viernes, 4 de febrero de 2011

Ella se sentía como un arpa eólica que anhelaba su melodía de mujer.

Hoy, después de mucho tiempo, he vuelto a ver a Zahira. No es su nombre real, pero por aquí da igual como nos llamemos unos a otros. No pensaba escribir mas hoy, estoy algo cansado, pero siento que le debo un post. Es una antigua novia, de esas personas que no desaparecen de tu vida, cambias de agenda, cambias de amigos, pero por casualidades del destino, cada dos años, o en según que fechas te acuerdas y tienes una conversación. Hemos coincidido en tres ciudades pero realmente solo nos hemos visto en una. Tengo un recuerdo agridulce de aquella relación, como sino hubiera terminado nunca del todo. Te queda un poso amargo de cómo hubieran sido las cosas si hubieras actuado de otra manera, si hubieras sido mas maduro. El caso es que, por motivos de trabajo, hoy estaba en Madrid. Me ha llamado y hemos quedado para cenar en el centro. Siempre la he recordado como lo que es: una mujer muy atractiva, alta, con un cuerpo esbelto y fino. Es estilista y peluquera diplomada por lo que sabe sacar partido a su físico.

La primera impresión ha sido la de siempre “Joder, ¿Cómo la deje escapar? Sin embargo, cuando he empezado a hablar con ella si que he notado algunos cambios. Normalmente es una mujer risueña, de voz cantarina. Ahora estaba como ausente. Me explicó que estaba siendo una mala época: problemas familiares, económicos, su última relación fue la típica en la que das todo y no recibes nada y que alargas demasiado por dependencia.

La verdad es que llevaba ya mucho tiempo así y le estaba empezando a afectar.
Intentamos distraernos, yo le hable de mi vida –o la falta de ella- , ella de Barcelona –intercambiamos impresiones- , de sus paseos de noche por Valencia, de su sobrino, de cómo se sentía con 30 años. Y mientras hablábamos, no podía dejar de pensar en como habíamos cambiado pero como en lo esencial seguíamos siendo los mismos. Recordaba como hace 11 años iba a sus clases de peluquería, como podíamos estar durante horas hablando todos los días, aquella noche planeada en el cementerio, aquel primer beso con sabor a tabaco, esos mensajes indecorosos. Hay gente que conecta, y sigue conectada aunque pase mucho tiempo separados.
Finalmente la acompañe a Atocha, no sabíamos cuando nos veríamos, nunca hacíamos planes al respecto ¿para qué?

Y de pronto, sin saber exactamente porque, –quizá ese reserva del 96 del restaurante- me soltó: “¿sabes? No tengo ganas de coger este tren, siempre me pasa lo mismo cuando te veo. Se despierta este –hizo un movimiento con la mano-en mi, y no puedo evitarlo”
Y aquí es cuando el señor Rorschach se queda atónito, no dice nada y sonríe con cara de idiota.
Ella también me sonrió. Ya me conoce, sabe que soy un poco imbécil. Me despidió y se fue en el tren rumbo a sus problemas.

El espíritu de la escalera me posee -L'esprit de l'escalier-. Y ahora, en esta intimidad reconozco que me hubiera encantado decirla que se quedase, que llevamos 10 años dando vueltas a esta extraña “sensación” sin darnos la oportunidad de saber si es amor, cariño o absurdez.

Ella seguramente me hubiera dicho que ahora no es el momento, que no esta preparada, que no puede cargar sobre mí sus problemas. Y yo la hubiera respondido que la esperaría el tiempo que haga falta, que se lleva un pedazo de mi corazón sin acuse de recibo, y que me encantaría hacerle el amor durante toda la noche porque tiene una belleza fascinante.

Pero claro, estas cosas nunca pasan así.

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