domingo, 10 de abril de 2011

Evitamos por pudor seguir observando la escena y agradecidos sentimos como nos habíamos reconciliado con el mundo.

El viernes ya estaba encauzada mi decadencia y empecé a beber durante la comida. Elipsis. Cenamos antes del concierto en un chino que hay en los subterráneos de Plaza de España. Las mejores empanadillas de carne acompañadas de una excelente sopa de fideos tradicional botella de vino destructiva y barata. Por lo demás un sitio feo, kitsch, grasiento, minúsculo, apenas nueve mesas sin separación y tres banquetas en la barra-cocina, donde siempre hay que hacer cola, donde siempre están intentando desalojarte para atender a los siguientes clientes. Donde no hay cobertura, que no es que sea importante, pero tiene su gracia. No se exactamente porque vamos, un poco de nostalgia asumo.

Después fuimos al concierto de Santi Balmes, un acústico con canciones propias y ajenas, desde Pink Floyd, Joy División, etcétera. A nivel personal desde la mitad del concierto había entrando en el síndrome lobo estepario, es decir, todo lo que me rodeaba me producía nausea, y como centro neurálgico del asco mi propia existencia. Cuando me sucede necesito el click del protagonista de “La Gata sobre el tejado de zinc caliente” porque si no me convierto en un problema para los demás. En otras palabras: tenía una necesidad insoslayable de emborracharme hasta perder la capacidad de pensar. Para ello recurrimos a un portal dimensional que había sobre la maquina de tabaco y a mi pudiente prima.

Sin embargo el concierto termino, la música no estaba haciendo su trabajo y la metástasis del buen gusto fue erosionando mi experiencia. Necesitábamos ampliar el campo de batalla y salimos de allí sobre las dos de la madrugada.
Estábamos en Gran vía, primero buscamos un gótico ya fenecido y luego nos acercamos al ocho y medio. Colas y colas de gente, algunas con la entrada pagada se nos abrieron el paso. Sé y entiendo que vivo en sociedad, pero asumir que para entrar a un local, de los miles que hay, tengo que hacer cola y esperar media hora es algo que todavía, y más borracho, me saca de quicio.

Transmití ilusionado la idea de ir a una cervecería irlandesa con una planta baja donde pinchaban música más que decente cerca de allí. Cuando llegamos no había nada de eso: gente esperando en una cola más exigua y música comercial. Cigarrito, y dentro por fin el deseado click. Había gente curiosa, grupos de camisas a rayas con una forma espasmódica de bailar solo excusable por el abuso de drogas de diseño, italianos acosando a mi prima a pesar de la presencia del pseudo novio gay, versiones Dirty Dancing pedidas para la ocasión con resortes inconfesables de coreografía.

Y ahí estábamos, en plena bacanal, con los sentidos anegados por el alcohol y la no-música cuando entra la policía y nos desalojan, así sin más. La situación no era de nuestro agrado y recurrimos a ciertas canciones de Eskorbuto. Y como ya habíamos iniciado una pequeña debacle en el interior, dejamos caer el cubata al acabarlo en un pequeño acto de rebeldía burguesa ante semejante estado fascista de mierda en el que se ha convertido la noche madrileña. Pero en apenas medio segundo aparecieron de la nada dos policías de paisano pidiéndole la identificación a mi prima y le pusieron una multa. Y encima bordes, como si sus problemas de erección fueran culpa nuestra. Joder, que estamos en Madrid, ¿no hay mejores cosas que hacer? Pues parece que no, tenedlo en cuenta cuando votéis para que se siga manteniendo este estado policial ridículo y absurdo.

A mi prima le entra un conato de indignación y quiere denunciar a la policía. Nos acercamos ipso facto a una comisaría para dar parte del terrible trato sufrido. Dentro nos explican que van a comisión y que nos jodamos. Le pregunto cuanto vale la multa por vomitar en la calle porque empiezo a sentir arcadas. El tipo me empieza a mirar mal, pero nos salva que hay una emergencia. Es como una película americana: todos buscando sus cascos y sus porras. Seguro que es un grupo de adolescentes haciendo botellón en Sol, pero hay que ir preparado. Dejan la comisaría vacía y a nosotros sin saber exactamente donde ir.

Son la cuatro y media. Decidimos volver al local del concierto que ahora ha cambiado de ambiente. Exigimos al portero –un croata enorme- que nos deje entrar sin pagar de nuevo. Al final le convencemos y cuando estoy entrando me descubren una cerveza. La mirada del portero fue terrible, como un padre decepcionado movía la cabeza con lastima de un lado a otro: “No poder confiar vosotros, vosotros no estar a la altura”

Me bebí la cerveza deprimido en un rincón, sólo tenía ganas de inmolarme contra ese corpachón, pedir disculpas. Había un brillo en sus ojos que se extinguió al reflejarse en mi cerveza, esa pequeña esperanza en el genero humano se había perdido para siempre y muchos después de mi iban a pagar esa falta de fe. Debía ser responsable, acercarme a ese enorme demiurgo de la felicidad nocturna y hablarle con el corazón, hacerle comprender que su fe era importante, que marcaba una diferencia.

Pero no sé que paso, que cuando termine la cerveza empecé a llamar a gente por teléfono y se me olvido todo esto. Normalmente nadie me lo coge, así que empezamos a dejar mensajes tipo club de la lucha en los contestadores pertinentes. Una conocida me lo coge al tercer intento. Me empieza a insultar con voz adormilada. La digo que es mi rutina preferida pero que me había olvidado de ella por completo, que venga a provocar algún escándalo público, que tenemos a la policía de nuestro lado. Me responde que estoy loco y que no la vuelva a llamar jamás. Siempre adoraré su sentido del humor. La ultima llamada fue para Yahiza, es encantadora –además de un poco puta-, es capaz de contarme sus tendencias suicidas y que no se ve capaz de llegar a los treinta y uno mientras se ríe sin parar. Decido que está será la última llamada.

Esta parte no es muy interesante, se nos acerca gente por la calle mientas buscamos otro local abierto, nos cuenta sus cuitas y luego desaparecen, a veces es porque les damos miedo, no queremos drogas, porque no hay homosexualidad reprimida o porque mi prima no quiere nada con ellos porque sigue enamorada de su pseudo novio gay. Sobre las seis entramos en el Black & White esperando que abran un after cercano. Hay mujeres, por lo cual asumimos cierta variedad en el ambiente. Un peluquero le hace un moño extraño a mi prima en la pista mientras escuchamos una de las versiones mas extrañas de Dirty Dancing. Insistimos en que pongan un tema de Amelie pero no hay manera. No la tienen en ninguna parte.

Esta parte es muy triste, porque en toda la noche no llamé la atención de nadie, llego allí y se me insinúan tres tíos a pesar de estar bailando con una mujer.
Pido una copa y empiezo a hablar con un tipo en la barra sobre Schopenhauer. Desbarramos un poco sobre el tema, me dice que es teleoperador y que no es muy feliz. Le cuento anécdotas y nos reímos un montón. Le comento que ojala que las mujeres, en caso de estar interesadas, fueran tan directas como los homosexuales, que aquí me han entrado ya tres. El tipo me corrige y me indica que me han entrado cuatro, pero que él actúa de forma más sutil. Me quedo un poco perplejo: ¿no me habías dicho que tenías novia? Bueno, es una forma de hablar, ¿me llevas contigo?

Local equivocado, hora equivocada. Al final notamos el cansancio y montamos una huida improvisada. Recabamos en un parque con unas latas de cerveza frías, cortesía de los chinos. Necesitaba beber más. Nos sentamos en un banco y observamos el silencio a varios grupos haciendo botellón, hablando, haciendo bromas, despidiéndose. Saqué el iPod y nos pusimos a escuchar Amelie y LOL, algunas canciones que no habían sonado en el concierto.

Poco a poco empezaba a clarear, estábamos ateridos por el frío, en un estado de estupor melancólico, digiriendo inconscientemente la insustancialidad de todo. De pronto mi prima me llamó la atención sobre una pareja que estaba a unos diez metros de nosotros en un banco. Él estaba de espaldas y ella a horcajadas –una chica guapísima muy joven de pelo largo negro-, le devoraba. No le di importancia hasta que unos minutos después, siendo ya los únicos que estábamos allí, la cosa empezó a descontrolarse. Estaban haciendo el amor, no digo follar, porque lo que se estaba desarrollando a pocos pasos de nosotros, pobres carrozas irredentos, era amor, era elegancia, era convertir lo vulgar en sublime. Había pasión, de la que nosotros creíamos olvidada, con pequeños movimientos de suspiros, de caricias, de adoración, de dejarse llevar, de sabor a juventud. Amanecía el día con banda sonora de Amelie. Era hermoso.

Evitamos por pudor seguir observando la escena y agradecidos sentimos como nos habíamos reconciliado con el mundo...

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