sábado, 8 de enero de 2011

Rorschach Quiere Vivir

En el fondo es de ilusos dar una explicación a los sentimientos. Una persona, llamémosle X se levanta un día y se siente enamorado. Quizá se empuja a ello, se enamora del concepto del amor, de la sensación, necesita ser salvado. Porque el amor salva. Durante un tiempo da sentido a la vida, te empuja a levantarte por las mañanas con la sensación de saber donde esta tu lugar: junto a ella.
Muchas veces he escuchado la conversación, ¿Qué diferencia hay entre hacer el amor y follar? Como si fuera algo que pudieras captar en un video, como si hacer el amor fuera follar mas despacio o con unos preliminares que demuestren un ápice de generosidad.
X enfoca las diferencias no en el acto en si, sino al final. Cuando el hombre tiene su orgasmo le abruma una sensación de desasimiento. La brusca perdida del deseo hace que pierda el interés por todo lo que le rodea, un cansancio tosco se apodera de él. Tiene ganas de estar solo.
Sin embargo el hombre enamorado no le importa perderse en esa unión que es el sexo para él. Posee y se deja poseer. Por eso cuando culmina se resiste a abandonarse, quiere mantenerse junto a ella, no quiere estar solo.

Cuando X conoció a Z sintió que algo se le agarraba al estomago. X no le gustaba estar solo, aunque fuera un solitario, y eso le provocaba cierta desesperación. Eso unido a una ferviente imaginación hacia que cualquier contacto femenino se convirtiera en una fantasía para él. En su descargo podríamos decir que aunque X no lo reconociera era un romántico empedernido. Por eso soñaba despierto con encontrar a alguien que le salvara, una alma gemela, alguien que le hiciera vibrar y transformara su vida. Porque desgraciadamente X estaba dañado y ya fuera por lucidez o una melancolía congénita se veía incapaz de ilusionarse por nada. Sin objetivos la vida de X era un erial sin convicciones. ¿Que mujer podría acercarse a él en esta coyuntura? Buscar la redención en el amor era una utopía. Y como X lo sabía porque para él la fe era un defecto de carácter, languidecía desperdiciando su tiempo sin cambios pero también sin errores.

Pero como decíamos de pronto apareció Z. Y decimos de pronto, porque un día no existía y al día siguiente existía en cada minuto de la vida de X. Sabia que no había ninguna posibilidad de hacerla feliz a medio plazo, pero no podía dejar de pensar en ella. Era perfecta. Era esa mezcla de fragilidad pero enorme pasión por la vida. Veleidosa, fascinante, enigmática.

(…)

Os encontrabais en su casa, solos. Dos copas de vino, música ligera, ella te contaba algo, no podías concentrarte en sus palabras, veías esos labios sonrosados plasmar algún mohín, alguna sonrisa e intentabas registrar todo en tu mente para luego poder recordarlo. La estabas moldeando en tu interior, era tu musa y tu modelo.
En un momento, ella se quedo seria y dejó la copa en la mesa.- ¿me escuchas?  Me preguntó.
Y de pronto esas palabras salieron de mis labios sin yo siquiera pensarlas conscientemente: No, solo te amo.

(…)

Había tanta ternura en sus besos, no se sentía intimidado, solo quería saborear el momento, disfrutarlo, era la primera vez que la sentía tan cerca. Recorría su cuerpo, despojándolo poco a poco de la ropa, la lencería exquisita le provocaba, todo en ella era licencioso. Estaban en la cama, descubriendo sus cuerpos, y cada nuevo rincón inexplorado era un nuevo placer, la lengua, los labios, los dedos, eran gestos repetidos pero en ella eran sacramentos del placer que explotaban cortándole la respiración. Te quiero, se atrevió a decirla de nuevo. Ella le miro, con esa mirada suya, esa mirada azul glacial pero a la vez prendida en todo y le beso, como si las palabras no fueran suficientes para expresar lo que sentía. Como si llevaran esperándose años, cada uno en su camino mirándose de lejos pero sin poder tocarse. Pasaban del roce mas atrevido a la caricia mas tímida, A veces se sentía cohibido en estos preliminares, y entonces ella le guiaba la mano o le rodeaba con sus labios.

No pudo resistirlo mas, se colocó encima y la penetró, sentía sus contracciones, su humedad, su voz como eco repitiendo su nombre, su mano en su pelo agarrándolo con fuerza, sus piernas, todo su cuerpo rodeando, haciéndolo moverse, cambiando de postura, poseyéndole. Y la veía, la contemplaba, como gemía, desinhibida, libre, entregada…y no podía creer que fuera suya, que le hubiera elegido. Se contagiaba de esa febril entrega y no podía dejar de besarla por todo el cuerpo. Se separaba bruscamente y luego volvía con fuerza a penetrarla, como si sus cuerpos estuvieran esculpiendo el poema de la última noche en la Tierra. Cuando Z volvió a tener otro orgasmo no pudo resistirlo más. Se mantuvo dentro de ella, no quería separarse, acompasaban sus respiraciones y la abrazaba como si quisiera fundir sus cuerpos.


-“Te amo y no puedo huir de ello” me decía ella -“aunque sé que me harás daño, aunque sé que no tiene sentido, te amo”.
El sintió como recuperaba su erección. Z se puso encima. Quería verla disfrutar, quería ver esos pechos subir y bajar al ritmo de su placer, quería sentir las gotas de sudor cayendo de sus cabellos, quería adorarla en el altar de su carne. No supo cuanto duro. Nunca se había creído un buen amante. Pero esa noche descubrió la libertad, las risas, ¡cuanto se rieron aquella noche!...conociendo sus cuerpos…sus cavidades…redescubriendo ese lenguaje de los cuerpos desnudos. Y supo que lo que había sentido esa noche se le clavaría como una maldición, la vida nunca tendría de nuevo esa luminosidad, esa sensación de felicidad y libertad imperecederas.

(…)
.
Luego se marchó, como quien se aleja de un sueño no porque lo prefiera, sino con el fatalismo asumido de quien no puede elegir.

Olor a mandarinas by Zahara on Grooveshark