lunes, 16 de mayo de 2011

¿Por qué solo nos acordamos de las mujeres que nos rechazan?

Se llama X, obeso, ojos vulgares de miope, joven. Le duelen las rodillas. Trabaja de noche, encargado de aparcamiento. Cerca de discoteca. Burlas y chistes. Es un romántico. Su ulcera también. La única opción es aceptarse.
Tiene pocos amigos todos casados o con hijos. Le deprime quedar con ellos. Él solo ha tenido una novia. Pero aquello terminó. Hace mucho tiempo. A veces, con ánimo masoquista, deshilacha los recuerdos de ese amor de vertedero.

Pasan las horas inclementes de trabajo, ojeras del alma. Piensa en su vecina. Piensa en su blog. Piensa en sus seguidores.
Piensa de nuevo en su vecina: un cuerpo increíble, alta, esbelta, pelo largo castaño, siempre vestida con algo de color rojo, ya sea una cinta, la falda, un anillo e incluso –esta seguro de ello- su ropa interior. Coinciden cuando él regresa del trabajo y ella, con sonido de tacones exhaustos, de un mundo diferente al suyo. El pelo revuelto. Ojos opacos. Siempre sola. Nunca conversan. Simplemente se miran, como en un espejo en el que no terminan de reconocerse. A veces varios días seguidos, otras veces pasan semanas sin ningún encuentro. Esta enamorado de ella.

El señor X deja de pensar en ello. Tiene otro mundo, más sencillo, en el que jugar. Abre el portátil. Redacta un post. Plagia a Benedetti. Lee poesía. Regurgita mezcolanzas de suspiros y desvelos. Surte efecto. Se siente como un cantante con bragas y sujetadores alrededor. Una vez quedó con una de ellas. La cita fue breve, le miraba como un cervatillo asustado, entre la suplica y la decepción. Esperaba otra cosa. Esperaba su fantasía. Él es real. Sus kilos son reales, su sudor, su pequeño pene, el vello de su espalda, sus manos de mujer. Tuvo que cambiar de blog. Empezar de nuevo.

Ahora nunca queda. Solo conversaciones por teléfono. Un estimulante sexual. Carne buscando carne, ¿alguien mira más allá de la grasa? No les culpa.
La única del blog con la que realmente ha intimidado es con Erin. Hablan de la soledad. De que nadie les ha enseñado a vivir. No hay sublimación ni artificio en como escribe ella, solo depresión y daños cerebrales. Erin esta obsesionada con alguien de su entorno, pero tiene miedo al rechazo. Nunca han hablado de quedar o verse en persona. X tiene fantasías, pero no se deja llevar.

Pasan los meses y la frustración le empieza a dominar. No recuerda el tacto de una vagina. La decadencia hace acto de presencia. Muñecas hinchables. Se subscribe a paginas de porno duro. Amor entre especies. La masturbación del cenobita.
Ya no hay poesía en sus post. Misoginia. Ellas pueden elegir, ¿Por qué él no? Pierde el contacto, no contesta ningún correo. Colecciona botellas de vino barato. Recorre las alcantarillas del mundo exterior. Conoce a putas, rescata rechazos en locales agrios, con mujeres arrugadas y borrachas. El romántico es despedazado por las ratas. Un buen festín.

Una noche vuelve borracho, con el alma aguada de malas experiencias. Se tambalea frente a la escalera, finalmente se rinde y se deja caer. De pronto un sonido: su vecina, zapatos rojos de aguja disolviéndose tras ella. Se para de improviso al verle y no puede evitar hacer una mueca. Todo el resentimiento explota en él, se levanta con furia, la empuja contra la pared, la manosea, la obliga a abrirse de piernas, destroza su ropa. Palabras, imágenes sucias muerden su aliento cuando intenta penetrarla. Pero no puede hacerlo, así no. Balbucea unas palabras de disculpa y la suelta. Ella se gira lentamente, un llanto seco le atraviesa la expresión. Recompone su ropa y se queda unos instantes que parecen eternos delante de él, mirándole fijamente, como si observara un insecto, una grieta en la pared. Luego desaparece sin decir nada.

Pasan unos días. No hay denuncia. Pregunta por ella. Se ha mudado. Nadie sabe donde. Se obsesiona. Deja de comer. No consigue olvidar esa mirada. Cae en una depresión y pide una excedencia. Se aísla más. No habla con nadie. Su familia se preocupa pero no hace nada.

Vuelve a hablar con Erin. Llevaban meses sin contacto. Ella le cuenta que su historia tuvo un final fatídico. Esta destrozada, tiene miedo a enamorarse de nuevo, nunca pensó que pudieran hacerle tanto daño. Cada uno a su manera ha perdido el amor de su vida. Sienten empatía por el dolor del otro y no ahondan en detalles.
Pasa un tiempo. Hay más risas y menos dolor. Al final, por pura evocación, algo intangible empieza a despertar entre sus soledades, algo que busca ser correspondido. Lentamente, con miedo, cada uno va dando pequeños pasos hasta poder reconocer sus sentimientos. Aun no se han visto, ni siquiera en foto, su comunicación ha sido solo por mails y llamadas telefónicas. Deciden quedar en un restaurante en el centro y darse una oportunidad.

X llega antes. Esta nervioso. Piensa en ella, en su fragilidad. Es posible enamorarse llenando los huecos de un cuerpo con las palabras de un párrafo sincero, visceral, que conecta contigo directamente, que te alimenta de emoción, que te excita, te violenta. Es posible que una voz te haga temblar, te seque la boca y se convierta en el centro de tu mundo, con todos tus sentidos atentos a cada matiz, cada inflexión. Es posible enamorarse así, como también es posible enamorarse solo de un cuerpo y no saber nada de esa persona.

X escucha unos tacones acercándose al reservado y antes de alzar la vista lo sabe. Algunas personas, lo merezcan o no, nunca tendrán un final feliz.

Where the Streets Have No Name by U2 on Grooveshark