también de felicidad, me consta que mi abuela me adoraba. Pero cuando me fui haciendo mayor siguió con su chantaje emocional, como si fuera necesario que eligiera entre ella y mi madre, cuando tenía la batalla ganada de antemano. Me hacía sentir mal, porque aunque no entendiera el sacrificio que estaba haciendo mi madre, aunque no compartía su tiempo conmigo, había un sentimiento inalterable de lealtad hacía ella. Hubo más situaciones surrealistas aparejadas a otras personas, como mi padre. No viene al caso.

Mi abuelo murió, y un año después, cuando tenía quince años, mi abuela se fue con uno de mis tíos a vivir fuera de Madrid. Me quedé a vivir en su casa de renta antigua. Mi madre me pasaba algo de dinero para aliviar su conciencia, enajenada en sus proyectos de trabajo, acostumbrada a no tener un hijo del que ocuparse. Dejé los estudios. Tenía dinero, libertad y una absoluta incapacidad de decisión. Pero esa es otra historia, no nos desviemos: cinco años después mi abuela volvió. Enfermó. La cuidamos mi madre y yo, y finalmente, tres años después, murió en una cama de hospital.

Me gustaría contar que todo fue aséptico, que mi abuela recapacito y no siguió comportándose como una ingrata con mi madre. Que aprovechamos la oportunidad.
Pero no fue así. Era incapaz de comprender porque mi madre quería cuidarla, como estaba tan abducida por esa búsqueda de amor imposible. Y me nombré juez y jurado, no por mi mí, sino porque la situación me repugnaba, porque no era justo pagar ese cariño incondicional con desprecio. Con chantaje emocional. Y le declare una guerra abierta durante esos años, con la estupidez y la soberbia de un adolescente. Me insensibilice. Porque eso era más sencillo que comprender que mi abuela era una mujer enferma, que solo sabía comprar el cariño con dinero.

Y eso fue lo que conseguimos: cicatrices en el alma. Cuando la última semana fui a verla al hospital se estaba muriendo. Mis últimas palabras no fueron de aprecio. Fueron frías, de escarcha. No recuerdo siquiera si llegué a darle un beso. Murió dos días después. Todas mis energías las volqué en no llorar, como si significara algo, como si ese gesto fuera alguna clase de victoria. Solo tuve dos momentos de debilidad: cuando vi su cuerpo hinchado, irreconocible en el tanatorio, y cuando sacaron su ataúd en hombros. Alguien me dio el pésame pero solo tenía ganas de vomitar. Cuando volvimos del cementerio, una vecina, amiga de mi abuela de toda la vida, empezó a increpar a mi madre por no haberla avisado a tiempo del entierro. Ella se derrumbó echándose a llorar desconsoladamente mientras la vecina se disculpaba entre lágrimas, atragantándose por la pena. En ese momento sentí un odio ardiente por todos…”

Erik se interrumpe: está llorando. Miro hacía la ventana…ya ha oscurecido. Me levanto un momento con la excusa de coger más cervezas de la nevera. Me entretengo en la cocina dándole tiempo a recuperarse. No somos mujeres, tenemos nuestros propios códigos de conducta.
Hay circunstancias que solo cura el silencio, el tiempo, la distancia. Pero hay otras que siempre se quedan ahí, impidiéndote avanzar. Lo único que puedes hacer es levantarte, mirarlas de frente y abrazarlas. Ya forman parte de ti.

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