lunes, 24 de enero de 2011

No cambies de tema, puto cabrón. Es que esto es repugnante. No me respetas. No me quieres. No me comes el coño con la frecuencia debida.”

Claudia era la respuesta. Vestía totalmente de blanco, con esa melena azabache cayendo sobre sus hombros desnudos.
Esa mirada color miel que fijaba sus condiciones, esos labios entreabiertos, ese aire frágil pero también ajeno.
No me dijo nada, simplemente dejo la botella de vodka, ya empezada, sobre la mesa y se sentó en la cama. La habitación, único reducto de vida de la casa, era un desastre. Había que serpentear entre libros, ropa sucia y bolsas de plástico de contenido inconcluso.
Rorschach la miraba ciertamente preocupado mientras se encendía un cigarrillo. Pensaba que el sexo sobredimensionaba la relación, había demasiadas contradicciones entre ellos, no había futuro, ni siquiera un pasado que pudieran recordar. Solo existía este momento, que paseaba extraño entre ellos.

No hay demasiada metafísica en el polvo de dos personas tan dañadas, quizá un sentimiento indecoroso de libertad.
Para ella polla y coño eran poemas de la vida sin derecho de autor, que todos teníamos la obligación de disfrutar sin censura.
Recuerdo como busque con mis dedos tu placer, recuerdo abandonarme entre tus brazos aspirando tu olor, alimentándome con tu aliento. Recuerdo los sexos húmedos, ansiosos, perfectamente coordinados, mis labios abrasados por los tuyos. La alegría de ver transformado el ritmo monótono de la existencia en un éxtasis de pura sodomización. Recuerdo tu entrega, tú mirada fija, tu ansiedad, tu desasimiento, tus pequeñas nostalgias, tus pequeñas rendiciones, tu beso sincero cuando terminamos, tu mano recorriendo mi cara, tu mirada, ya mas calmada asumiendo poco a poco la realidad de nuestro encuentro. Por un instante me dio la impresión de que caía tu barrera, que ibas a hablarme, a derramar sobre mí tu necesidad de convertir este instante en algo nuevo, quizá la ocasión de arriesgarse, de hacer una apuesta, de darme una oportunidad.

Pero me equivoque. Te levantaste, te pusiste la ropa, frente al espejo retocaste tu maquillaje, tragaste tu pequeña dosis de litio o antidepresivos…y finalmente, sin ni siquiera comprobar si te observaba, me abandonaste.

Un pitido en mi móvil, un sms: “¿no sabes lo que siento por ti? No puedo contestarte a eso, ahora no puedo”

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