miércoles, 6 de abril de 2011

Dedicado a las ex de Rorschach. Posdata: Acoger la asexualidad en primavera es una ablación de la naturaleza femenina. Por favor, adorad vuestra libido, no la antepongáis al desamor...

La mujer del amor eterno, musa en este momento, de nombre Laura está cansada de la vida, o más bien de las pequeñas estupideces que le hacen perder trascendencia. Esas consignas ajenas tan anacrónicas no van con ella. Está tumbada en su cama individual y necesita, para ser claros, echar un polvo. Nadie se cree ese rollo de la asexual y carencia de libido como secuela del desamor dure demasiado. A lo sumo un cierto temor a no sentirse deseada por nadie digno después del último descalabro. Por eso, aún sin convicción, se ve a si misma maquillándose, escogiendo su mejor vestido negro y saliendo de casa. Local prominente. Y ahí entablando una conversación con el primer hombre que la corteja sin ambages.

Ese es el plan. Pero siempre hay algún problema. Cuando empezó a vivir sola, a plantearse la vida de soltera, sabía que no iba a encontrar al hombre de su vida de esa manera. A lo mejor sí, pero veía más factible encontrarle en el trabajo, en una reunión de amigos por alguna efeméride, en las clases de baila a las que quería asistir. No sé, prejuicios tontos quizás auspiciados por la idea del destino y de no forzar artificios de red social de contactos Pero lo que descubrió fue todavía más decepcionante, y es que muchas veces no podía disfrutar ni siquiera de un buen polvo. Se los llevaba a su casa, chicos guapos, atentos, evolucionados podríamos decir –guardábamos en el cajón de los escrúpulos que todavía viviesen con su madre, o que no tuvieran nada interesante que decir cuando abrían la boca- y de pronto en la cama, lejos de reaccionar, se demostraban en la mayor parte egoístas, intratables, aburridos, penes que no emocionaban y/o no daban la talla. Y cuando al fin, en alguna noche extraña de luna llena encontrabas alguno que follaba bien desaparecía al día siguiente con un “te llamare” y una cita solo para los martes.

Laura piensa en estas cosas cuando ve por el rabillo del ojo unas fotos antiguas enmarcadas en un lado del espejo del baño y se acuerda de uno de sus ex. Un tipo interesante, intelectual, quizás el problema vino después en la cama, cuando ya llevaba un par de años, ¿qué paso? No lo sé. Pero todo se convirtió en un desastre. Quizás las discusiones. Se perdió la magia, la afinidad. Me condenó a tener siempre orgasmos clitorianos, como si sólo bastara con meterla y funcionar como en una fábrica. Sin sorpresas. Sin arritmias en el cuello. Sin improvisar, ni someterse. Era su princesa, pero en la cama, quería ser su puta. Todavía le quiero, no estoy segura de quien se equivocó. Pero eso ya es pasado.

Aun así hubo algunos polvos antológicos, cuando Marc se le cruzaban los cables podía ser una maquina sexual. Recuerda aquella noche en que venían borrachos los dos, riéndose por las esquinas, como se metían mano en cualquier parte, como ella disfrutaba susurrándole obscenidades al oído y él se frotaba contra ella abrazándola con todo su cuerpo, pudoroso pero a la vez totalmente exaltado, incapaz de aguantar el calentón.

Claudia no puede evitar pasar sus dedos por los rizos del pubis mientras recuerda toda la escena. Al llegar a casa la lanzó contra el sillón, la subió la falda y empezó a besarla los muslos, a bucear entre sus piernas. Recuerda –ahora con los dedos mas juguetones- como le daba pequeños besos aquí y allá mientras sus dedos largos y calientes se apropiaban de sus bragas y luego –al igual que hace ella ahora- naufragaban en sus interior con facilidad. Laura cierra los ojos, esta allí, en ese pasado-presente levantando sus piernas y empujando la cabeza de Marc entre ellas. Sus dedos me penetran mientras su lengua suavizaba mis contracciones chupando, lamiendo, reteniendo entre sus labios esa pequeña perla de placer. No lo puedo resistir y gimo, emito pequeños grititos de placer, esos que tanto te gustan, ascendiendo por mi garganta con tu nombre en cada uno de ellos. Es un orgasmo largo, dulce, de un placer desinhibido. Marc sabe cuando parar, se aleja surcando con su lengua mis muslos, mi ombligo, mis pechos, deteniendo con cuidado en mis pezones erectos, vanidosos, en cada uno de ellos. Nuestro pequeño secreto.

Escucho a medias como caen sus pantalones. Quiero comérsela como a él le gusta, quiero sentirla dentro de mi boca hasta el fondo, derretirla con mi lengua, saborearla entera con esa cara de viciosa que tanto le gusta, que tanto le excita, lamerle los cojones, presionarlos, sentir en mi boca su placer, su glande palpitante, como esta a punto de explotar y sólo yo puedo decidir cuando. Pero no me da esa oportunidad, me tiene ganas, y me la mete rápidamente, sin más pausas, vuelvo a cerrar los ojos y me dejo llevar. A pesar de todo tiene cuidado, va a jugar un poco conmigo, primero se mueve imperceptiblemente, luego con movimientos largos y pausados, sacándola hasta el limite, rozándome el clítoris ora con el pulgar ora con el glande. Pero el juego le supera, me pone a cuatro patas y empieza a follarme con ganas, con su mano derecha me aprieta los pechos lubricados con mis flujos o me agarra del pelo para que le mire mientras me folla. Acabamos en el suelo totalmente tendida con él encima y ahí, con el rostro cobijado escondo mi orgasmo, no quiero que pare, quiero que me folle toda la noche. Le siento mientras me muerde el lóbulo de la oreja y me susurra obscenidades, creo que no he estado tan mojada en mi vida. Escucho como me llama, zorra, puta, y me encanta, me encanta y se lo repito, le repito que Sí, que soy su puta, que me gusta, que puede hacer con mi cuerpo lo que quiera, que soy suya, que soy totalmente suya.

En ese momento me coge en vilo y me empotra contra la pared. Repito su nombre sin cesar, no puedo creer que me esté follando con tanta pasión después del tiempo que llevamos juntos. Me siento totalmente sometida con mi espalda contra la pared, con las piernas enroscadas en su cintura. Mordiéndole, arañándole la espalda, amándole. Un vahído y estoy en la cama, con él encima, exhausto, pero con una mirada febril, moviéndose lentamente. Cambiamos la postura. Me pongo encima, me siento ligera, alegre, poderosa, maravillada por el momento. No sé cuanto tiempo ha pasado y no me importa. 
Siento que algo escapa a mi control, sube por mi garganta, siento la necesidad de pararlo, de ahogarlo en mi interior, pero no soy capaz, el aire vibra con destellos de riesgo: “Te amo” me escucho decir. Él –siempre recordaré esto- me da un beso, de una dulzura, de una entrega que no he vuelto a encontrar en nadie. Y justo después, abrazándome con fuerza, siento como tiene su orgasmo, siento su respiración entrecortada, como me aprieta y se deja ir totalmente Nos quedamos un tiempo así, juntos, todavía le siento dentro de mí. Luego con un suspiro nos separamos y nos quedamos dormidos…

Laura abre los ojos, tiene los dedos arrugados por los flujos, no sabe cuanto tiempo lleva tocándose. Se ha hecho tarde, hay poca luz en la habitación. Se le han quitado las ganas de salir. Por el contrario piensa en llamar a Marc, total, ¿quién dice que los ex no pueden ser amigos…?

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