martes, 12 de abril de 2011

Se marchó como un torbellino de falda airada. ¿Cuándo empezó a amar a otro? Cuando sus ojos furiosos empezaron a aburrirse con mi literatura.

Bukowski se quejaba de la falta de sinceridad en los escritos. Supongo que al final todo el mundo cae en la trampa: quiere gustar, rebusca en sus fajos de plagios, medita la palabra, edita el párrafo y al final cuando las palmadas llegan no se queja.

Es difícil escribir algo sincero, que agrade, que estimule, que subyugue. Y menos aun con falta de práctica, sin más aliciente que golpear las teclas y ver como se van formando palabras unas tras otras. Aunque eso sea lo más importante, lo único importante.


Estaba el otro día en una tienda y se hablaba de la muerte con demasiada frialdad, somos redes sociales que cambian de estado, escogemos una buena foto, buscamos compañía en la soledad de un número que simboliza algo abstracto e irreal -¿te envidio por tus tres dígitos? Pobre, pobre estúpida…- y decidimos si algo nos gusta o no nos gusta.

No me gusta que la gente tenga patente de corso para sentirse decepcionada conmigo, como si tuviera que ser fiel a un ideal. Su ideal. Prefiero esperar su llamada, esa que nunca llega. Prefiero que no lo haga, porque cuando llega me sabe a poco. Porque tu eres poco, una nulidad, nadie compatible. Pero me gustaría pensar que si, y en tu ausencia es mucho más sencillo. Pero no es un ideal lo que he creado sin ti, te conozco demasiado bien, no puedo pedirte lo que no te concedes a ti misma. Pero si no creyera en ti ya estaría juzgado. Eres una pequeña ventanita iluminada en la madriguera de mi fría angustia. Aunque no me guste la hipérbole. No he hecho realmente feliz a nadie en toda mi vida. Sonrisas en el matadero. Luego suceden cosas a mí alrededor, en el tiempo de un cigarro la gente desvela sus anhelos. Una obsesión, obsesionada con las palabras, con sus palabras, crea más palabras, las palabras les unen. Pero solo hay sexo, sexo sin palabras, solo la base de futuras palabras tristes. Sigo cavando en mi madriguera, cada vez más hondo, cada vez más y más. Hasta que no llegan las palabras de nadie, hasta que al final no se escucha ningún sonido perturbador.


Es ese punto en el que dejas de masturbarte, pierdes el conocimiento y sueñas con una vida perfecta mientras te desangras. ¿Hacía donde van esas escaleras? Hacia arriba. Y con esa frase ya era feliz. ¿Hacia donde vas tú, puta marioneta, objeto de decoración de la naturaleza? ¿Qué eliges, hijos o madriguera?

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