sábado, 5 de febrero de 2011

Como ya es usual, siempre hay una gran mujer detrás de cada idiota.

Realmente no creo estar obsesionado, simplemente escribo y lo que surge es escanciado sin demasiada habilidad; si alguien conecta con el texto es su interpretación, en muchos casos más valida que la mía, la que se impone. La libertad es eso: aburrir machacando un estilo, un tema, hasta que la fiebre se apacigua. Mejor mutilar...pero también tengo derecho a ser egoísta, a contagiaros con el suspiro de mis palabras, a pediros que me acompañéis en este camino de decadencia.

Ayer envíe un mensaje en el que simplemente decía “te quiero” y no me respondieron. Ese es mi campo de batalla, no el mercado de carne. Me gusta follar -naturalmente-, mi hipocresía existe, la oportunidad vence a los ideales, pero a veces me sorprende ver –y no estoy hablando ahora de nadie de la blogsfera- como gente enamorada del concepto del amor al final valida su autoestima en personas que no le importan, como las utilizan sin pudor cuando se sienten solas, desesperadas, inútiles, frágiles, escindidas, incapaces –un mal endémico-, de sobrellevar la frustración.

Pero en el fondo son idioteces, hay que ser mas objetivo, pragmático y alejarse del arte abstracto, tenemos derecho a dilapidar, no ideales, pero si ideas, que pueden ser más o menos acertadas, pero que se modifican con nuestra experiencia; el amor es una verdad temporal. Se hizo un experimento hace tiempo –estimular el cerebro con fotos de parejas, olores, recuerdos y comprobar si se activaban los centros neurálgicos del placer- y se descubrió que sólo un diez por ciento de las parejas que llevaban mas de diez años juntos seguían reaccionando sintiendo esas “mariposas en el estomago”,  “Zsa zsa zsu” o como cojones quieras llamar a esa dependencia química, a esa incapacidad para trasegar con la realidad.

No quiero ser sofista ni decir con esto que se ha demostrado nada. Simplemente divago, desde la atalaya de mi particular mundo de fantasía, sobre la posibilidad de encontrar a esa persona que consiga transformar con la mayor de las facilidades “El Síndrome De Estocolmo Amoroso” en una vida feliz y químicamente aceptable durante más de tres años. Beigbeder invitaba a la esperanza. Punset también. ¿Quiénes soy yo para llevarles la contraria?

Quizá un decadente con una incapacidad para el autoengaño bastante irritante.

Allí donde solíamos gritar by Love of Lesbian on Grooveshark