martes, 4 de enero de 2011

Hay seres sin pene, la amenaza, entonces, es real.

Rorschach se aburre. Rorschach lee: “Bajo la angustia de castración el niño acepta la ley de interdicción y elige salvar su pene a costa de renunciar a la madre como partenaire sexual“

Rorschach no entiende nada, solo sabe que adora a su pene y no conoce a su madre.

Rorschach apaga la música y escucha con atención. Sus nuevos vecinos están follando con insólita energía. En estos edificios las paredes son un escupitajo a la cara de un onanista como él. La mujer, descriptiva como pocas, gime con tal violencia que Rorschach sufre una dolorosa erección. Esos pequeños grititos de placer, esos suspiros roncos, esas instrucciones apremiantes… no hay nada más excitante que esa victoria acústica mientras sientes las involuntarias contracciones del coño devorando tu entrepierna. Y de esta forma la mujer insustancial y carente de atractivo que Rorschach vio subiendo las cajas de la mudanza esta mañana se transforma en una musa fascinante que da placer con generosidad y desapego, como si su misma existencia dependiera de ello.

Rorschach traza el plan. Naturalmente tiene que ser suya. Ha nacido para complacerle. Hay que deshacerse de su compañero. Eso no será difícil. No es la primera vez que lo hace. Luego acudirá como un buen vecino en su auxilio y transformará sus lágrimas en lirios blancos de semen que anidarán con estético deleite en la comisura de una boca, una boca que violará mil veces hasta que sólo se adapte a él y su monstruo purpura.

Las imágenes naufragan en su mente. Tiene que mantener la calma, serenarse. Irá a su domicilio para presentarse y así enfrentarse a su enemigo.

Sube las escaleras nervioso y hace una pausa antes de llamar al timbre. Es un momento crucial en su vida: dejar la masturbación compulsiva y volver al paraíso de la carne ajena, a los coños, esas oquedades llenas de misterio y locura. Rorschach sabe que se enfrenta a un enemigo poderoso, su rival ha provocado unos gritos dignos de elogio. La inseguridad le atenaza: va a ser una batalla dura. Pero Rorschach se crece ante la adversidad. Rorschach aún no lo sabe, pero está enamorado y la magia del amor está de su lado.

La puerta se abre interrumpiendo el hilo de sus pensamientos. Aparecen dos chicas visiblemente turbadas en albornoz riéndose:
-“Ay cariño perdona, eres el vecino de abajo, ¿verdad? Disculpa si hacemos mucho ruido, nos acabamos de casar y con el lio de la mundana todavía estamos celebrándolo…”

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