domingo, 23 de enero de 2011

¿Quien me visita repetidamente desde Jaén a estas horas de la noche...?

Quien no ha visto alguna vez, la típica escena del solitario que llega a casa el viernes, comprueba contumaz el contestador en busca de alguna sonda de vida exterior y luego, derrotado por la evidencia, se hunde en el sillón y toma una copa en la impermeable oscuridad. Coño, cuando después del trabajo he mirado mi correo me he sentido así.

Hablaba el otro día de que a mi me encantan los blogs en primera persona, los que desgranan la propia vida con evidente sinceridad, con sombras de autoengaño, frustraciones, obsesiones y contradicciones pero con esa franqueza intransigente que nos da el anonimato. El contenido antes que el continente. También hablaba de que cuando hay demasiados seguidores, gente que comenta, esa espontaneidad se pierde. El público minoritario y silencioso es el mejor. Sabes que están ahí, que de vez en cuando orbitan en tu página, pero no atenazan tu mano en el teclado, no haces que edites o pienses dos veces lo que escribes. Es un equilibrio difícil.

Esto no lo aplico a mi mismo. Por ejemplo el hecho de escribir me gusta, pero adopto un estilo recargado, porque creo que no tengo derecho a escribir. Miro sobre mi mesa y tengo “el americano impasible” de Graham Greene, “Vértigo” de Paul Auster, un libro de Benedetti a medio empezar y pienso: ¿Qué derecho tengo a emborronar una página en blanco con mis miserias? Aprovecha el tiempo y lee a gente que realmente ha escrito cosas que merecen la pena. O al menos lo han hecho con cierto estilo propio.

Se me ha cortado la inspiración porque me ha llamado Claudia. Si, a las 2:52. Algunos de mis lectores reaccionaran extrañados, porque recordemos que Claudia es una fantasía, una muleta sentimental. Un producto de mi enferma imaginación programada para aparecer el lunes. Pero como un peón arbitrario que obstaculiza el jaque, aquí la tenemos, contándome que todavía me quiere, enfadándose por cosas que no entiendo ni me explica. Contando entre risas que tiene pensamientos suicidas recurrentes. Me hace reconocer que llevo deprimido varios meses, que ahora sería capaz de enamorarme de cualquier mujer que me mostrase un poco de cariño. Y ella, con esa voz maquillada de puntos suspensivos, me valora y se despide, todo en la misma frase. Y queda todo ahí, como un sueño a medio cumplir.

Maldita dulzura by Vetusta Morla on Grooveshark