domingo, 6 de marzo de 2011

¿He ligado? Realmente solo ha sido una cuestión de vanidad entre dos. Bon Appetit. El circo de asfalto.

Salgo del trabajo a la una de la madrugada. Cansado. Voy a casa a ducharme. Mi plan es quedar con Andrés, antiguo compañero de trabajo, y visitar los antros que existen en este pueblo ajeno a la belleza. Recordar tiempos mejores y alejar los pensamientos suicidas recurrentes que me asolan como el eco de una casa vacía. A punto de salir me ponen el Skype, fiesta de Halloween, divertida, chicas guapas, con glamour y la sonrisa pintada en los labios. El efecto es inmediato: mi plan me parece tan lamentable que mis ganas de emborracharme se recrudecen.

Llego al lugar indicado y no viene nadie. Le llamo y, ¿qué escucho? Gemidos. Y un golpeteo rítmico –verídico. Vuelvo a casa y sigo leyendo a Epicuro. Noto como la depresión empieza a romper las pocas sinapsis sanas.
Un extraño canto de sirenas taconea el asfalto. Levanto la persiana y como en la más jodida teoría del caso veo a mi ex. Me saluda. Saldo al balcón y la invito a unas copas. Acepta. Situación surrealista, hace dos meses que ni hablamos.

01:45-02:30 Estamos hasta que cierran el local. Le acompaño a casa, vive en el mismo barrio que yo. No quiere salir más.
02:35 Andrés me llama. Lo siente, pero han surgido cosas que no le han permitido estar a la hora. Quedamos de nuevo. El frío aumenta.
Entramos en un local de salsa. Un matrimonio está discutiendo acaloradamente. La mujer le está golpeando mientras le llama cornudo y marica. Intento que me sirvan una copa antes de que venga la policía. Fracaso.

Siguiente local. Se me insinúa una mujer que usa el corpiño de su hija y que tiene una par de obscenidades escritas con roturador en los brazos. Mi amiga la botella me aconseja que no comparta mi copa con alguien así. Cierran a la media hora.
Sobre las cuatro menos cuarto entramos en otro, con la persiana bajada y todo. Conseguimos convencer al dueño para que nos sirva la bebida en vasos de plástico. Nos encontramos con más gente, músicos sin banda que nos invitan a sus conciertos y me cuentan que siempre hay tiempo para todo. El tiempo sobre cuando tienes veinte años, en mi caso sólo es polvo en un estante vacío al que ya no puedo llegar. Mi risa es desagradable, pero Andrés les convence para que nos lleven en coche.
Deben de ser las cuatro de la mañana cuando nos encontramos a Mauri. Está hablando solo por la calle haciendo eses y hablando de Jesús. Es la primera vez que le vemos pero le animo a que venga con nosotros. Andrés no está muy convencido, pero a mi los psicóticos que abusan de las drogas y el alcohol me parecen la mejor compañía. Pasa de las murgas cristianas cogiéndonos de la mano y recitando la Biblia a hablar de las mujeres como si fueran objetos a los que hace falta sacar brillo.

Conseguimos llegar a la peor zona de bares de Madrid mientras compartimos drogas y alcohol por la calle Esquilmamos a Mauri para que nos invite a todo. Esta totalmente descontrolado y entra a cualquier cosa con falda, incluido un tío. Casi nos pegan en dos ocasiones.
Sobre las cinco y media ya estamos en zona discoteca. Paso por todas las sensaciones. Seamos francos: me siento un carroza. La bebida hace efecto a ratos, noto mi afonía. Me encuentro con un par de conocidos, pero huyo de ellos como de un espejo desenfocado. Mis compañeros más que ligar molestan. Todo es tan mundano, vulgar, triste, lamentable. Ahora se dedican a hacerse fotos con las chicas que les agradan. Es ese momento de la noche en que no puedes seguir fingiendo que lo pasas bien, las visitas al baño ya no funcionan y el cubata es una excusa para no meterte las manos en los bolsillos y tumbarte en el suelo.

La noche finaliza, son cerca de las seis y media y empiezan a cerrar. Las mujeres son pedazos de carne incapaces de coordinar bien su salivación. Una chica empieza a rondarme. No hay visto Amelie, no conoce a ningún grupo decente, no entiende mis bromas. Se me echa encima. Magreo. Fricción. Encienden las luces. No sé como actuar. Intercambio de teléfonos. No quiere que la acompañe a casa. Está claro que con la luz encendida he fracasado.

A Mauri le hemos perdido. O está follando o le han metido una paliza. Su noche era de extremos. Nos vamos a casa en taxi.

Cuando llego a mi habitación todo me da vueltas. Malas noticias: he sobrevivido.

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