jueves, 3 de marzo de 2011

Sólo tienes que decirme que me quieres. Nada más. Un excelso derecho de pernada digital.

La memoria juega malas pasadas a veces. Comprendo que las drogas de mi adultescencia han creado una brecha entre ciertos recuerdos infantiles y el presente, pero al igual que las cicatrices en la piel y los recuerdos de la niñez afloran con virulencia en la vejez, hay momentos de exaltación melancólica en los cuales, sin tener derecho, mi conciencia filtra sin rigor recuerdos sumergidos bajo capas de nostalgia inactiva. 

Estamos hablando, que yo entiendo que no estáis ahora mismo en mi cabeza- de aquella época gloriosa en la que no había Blockbuster y miles de videoclubs cohabitaban en cada barrio, lugares mágicos y entrañables donde podías pasarte horas y horas viendo carátulas de vhs intentando adivinar si lo que prometían esas sinopsis iba a convertirse en realidad –luego finalmente daba igual, es lo bueno de ser joven, todo es nuevo y hasta la basura mas repetitiva tiene un encanto especial-. En esta experiencia coincido con mi mejor amigo y con mi ex, que es ex porque antes era novia y eso implica que teníamos cosas en común. El caso es que yo por aquel entonces idolatraba a Sherlock Holmes, no he admirado nunca a ningún artista, músico o adulto, pero si que me he quedado prendado de personajes de libros o cómics. Me decía a mi mismo que lo mas importante en la vida era la inteligencia y quizá malentendiendo las cosas, ser un poco prepotente y tener siempre razón,. La parte referida a su misoginia, que fuera heroinómano, huraño, condescendiente, quizá un poco ajeno a todo, sin familia excepto su hermano Mycroft Holmes que tenia un talento superior pero que no quería salir del club privado, permanecía en alguna zona muerta de mi idolatría.

Como iba diciendo, estaba una de aquellas tardes que perdia merodeando en aquel enorme videoclub –ahora convertido en una copistería sin mas ápice de magia que blanquear el dinero de sus ilustres propietarios-, disfrutando de toda aquella imagineria que conformaba el mundo interior de mis tiernos nueve años cuando cayo en mis manos la película “El secreto de la pirámide”
 
Es una precuela que narra las aventuras de nuestro querido protagonista y de Watson. La vi dos veces seguidas incapaz de contener mi asombro. Una de las cosas que me llamo la atención, y es que antes si que era enamoradizo, no como ahora, que soy mas bien tirando a dependiente obsesivo, es una escena en la que –escenario colegio mayor ingles, donde irán los futuros lideres de la nación- están discutiendo durante una comida cual es el trabajo o el futuro con mayores posibilidades económicas o de prestigio: abogados, políticos, ejército son las respuestas mas repetidas; cuando llega el turno a Holmes ve pasar a Sofía Ward –sin mucho diélogo pero guapísima en mi recuerdo- y contesta: “No quiero vivir solo...” Todos le miran estupefactos sin entender la profundidad de su respuesta.
A mi también me llevo una vida entenderlo…

Al final ser hijo único provoca que parte de tu infancia se funda en escenas de películas. James Stewart dando un discurso en “Caballero sin espada”, Gremlins cerca de una ducha, Han Solo respondiendo a una declaración de amor con un “Lo se” antes de quedar congelado en carbonita, Leonard Cohen haciendo la entrada en una emisora ilegal, Madoka Ayukawa dando la doceava bofetada –injusta como casi todas- en el rostro a Kyosuke, Rocky perdiendo, Jack Nicholson volando sobre el nido del cuco, Ennio Morricone sonando una y otra vez, Conan buscando su venganza, Paul Newman comiendo cincuenta huevos, Elizabeth Taylor mostrándose como una gata sobre un tejado caliente, Ava Gardner bailando, Humphrey fumando, Katherine Hepburn echando a Cary Grant de su casa, el baile de los vampiros y su "Noche de miedo"…y tantas otras…
Años mas tarde -te has hecho mayor y sin darte cuenta tú corazón se ha ido muriendo-, vuelves a visionar las mismas películas, esta vez en formato dvd, y no puedes impedir que una mueca deforme tu rostro. A pesar de que hemos comprado el mejor cable y la pantalla más grande no es posible digitalizar la nostalgia para que nos emocione como antaño. El problema no es de las películas me temo, ellas no han cambiado nada.

Por eso me gusta mas el amor en el cine, es más puro en el concepto porque los personajes están congelados en su belleza utópica. No vuelven a la mesa de juego como en “Veinticuatro horas en la vida de una mujer” de Stefan Zweig, no hay desesperanza, no hay decepción, no hay realidad en suma. Y más para alguien que pensaba que Sherlock Holmes estaba vivo resolviendo casos en Baker Street.

Me encantaba Scott Summers. Hasta él ha cambiado. Dios mío…hubiera sido mejor morir a los veintisiete. Lo que , arruina lo que deseo.

Abrirse a alguien es la cosa más complicada que existe. Si, a todos nos acompaña esa verborrea robótica del alma, esa adulteración de lugares comunes, esas trincheras donde nos refugiamos sin cuestionarnos nada, vomitando opiniones aprendidas de memoria primero en casa, luego en el colegio y finalmente, cuando creemos tener un criterio ajeno, –que creemos propio por pura repetición sistemática- juntándonos con gente que ha llegado a la misma casilla que nosotros.
Pero de lo que estamos hablando es algo mas profundo, hablamos del susurro, de la infancia. De secretos, de infamias, del germen de las cosas que provocan tus incoherencias, tus misterios, tus desencantos, todas esas cosas que te cuesta asumir pero que, sin embargo, exiges que los demás acepten sin llegar a darles siquiera la oportunidad de entender.

Es comprensible esta actitud, es arriesgado mostrarte tan vulnerable, porque es un salvoconducto a tu autoestima, es mostrar los hilos –pocos y finos- que mueven nuestra psique. Al final nos rendimos, hay mucho daño acumulado, hay rencor, decepción, desconfianza. Creamos un muro de lamentaciones donde van nuestras frustraciones y las ajenas. “Yo soy así, y no puedo cambiar, acéptame o vete” esgrimirás como muletilla ante cualquier discusión. Y puede que me vaya. Y puede que haya lagrimas en mis ojos que tu no podrás valorar porque también lloras, desconsolada, en esa habitación de hotel, mientras te balanceas acunada por una nana que tarareas sin saber muy bien porque, quizá porque era lo mismo que hacías cuando tus padres, ajenos a ti, discutían en el cuarto de al lado de esa casa tan escasa de amor que fue el hogar de tu infancia.

Domingo astromántico by Love of Lesbian on Grooveshark