domingo, 3 de abril de 2011

Eres una puta flor marchita, si siquiera tus espinas pueden hacerme ya daño, déjame intentar ahogarme entre tus piernas una última vez, hay miles de formas de hacerte llorar, podemos descubrirlas juntos.

Empezaba a sentir el alma agarrotada y los pequeños oasis iban desapareciendo poco a poco. Mi sed era de amor pero mis harapos de mendigo me hacían tropezar una y otra vez con el mismo tipo de mujer. Un bucle absurdo que se dilataba hasta el anticlímax. Este sábado tendría que salir al exterior. Una pura cuestión de supervivencia.

En el trabajo hablando con dos mujeres me sugirieron ir a un cumpleaños de una tercera y accedí. No me voy a poner descriptivo, baste decir que no me interesaban para nada, que solo eran un escenario para mi desesperación.

Convencí a un conocido para que me acompañara con promesas de sexo femenino y encaramos la noche. Al parecer durante la cena me puse borde y desagradable, al parecer no era ese muchacho encantador que suelo ser. Al parecer según el sentir general soy un poco gilipollas. Luego las lleve a un bar heavy que no les gusto. De hecho se bebieron sus bebidas fuera con mi conocido, que enarbolaba su rol de caballero pero que a su vez tenía ganas de poner los cuernos a su novia con alguna de las dos.

Finalmente tuvimos que coger el coche y dirigirnos a una de las bocas del infierno que tiene este pueblo de la periferia en el que voy muriendo lentamente. El lugar ya daba miedo antes de entrar. El tipo de la puerta nos miraba con curiosidad, sin saber que trágico destino nos había hecho recabar allí.
Dentro la situación era mucho peor. Música espantosa, camareras desangeladas como si estuvieran haciendo horas extra antes de ir a su verdadero trabajo. Allí nos encontramos con los otros tres. Ya éramos siete, un número cabalístico, místico, para mí una puta cicatriz en el diseño genético. De la cumpleañera, podríamos decir que el maquillaje, la ropa, el baile y toda ella en general desbordaba un espantoso anacronismo. El marido vestía como si estuviera en un coctel. El tercer integrante de nuestro demencial grupo era el amante habitual. Ya llegaremos a esto.

Pedimos unas copas, buscando el aturdimiento total. Pero aún era pronto. No tuve mas remedio que mirar a mi alrededor mientras los demás buscaban no sé que extraña diversión en mostrar su arritmia.
Tres mujeres con ánimo de lucro a nuestra izquierda. Otro grupito vestido con minifaldas y camisas de España, gente sola entrando y saliendo de los baños. Sin embargo, en ese insano mercado de almas perdidas alguien capto mi interés de inmediato.

Era una mujer alta, casi de mi altura, -y yo mido 1,90- llevaba gafas que hacían juego con una adorable cara de esnob intelectual que me la puso dura al instante. Vestía con un traje de gasa negro afrancesado, gótico, de una sola pieza. Hasta la forma de coger la copa tenía cierto aire elegante. Irradiaba indiferencia, manteniendo la dignidad a pesar del todo.

Pero de pronto el Horror: un pigmeo, un enano que se ponía de puntillas para besarle la clavícula, ahí gorjeando feliz a su alrededor. Con aires de peón, fofo, desbordante, vulgar, cantando esas miserables canciones y osando tocarla con descaro.
No me entendáis mal, no la quería para mí y menos en una noche como esta, pero verla ahí era como contemplar un Van Gogh en un garaje, me enervaba la sensibilidad. Ella tenía muchísimo potencial, merecía estar en otro lugar, con una botella de vino, música de Brahms con alguien que le recitara algún poema francés o que la llevara un sábado a disfrutar del Sena reflejado en sus ojos pardo oscuros.
Me acerqué, rocé al pigmeo con el hombro, pedí una cerveza y me encaré con ella.
Rorschach: ¿Puedo hacerte una pregunta algo indiscreta? Veras, ¿no tienes la horrenda sensación de que no pegas absolutamente nada con el ambiente ni con la gente con la que estas?
Ella me miro desconcertada y me contestó: Pues no. Que quieres que te diga. Ahora mismo estoy aquí con mi marido…
Rorschach: “Dios Mio…” Fue lo único que pude articular. Me alejé sobrecogido.
Tuve que distraer mi atención, verles ahí mientras coreaban basurillas discotequeras, mientras intentaba colgarse de los hombros de ella, era demasiado. Me puse a hablar con el amigo de la cumpleañera. La única explicación para acompañarla era sexo o locura, no había más elementos en mi ecuación. Y como soy así de simpático y llevábamos los dos una buena curda aproveché para preguntarlo.
Rorschach: Dime la verdad, ¿te la estás follando no?
Hubo un momento de silencio, de esos que sientes la violencia emerger de tu contertulio. Pero se echó a reír y asintió con cierta suficiencia. Además se explayó y me confirmó que el marido lo sabía, aguantaba la situación porque la quiere. Pero prefería no saber cuándo ni con quién.

No sabía si reír o llorar. Eran las cinco de la mañana y necesitaba beber más. Era una noche intolerable para cualquier espíritu medianamente sensible. Nos fuimos a otra discoteca. La sinestesia del lugar era como ver los olores que esconde el amoniaco en un geriátrico. Como el dolor de un parto en el que el niño no respira. Como el sonido de las decepciones cuando chapotean en tus esperanzas.

Robé un cubata, dado que ya no tenía dinero, y me fui a buscar a ese carroza sin barbilla, a esa isla de mierda sin archipiélago. Le pregunté cuatro cosas sin sentido, le ofrecí conocer mujeres, pero se abstuvo. Se quedó ahí, junto a la pared, como anécdota bastaba, demasiado tiempo en compañía hubiera sido excesivo para mi depresión.
Luego sucedió algo extraño: todo el mundo bailaba menos yo. No era solo la música, no le veía sentido. Y sin embargo sentía esa pequeña vibración invisible que se transmite cuando bailas pegado a una mujer, veía esa posibilidad, ese desasimiento, esa vanidad reconcentrada. Pero lo dejé pasar.

Mandé un par de mensajes, muy bonitos, pero indescifrables, pero que nunca llegarían a su destinatario dado que tenía la línea cortada. Es agradable cuando tu empresa de telefonía protege la dignidad de sus usuarios. Una medida de contención para el ridículo. Se me acercó un tipo y me habló de un local en Santiago Bernabéu que sería la solución ideal para mi actual estado de ánimo.

Finalmente nos despedimos. Una de esas compañeras ya no me habla en el trabajo. Ni siquiera me saluda. Bien, después de todo la noche sirvió para algo…

2009. Voy A Romper Las Ventanas by Love of Lesbian on Grooveshark