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lunes, 23 de septiembre de 2013

Quizás fuera amor después de todo.

Era una típica noche en mi barrio. Acababa de llegar de trabajar. Pensaba en esa mujer talentosa que me había ofrecido su abrazo, aunque en el fondo lo que yo quería era su coño. Confundir el amor con el sexo, como si fuéramos pájaros en una tierra de gatos. Tener dudas y quedar lastrado para todo lo que crees que no puedes conseguir. Así era yo. No tenía cojones. Tampoco quería enfrentarme a la realidad de mi ser, o más bien inanidad, no quería esforzarme en justificar mi vida y actuar de acorde a los anhelos sociales habituales. Era frustrante, pero al menos tenía la botella de vino para doblegar la sonrisa del coyote. Algunos utilizaban el Arte para sobrevivir, yo me limitaba a masturbar el fraude y vomitar idiosincrasia en privado.

Como decía era de noche, sobre las tres de la madrugada, colapsado por la anorgasmia existencial habitual, cuando de pronto sucedió: un hombre en pijama pasó por delante de mi ventana y chocó con estrépita tosquedad contra la calzada. Gritos. Una mujer, seguramente la culpable de que se hubiera vuelto loco hasta ese extremo, salió llorando del portal de enfrente. Me asomé a la ventana. Quizás sobreviviera, todavía respiraba. Un pequeño hilillo de sangre florecía, como la sonrisa de Dios, sobre el asfalto. Alguien avisó a una ambulancia. Alguien aprovechó para robarle la cartera.

Media hora después todo seguía igual. En el fondo tenía aquí a unos genios por necesidad: el capitalismo, la sociedad de consumo, no nos quería felices, nos empujaba a estar frustrados, airados, insatisfechos. Provocaba en nosotros la necesidad de comprar cosas, chutes de adrenalina que duraban poco. Y nos tenían atrapados, yonquis del consumo, formando un paisaje aberrante en el centro comercial. Aquí al menos sólo había hedonistas viviendo el presente puro, eludiendo planes de futuro, ajenos a conceptos como la autorrealización personal y la transcendencia, como esa mujer, escarchando las lágrimas gracias al volumen excesivo del televisor.

Las mujeres. Oh, sí. No me avergonzaba reconocer que tenía miedo de intimar con ellas, de hacerme valedor de sus sentimientos. Todo era tan arriesgado. Veleidades ciclotímicas, molinos de viento que mutaban con excéntrica ferocidad. Pelo, vestuario, peso, gustos, amantes. Primero se mostraban cálidas, pero cuando te habían atrapado entre sus garras te despedazaban, mutilaban tu yo más profundo ansiosas por convertirte en lo que ellas necesitaban. Mi única fortaleza consistía en huir, pero, ¿cómo hacerlo? Estaban en todos lados, contoneándose, cimbreando sus piernas al ritmo de un diapasón cachondo. No, estaba jodido. Intentando eludirlas sólo conseguía obsesionarme más con ese reino estrecho y húmedo, ese perfecto ataúd de carne donde la Naturaleza exigía que volcásemos ríos blancos de fertilidad hedionda.

Mi cerebro desollado por esa imagen, esa necesidad. Comer coños. Comer coños. Comer coños. Jugosos, deslizando mis dedos por su contorno, introduciendo un dedo, dos, tres, penetrando, horadando, ocupando todo ese espacio. Había algo milagroso en ello. Hasta las más recalcitrantes clitorianas se desbordaban con un par de dedos dentro de ellas. Y jugar con la lengua, bosquejar en su clítoris un par de pinceladas al estilo Van Gogh, fintar, zambullirme, atacar de nuevo. Era una guerra donde tenías que darlo todo, relampaguear, poseerlo con fuerza dentro de la boca…

Los perros empezaron a aullar en la calle, la temperatura global subió cinco grados, se empezaron a detectar temblores de tierra en todo el planeta: el monstruo púrpura había despertado. Eché otro trago y alargué la mano. Resultaba insólito que con la vida decadente que llevaba todavía fuera capaz de tener una erección. Anhelos, ¿era tan difícil encontrar una dama de madurada ninfomanía monógama, tener una relación sana de cierta consensuada ternura…?

Entonces, Deux ex machine, llamaron a la puerta y apareció Carla. Habíamos discutido hacía más de un mes. Pensé que era definitivo, que no iba a volver a verla. Pero. Pero. Pero… Carla era demasiado para mí. Un coño excesivo. Demasiado joven. Demasiado loca. Ese tratamiento de electroshock que padeció con dieciocho le había alejado demasiado de la humanidad. La observé en el umbral: carmín espeso, ojos extraviados, falda corta acompañado de un destello de braga roja… Pero sabía como manejarme, y con un gesto señaló la botella que había dejado en el suelo. Absolut Vodka. Demonios, me tenía pillado por los huevos.

Rorschach: “El amor no es eterno, pero nos hace eternos a nosotros.”
Carla: “Déjate de gilipolleces, he venido a follar. Escúpeme en la boca.”

Nuestros diálogos siempre estaban repletos de amor.

Entró en mi habitación. Sus tacones eran tambores de guerra. Rachmaninoff sonaba de fondo, hundido, humillado. Algo hizo click en mi cerebro. Me abalancé sobre ella con ansiedad de violador. Aparté sus bragas e intenté metérsela. Gimió de dolor: todavía era ceniza ahí abajo. Di un largo trago a la botella y escancié un poco sobre mi polla. Sus ojos vibraron, me la cogió por la base, masajeándome con ternura los cojones, y se la metió casi entera en la boca. Tenia esa intuición de puta y al rato empezó a mirarme fijamente. Que te miren cuando tienen lo más precioso y bello de tu vida en la boca es lo que permite que nazca el sentimiento. Le di una bofetada y la cogí del pelo para sentir su garganta al ritmo adecuado. Ese tipo de mujeres son una enfermedad, se meten dentro de ti y no hay cura posible, solo resta zambullirte en el accidente con sonrisa de loco. Al rato me cansé, le di la vuelta y se la metí con dureza. Era como estar dentro de las entrañas de una flor azul, algo sórdido, pero con cierto poso de extraña delicadeza.

Éramos dos seres feos, ajenos, nuestro placer tenía ecos de conquista, muerte y asesinato. Era como bregar con lo imposible. Pero sabíamos follar. Cuando estaba a punto de correrme me arañaba con saña el culo, me mordía los hombros, se subía arriba y me cogía las pelotas con fuerza. Me montaba, me cosificaba. Y era como tener la mejor droga sin límite. Desinhibida avanzaba mucho más en la liberación de la mujer que cualquier movimiento feminista del último siglo. No era necesario crear una pornografía especial para mujeres, sólo joder con fuerza sus tabúes hasta que se corrieran.

Algún jodido vecino golpeaba la pared, quizás quejándose del ruido. Levanté a Carla y la empotré contra esa misma pared. Sus piernas acariciaban el vacío, el mundo giraba cada vez más deprisa, mi erección se mantenía. Gemíamos cada vez con más fuerza, gritos de poesía, elegías de dolor y amor. Mi lengua reptando dentro de ella, el anillo vibrador enamorando a su clítoris displicente. Lo íbamos a conseguir. Juntos. Sí. Sí. . Empecé a correrme, me desbordaba, como una explosión, una herida abierta, un geiser, su coño absorbiéndome, dejándome seco. Placer sin fisuras. Seguí así varias embestidas hasta que no pude más y caímos al suelo.

Quizás fuera amor después de todo.

Nocturne No.20 in C sharp minor, Op. posth by Frédéric Chopin on Grooveshark

jueves, 12 de septiembre de 2013

La soledad es esperarte.

Escribir es trascender(te). Se trata de intentar llegar a nuestro núcleo y mostrarlo. No hace falta plantearse la batalla perdida de la originalidad, el demiurgo escritor singulariza su experiencia común con los detalles. Cambia el envoltorio de un regalo que ya hemos pagado todos.

*1*

El cuervo, sombra del Sol, hambre del cielo
Trazando círculos sobre nosotros con sus alas de cristal
Alimentándose del silencio de nuestros corazones
El suspiro es como un coche fúnebre trazando la grieta del techo
Allí donde se desvanecen nuestros anhelos

Nuestros pensamientos se ahorcan
En un baile de miedo eterno y contagioso
Quizás no debimos nacer aquí
Somos demasiado ingenuos para una piel tan suave

La noche se arrodilla sobre el gesto
Como una puta ante otro cliente sudoroso
Como yo rezando ante el altar de tu coño
Como el dolor fantasma de un miembro amputado

A fin de cuentas todas las heridas tienen un lecho
Sólo tienes que arroparlas con el manto de una cicatriz
O un recuerdo.

*2*

Todo se marchita, nada puede esperar
Los ombligos son sumideros donde se pierden
Todas esas palabras de corazón-espejo

Sin dramatismo no hay interés
Soy aquí, ahora, abierta, sola
Rosa artificial sin espinas
Isla sombreada de lluvia sin alas y juncos de viento
La que no abre el paraguas cuando llueve
La que se masturba pensando en ti
La que tiene el suicidio más hermoso a pesar de su coño accidentado

¿Huelo a sangre y amor?
Quizás me gusta morder y arañar para disimular la batalla perdida
Con esa mentirosa sensibilidad de musa obsesiva
Capaz de ver el lado romántico
En un condón usado.

*3*

Te dije que pararas
Me hacías daño
Pero tú seguías entrando dentro de mí
Con tu polla manchada de ira
Con tu polla ajena de sentimientos

Después de mí
Vinieron otras
A las que hiciste lo mismo
Los sociópatas como tú
No se cuestionan, no cambian
Ni siquiera intentan comprender por qué actúan así

Pero aunque tarde mucho tiempo en recuperarme
Al final del proceso logré entenderlo
Te sentías poderoso, fuerte
Abusando de mí
Violando mi cuerpo
Querías que alguien pagara por toda esa frustración
Todo ese odio
Ese asco que sentías por tu vida, por ti mismo

Yo pude evitar que siguieras haciendo eso a otras chicas
Que siguieras acosándolas
Aislándolas
Maltratándolas
También soy, en cierta medida, responsable de ello

Por eso te insisto: no ha sido una venganza tardía
El retroceso del arma
Ver tus sesos desparramados por la pared
Tu cuerpo cayendo a cámara lenta…
Todo eso no me ha causado ningún placer

La sonrisa que tengo desde entonces
No tiene relación contigo
Puedes creerme
Maldito hijo de puta.

The Box [Vocal Reprise] [feat Alison Goldfrapp & Grant Fulton] by Orbital on Grooveshark

domingo, 1 de septiembre de 2013

Los monstruos que hay debajo de tu cama también se enamoran. Idealizada follas mejor.

Las musas se ahorcan en la playa de mis ojeras, otra forma de decir que estoy cansado. Debería llamar a alguien pero prefiero no decepcionarme. No es exactamente estar triste y cachondo a la vez –combinación insana-, más bien son conatos fugaces de. Explicarlo es complicado, la exposición devora la honestidad y al final se tiende a crear pavesas de ridículo sobre el papel.

¿Quizás masturbarse pueda paliar los efectos secundarios de la vida? Cierro los ojos y Numen me toca con intención de puta, como una flor mórbida que recita versos pero te mira con ganas de chuparte la Polla. Aúlla con delicadeza, mezcla metáforas con balas de plata, susurra el lenguaje de las olas.

Los semáforos parpadean como nudillos gastados, como un cigarrillo que se enamora del aire y sucumbe al fuego, amores con forma de paracaídas que luego disparan a la cabeza, ¿te gustaría lamer los restos de mi cerebro? Saben a tinta, semen frío, caricias falsas, sujetadores desleales, cortinas de terciopelo ardiendo, té negro, petricor, palabras mudas con haches intercaladas, huidas compartimentadas...

¿Estás enamorada, lubricas lo suficiente? Permíteme explicarte qué es el amor mientras te follo fuerte y duro en el suelo de tu cocina. No te preocupes, nada importa, las palabras son tan inasibles como el sentimiento, lo efímero es tan voraz en su inanidad como mi orgasmo deslizándose cabal por tu cara, como el ruido de una cisterna en mitad del poema, como el alcohol empañando la realidad de un delito de ausencia.

From the Edge of the Deep Green Sea by The Cure on Grooveshark

martes, 20 de agosto de 2013

A veces no se trata de Amor, sólo de saber elegir el disfraz adecuado. A mí me funciona el de hombre de nieve en el desierto.

Lo interesante de la buena literatura es que nos consuela de la angustia que sentimos ante el desorden implacable de la vida. Otras cosas pueden distraerte con su entretenimiento, pero crear un orden interior, una idea, un cambio, eso sólo lo puede conseguir el arte con mayúsculas.

También busca que vivamos con la máxima dosis de “verdad” que podamos aguantar, que por otra parte no es demasiada dado que el conocimiento, reflexionar, nunca promueve la felicidad.

Es como si las palabras fueran a la vez trinchera y trampolín, atalaya y microscopio; como si de alguna manera nos protegieran de aquello que nombramos y descubrimos. Frontera y visado, lupas del horror de la vida que a la vez son capaces de iluminar la trascendencia del instante, tic-tac del presente.

(…)

Pensaba sobre ello
Quizás buscando algún motivo para escribir
Que en cierta medida también pudiera servir para vivir
Aunque esa frase lleve demasiado lejos
La impostura

A fin de cuentas
La mascara
Trastabilla
A partir de la tercera copa.

No me creo Bukowski
Cuando intento combatir la resaca
Un jueves por la tarde
Con cerveza caliente
Y vino barato

Sin dinero para el alquiler
Sin comida en la nevera
¿Sería mejor pensar en el pasado?
¿Planificar un suicidio para septiembre?

El dinero siempre con sus taxativas replicas
Dominando el tiempo libre
Convirtiéndote en un esclavo sin poesía
Aunque, ¿qué coño es la Poesía?
“Mis silencios son laberintos en los que te pierdo”
Bobadas, orgasmos calibrados
Por insolventes ideas decimonónicas.

Los poetas no son honestos
Son tramposos
Depredadores
Quieren que te sientas única
Pero las palabras que dibujan
Con la saliva de tu coño
Son
Siempre
Las
Mismas.

(…)

A veces follar es un ancla, un disparo de fogueo hacia la depresión y el aburrimiento, un intento fútil de encontrar cierta honestidad en una inercia prefijada por el instinto.

El sexo tiene que ser pornografía, una guerra: invades a otra persona, colonizas su piel, marcas territorios con arañazos y mordiscos. Hay dolor, placer, desasimiento. Luego dominas su mente… no se trata de posturas, ni de roles, sino de juegos de poder. Metérsela sin preliminares, ver su rictus de dolor y luego, poco a poco, notar como se va humedeciendo, como se enamora. Si nunca te has dejado llevar es normal que no estés de acuerdo conmigo.

Alcanzo el porro de hachís y doy una larga calada. Hago el gesto –arquitectura de la nada-, ella se pone de rodillas y empieza a chupármela. Arriba, abajo. Arriba, abajo. Una, y otra, y otra vez… Siento como si mi polla fuera una barra de hierro al rojo vivo y su saliva se evaporase al contacto. Algo chirría: el pelo le cubre la cara. Le doy una leve bofetada, ella entiende y se hace una coleta. La cojo de ella, me la anudo a la muñeca e impongo mi ritmo: la cosa empieza a fluir.

Cuando fumo divago demasiado, pienso en hijos no-natos, en la domesticación, en confundir la herida con el cuchillo, el reloj con la música… sólo existe cierta atracción gravitacional empujando nuestros cuerpos hacia otras islas.

La pongo a cuatro patas y empiezo a embestirla; mi mano se desliza por su culo, ligeros cachetes. A ella no le importa demasiado los detalles, se deja guiar por mí, a pesar de la diferencia de edad existe una afinidad real entre nosotros. Aumento el ritmo: fuerte y rápido. Así no tardaré en correrme. El orgasmo nunca me ha parecido el cenit, el gran momento… más bien una traición del cuerpo, la petite mort, una metáfora de la decrepitud de todo. Mi mano sube y la agarro del cuello. Aprieto fuerte, gime, sus flujos se deslizan; meto una mano en su boca como una cuña, cierra los ojos, me saborea; su coño es una hoguera, su boca un agujero de escarcha.

La cojo del pelo y la llevo hasta el salón, me acomodo en el sillón y empieza a montarme. Estamos en un primero, balcón abierto, hace demasiado calor. Me excita pensar que cualquiera que pase ahora mismo por la calle puede ver como follamos, nos puede escuchar. Subo el volumen de la música, me gusta esa canción, extraña música electrónica, de esa que suelo poner en mi blog. Buen acompañamiento. Siempre habría que follar con música, hace que todo adquiera cierta perfección imposible.

Estamos empapados en sudor, estoy a punto de correrme, lo está haciendo bien, sube y baja con ferocidad, me araña el pecho, se deja llevar.

¿Debería escribir sobre esto? No tiene mucho sentido; aunque tampoco lo tiene que mis muñecas sigan sobreviviendo a los cortes. Me gusta tener eso en común con ella, poder comparar nuestros antebrazos, buscar la poesía en esas cicatrices largas y blancas que definen estados de angustia de un pasado inherentemente presente… algunas tan profundas, tan cerca de la vena del alma, que causan una extraña mezcla de aprensión y excitación.

Cambiamos de postura, me pongo encima. Seguimos un rato más hasta que el amor me consume con la certeza de su constelación de lunares. Mis pelotas explotan, el orgasmo llega, oscuro, extraño, con esa necesidad de llenarla de mí, entrar totalmente y esconder el Nudo de mi mente en su coño.

Pasan diez, quince segundos, las sensaciones van desapareciendo. Me mantengo dentro, moviéndome lentamente, saboreándolo, cayendo sobre ella como la lluvia en la lápida, alargando el síndrome, la unión. Ha sido intenso, descontrolado, tendremos marcas que nos justifiquen…

Un perro ladra en la calle
El espejismo se esfuma
Salgo de ella.

The Blower's Daughter by Damien Rice on Grooveshark

lunes, 17 de junio de 2013

No desnudes mi amor, podrías encontrar una tumba. No desnudes mi risa de mutilado, podrías encontrar el amor.

Dormir está sobrevalorado. Amar también. Esta noche me siento como si estuviera desplomado sobre mí mismo, entre paredes de gelatina con olor a confeti.

El caracol aplaude entre la niebla. 

Desnudo como un beso tropiezo con las sabanas que cuelgan de tu ombligo. 
Parpadeas, y en mi locura me parece un mensaje de amor en morse.

Soy un laboratorio de experimentos fallidos, me gusta al escribir hacer del fracaso un lugar habitable y encontrar utilidad a las heridas que hay debajo de la piel.
La belleza consuela, y es lo único que permite mirar al dolor a la cara, como una hermosa muchacha caminando junto al cementerio.

¡Oh querida musa! Tu corazón es una diáspora de sentimientos.
Intento impedir tu invasión, tu ánimo de colonia. Pero la victoria cojea: sensación implacable, trivial… necesaria.

El destino es como un culo que ha olvidado envejecer.

Te quitas los guantes, me sacas a bailar, desvirgas el sentimiento.
El atrezzo cae sobre mí, como un bloque de hielo desgarrando la proa del Titanic.

La resaca me despierta horas después, vivo a pesar de todo
quizás tu corazón de cemento y mi lengua de espejo
tu coño nihilista y mi monstruo purpura
firmaron armisticio hasta el próximo encuentro.

Ojalá suceda pronto...

***
Pobres lectores, que desgracia, más cháchara depresiva y decadente sobre el desamor y las mujeres. Pero comprendedme: tocaba actualizar. Y volver a casa del trabajo, de madrugada, y encontrarme la botella de vino amorosa guiñándome un ojo... la inercia es irresistible.
Despliego más humor en el Twitter, esa red social defenestrada que está fagocitando a Blogger y que ha acabado convirtiendo los blogs en un reducto underground. Tanto mejor.

Mensajes cortos: Un saludo a la señorita Ficticia, todo saldrá bien: no tengo ninguna duda. Otro a la señorita Nuria que tiene una cita importante mañana. Otro pasito más.

En tu agujero by Marea on Grooveshark

lunes, 19 de noviembre de 2012

Lo habíamos intentado, algunos más que otros, pero ya no quedaba tiempo

Seguía siendo joven
los días
(como olas que nunca te aburren)
conservaban un cierto encanto
de descubrimiento personal.

Estábamos en mi casa
(el humo del hachís inundándolo todo)
Manolo se metió unas rayas de coca
sobre mi libro de Kierkegaard
(nunca lo terminé de leer)
le pusimos “Réquiem por un sueño”
y casi nos morimos de risa.

En otra habitación una pareja discutía
(The End, como un amanecer, sonaba de fondo)
y aunque a nadie le importaba demasiado
todos prestábamos
muchísima atención.

Salimos de allí en busca de más.
y conocimos a una chica
(¿qué será de ella?)
tenía una risa estriada
un complejo entrañable
y un novio alemán al que veía
una vez al mes.

Y yo solo quería correrme
sin complicaciones
ni mensajes de amor.
Pero no, no me atreví.

¿Acaso importaba?

Me sentía atrapado
como una rata de laboratorio.
A veces ni siquiera sabía
si realmente lo estaba pasando bien.
Me conformaba con gritar un poco
contra la balaustrada de la nada
mientras esquivaba al cocodrilo hambriento
y su taciturno tic-tac.

Han pasado diez años
pero sigo esperando el milagro junto a Leonard Cohen
tímido, frágil, quizás estúpido
con muchos recuerdos
pocas hazañas
y algunos números de teléfono
a los que molestar de madrugada.

Quizás no me haya ido tan mal después de todo
aunque a fin de cuentas
soy yo quien elige aquí el final
no la vida.

Algo bueno tenía que tener, por fin, la puta literatura.

Special Needs by Placebo on Grooveshark

sábado, 21 de abril de 2012

Los Vecinos de Rorschach Strike Back

Leire

No sé exactamente cuando la conocí, en mi recuerdo siempre estamos juntas, Eliza y yo. Dos niñas rubias, ella con los ojos ligeramente más grises que azules. Siempre hablando, soñando, desentrañando poco a poco los mitos de la adolescencia. Era tan sumamente importante que nos gustasen los mismos discos, que nos emocionásemos con los mismos libros, las mismas películas. Nos encerrábamos con trece años en su habitación, pintada de negro y añil, tardes enteras con The Cure, David Bowie, Velvet Underground de fondo mientras leíamos juntas a Silvia Plath, a Morrison, Verlaine, Baudelaire…a cualquiera que nos pudiera inspirar, sin saber realmente que queríamos conseguir con eso. Nos creíamos invencibles paseando por El Retiro pensando en voz alta, eludiendo el calor pegajoso de nuestra ciudad. Fue cerca de allí, en una tienda cualquiera, donde compramos la grabadora y una cinta. Y empezamos a grabar en esa única cinta pequeños mensajes, secretos, confesiones, anhelos, que nos regalábamos por turnos cada noche como gesto de despedida. Pensamientos fungibles, efímeros, sepultados, solapados por otros una y otra vez. Así trascurrió ese verano, que sería sin saberlo, el último que íbamos a compartir juntas.

¿Somos mejores en la adolescencia? A veces nos olvidamos de vivir, ¿te imaginas ahora, con treinta años, teniendo esa clase de confianza con otra persona? No, imposible, ni siquiera en esos primeros seis meses de pasión y sexo cuando inicias una relación sentimental llegas a crear ese vínculo de confianza, ni siquiera cuando tienes tu propia familia.
El sonido de su voz, diluida por la grabación, no pierde un ápice de ternura mientras va desgajando confidencias. El sol desplaza lentamente su luz por las cortinas sumiendo el salón en un ambiente melancólico. Qué extraño encontrar la cinta precisamente hoy, justo cuando lo único que deseo es dejar atrás el pasado.

Quizás ese pensamiento traiciona el embrujo, se escucha un clic, la última palabra reverbera en el aire, la cinta ha terminado. Eliza siempre decía que las cosas más interesantes se le ocurrían después, media hora era muy poco, y siempre le producía una inmensa tristeza dejar todas esas ideas huérfanas, perdidas irremisiblemente ya, en el precipicio de su memoria. Yo trataba de consolarla “Tenemos mucho tiempo, no hay prisa”-le decía. Pero ahora me doy cuenta que no, que nunca hay tiempo. Nunca.

Me encantaría devolverte ahora tu cinta. Contarte que hace mucho tiempo que no hago el amor con Enrique, que la última vez fingí el orgasmo. Confesarte que no era la primera vez que lo hacía, que seguramente tiene una aventura con Carmen, la vecina del cuarto. Que me tendría que importar mucho más, pero que me siento entumecida, incapaz de reconocerme en el espejo. Que me siento muy sola, angustiada, con un miedo terrible a los cambios, a la vida…al divorcio.

Me gustaría decirte que te echo muchísimo de menos, que sé que me dirías que la vida sigue, que todo tiene remedio, que tampoco ha sido tan doloroso hacer las maletas. Gracias a eso he encontrado tu cinta. Que coja ese taxi que he pedido y vuelva con mis padres, que allí estaré segura. Pero ya sabes, nunca he podido…nunca he sabido decir adiós.

Llaman a la entrada. Es el taxista. Miro la cinta y la grabadora. No quiero llorar. Aquí no. Me levanto, cojo la maleta y abro la puerta.

Casimiro

Casimiro está obsesionado con su vecina Carmen, es idiota y no conoce a su padre. Un buen bosquejo para empezar. Casimiro apaga la música. Después de llevar varias semanas escuchando la voz enfermiza de Nattramn, está convencido de que es su nuevo mesías. Era el cantante de Silencer -una banda de depressive black metal-, que se mutilaba con un cuchillo en la sala de grabación, despedazándose los dedos de las manos, y que aparece en las fotos del disco ensangrentado, con las manos vendadas y dos patas de cerdo sobresaliendo de sus muñones, Cree que todo eso es la prueba de su sacrificio, del mensaje que quería hacer llegar a la humanidad. Casimiro cree que es uno de los elegidos para entender ese mensaje, hace caso omiso al hecho de que Nattramn estuviera loco, de que casi matara a una niña con un hacha. Pero Casimiro también necesita esperanza, necesita creer que tiene algo que le puede hacer especial, aunque sea una gilipollez.

Casimiro también está obsesionado con el sexo, pero la única técnica de seducción que ha desarrollado durante sus años de juventud es regatear con las putas el precio de la media hora. Ahora lleva varios meses sin acudir a estos establecimientos, quizás por una mala experiencia, no lo sabemos. Sea cual sea el motivo ahora su vida sexual se basa en ver videos en páginas de sexo extremo. Lo cual es algo bueno, porque si su odio no fuera sublimado hacía su polla, Casimiro tendría en estos momentos un detonador con un bonito botón rojo en el centro y estaría en disposición de hacer explotar el edificio entero. Y el vecino del cuarto no estaría muy contento con eso.

Alguno me preguntareis, ¿Qué es lo que odia Casimiro que le convierte en un peligro potencial? Pues realmente son pocas cosas: Odia a Rajoy y sus ministros, esas inmundas hienas, por quitarnos nuestros derechos sociales. Odia al Rey y a esta monarquía de pacotilla y se caga literalmente en sus disculpas vacías. Odia las homilías de Juan Antonio Reig Pla, y por extensión a la iglesia y todo lo que representaba. Odia el futbol, los derbis, a toda esa gente que le mira extrañada y argumenta que es un deporte complejo que no entiende y por eso le aburre. Odia hasta la extenuación a Angela Merkel. Odia a su muñeca hinchable –la que tiene una foto de Carmen su vecina, pegada a la cara-, por ser tan difícil de limpiar. Odia a Toby, un perro que aparece en varias películas que ha comprado por internet, por tener una vida sexual más plena que él y poseer un pene más grande. Odia su trabajo, y las cosas normales que todo el mundo odia. Y además también se odia a sí mismo, cosa también muy habitual.

Pero esta noche Casimiro está contento. Ha conocido a una mujer por internet, viene a comerle la polla, con fruición. En un principio pensó que poner un anunció tan zafio en esas páginas de contacto que visita no daría ningún resultado. Pero la vida ha tenido a bien de recompensarle por tantas indignidades. A los dos días Irene, que es como se llama la mujer, se puso en contacto con él. Le envió algunas fotos y es una belleza. Tiene una voz sensual y una boca terriblemente excitante. Todo fue muy rápido. Ella insistió sobre si estaba seguro “Joder, ¡Pues claro!” ella se quedó callada un momento, y le pidió la dirección. Le dijo que necesitaría hacer algunos preparativos e incluso atarle. A Casimiro casi se le revienta una vena del cuello “Joder, ¿Por qué no se le había ocurrido hacer algo así antes?”

Casimiro está nervioso, es casi la hora, incluso se ha duchado y todo, quiere estar presentable al menos el primer día. Llaman a la puerta, es puntual. La vida le sonríe.

(Lo que no sabe es que Irene va a hacer desaparecer sus problemas literalmente, para ella “comerse su pene” no es un eufemismo)

Fernando

Fernando revisa el correo. Tiene otra carta de amor, papel rosado, tinta azul. La lee mientras sube en el ascensor, entre el desdén y el rictus amargo.

Estuve luchando toda la noche contra tu recuerdo
Una carnicería de rojos sobre una piel demasiado blanca
Metáfora de una palidez suicida llena de cicatrices recientes
Mi sexo ávido abriéndose como una llaga
Carmín extenuante sobre una boca hambrienta de amor
Mezclando vino, pastillas y melancolía, mezcolanza amarga
Que encharca, circunda de humedad, mis pensamientos
Lluvia encapotada, lluvia tendenciosa, lluvia enajenante
El sexo es subsuelo, como mi fotografía con un precio de rebajas
Acumulando descripciones, disecciones, en un altar de vulgaridad y belleza
Acumulando cartas, mensajes, pensamientos, grabaciones, sangre
Autobuses llenos de subnormales haciendo los coros a una canción de amor
No escribo sobre ti, sino en ti, mientras tu desnudo esmalta mis insomnios.
Hazme tuya, o mátame, pero termina con mi agonía.

Está firmada por ella. Es curioso. O no. La deja sobre la mesa, con un gesto similar a aplastar una colilla en el cenicero. Se lleva una mano al estómago. Sale de la habitación.
Un rato después vuelve a entrar, se sujeta los pantalones desabrochados, barre ansioso la habitación con la mirada. De pronto se fija en la carta, la coge con una sonrisa y vuelve a salir de escena.

Un minuto después suena la cadena del baño.
El amor sigue siendo la respuesta a todo.

Vecino del Cuarto

Todo está rodeado de mierda, maloliente y atascada. Intentas tirar de la cadena una y otra vez pero solo consigues chapotear con los pies desnudos en charcos infectados mientras los vecinos se quejan de sus goteras de materia fecal. En algún momento del camino, mientras parpadeabas, te has convertido en una Etiqueta, en un Trabajo, en un Número, en una Nómina, en una Nada sin nombre propio. Lo peor es que no pretendes ser otra cosa, quizás antes, hace años, eras diferente, un ser humano, pero ahora lo has olvidado, ni siquiera lo sabes, aceptas tu etiqueta, eso es lo que eres AHORA, eso es lo importante. No justifica nada, claro. Pero da igual, no quiero jugar, por eso me gusta corto, por eso no se me pone dura con las cosas adecuadas, o con las mujeres adecuadas.

Puede provocar cierta alarma, como señalar el traje invisible del emperador, pero es cierto, lo reconozco, sólo veo un mar de mierda, gente a mi alrededor nadando feliz, haciendo filigranas mientras la basura inunda su boca sonriente. Sí, algunos flotan como boyas, peces muertos hinchados y marrones. Pero nadie los echa de menos, ni a ellos, ni al cielo. Nunca miran arriba.

Todo tiene su reverso sórdido, como ese gesto galante de regalar un ramo de flores en genuflexión, cuando el termino ramera deviene de la Edad Media, cuando las prostitutas colocaban un ramo de flores en el balcón o en la puerta de su casa para atraer a sus clientes.

Carver tenía sus caballos en la niebla, sus pequeñas islas de borrachos. Me gustan sus relatos, no hay golpes, en un minimalismo contenido, sin ira, pero con esa sensación de desazón orbitando siempre. Observas sus labios moverse, pero no quieres que te alcancen sus palabras, por eso le das la espalda lentamente reconociendo con ese gesto el fin de todo. Y piensas en zapatos que crecen mientras desayunas champán a las tres de la tarde. Y recuerdas que la infelicidad empezó aquella noche en que la amaste demasiado y se quedó embarazada. Porque el destino no existe, solo son hechos sucesivos que intentas ordenar con un sentido, impulsos y errores ahogándose en el vacío.

***
No hay que tomarse muy en serio al vecino del cuarto, con esas frases ampulosas donde se queja de su incoherencia mientras se hace cortes en el antebrazo para poder sentir algo que le saque de su aturdimiento. Hablando de morir solo, de vino y cosquillas de sangre resbalando por sus dedos.

La soledad, ¿Quién no se siente solo a fin de cuentas? No es excusa. Le digo a veces: “sal, pequeño pájaro azul” Pero solo se atreve a hacerlo de madrugada, ocultándose entre metaforas de idiotas derrotados, entre amor con mayúsculas y besos de papel con minúsculas. Y la vida sigue mientras se pierde entre esos desiertos de encrucijadas miopes. Y me confiesa que solo pide que le amen en cada caricia y poder sentir lo mismo. Y luego, más tarde, enfrentarse junto a ella a esa cosa insulsa llamada vida y transformarla en algo esplendido y lleno de matices.

Pero para ello, ella tendría que existir primero -me dice-, y no sirve de nada que la sueñe, que la piense, o que, simplemente, la necesite.

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viernes, 24 de febrero de 2012

El corazón a partir de los treinta es un condón usado. No te dejes engañar.

Todos los dolores son producto de la incompetencia, me duele la polla porque no sé masturbarme, me duele la cabeza porque no sé beber, me duele el corazón porque no sé amar como ellas necesitan. El dolor es un aguijón, salgo al exterior, a ese parque del extrarradio lleno de árboles y mierda. Y conejos enanos. Tenemos una invasión, una plaga. Alguien abandonó una pareja el año pasado. Ahora son miles, de todo tipo y tamaño, reproduciéndose como gremlins bajo el agua. Se han comido el césped de medio parque. En el fondo los entiendo, ellos solo quieren follar y comer. Pero el ayuntamiento los ha convertido en el enemigo, intenta aniquilarlos con trampas, con veneno, no les importa sus necesidades. Bella metáfora de otro contexto.

El caso que estoy hablando solo, rascándome los cojones, aterido de frio, pensando en trabajos de mierda, como ser mamporrero en una fábrica de condones. Me sube de pronto una arcada y empiezo a vomitar. Cuando termino me quedo mirando este cuadro de suciedad espiritual a las puertas del edén. Joder.

De pronto escucho una voz a mi lado
Voz de pito desconocida: Muerte y transfiguración.
Pego un respingo: es un puto conejo enano parlanchín.
Rorschach: ¿Qué coño significa eso?
Puto conejo blanco enano parlanchín: Dios y tú no habéis apostado al mismo caballo.
Mierda, una cosa es volverme loco y otra lecciones zen de madrugada.
Rorschach: Yo también tengo frases de mierda, Dylan Thomas diciendo en su lecho de muerte “He bebido dieciocho vasos de Whisky, creo que es todo un record
Conejo: Es un fraude, la tenías apuntada y la metes en estos diálogos febriles sin venir a cuento porque crees que queda bien, pero solo te muestra como un vago que jode la continuidad del diálogo.
Rorschach: Joder, nadie me paga por esto, tengo derecho a ciertos atajos.
Conejo: La verdad, te imaginaba más alto. ¿Sabes que es posible que Bukowski sufriera una lesión cerebral cuando estuvo a punto de morir por aquella ulcera sangrante?
Rorschach: Si, y también sé que siguió escribiendo otros treinta y cinco años. La potencialidad del ser humano es asombrosa. La gente común se vuelve común por la simple vulgar supervivencia del día a día. Pero intenta joder a tu propio cerebro a la vez que escribes, lees, o lo utilizas realmente en esos pocos trabajos no manuales que lo requieren. Se convertirá en algo diferente, pero lo conservarás útil hasta el final.
Conejo: Mierda, eres de los que no ve la televisión ¿verdad?
Rorschach: No me gusta que me llamen subnormal en voz alta, que vuelquen su política de miedo sobre mí con todas esas noticias inútiles, sesgadas, mal formuladas, mezcladas con catástrofes, accidentes, Urdangarines, ¿a mí que cojones me importa todo eso? Y luego los deportes. Futbol. Héroes nacionales. Los mataría a todos.
Conejo: Sois una raza de zombies.
Rorschach: En algún momento la clase baja amputada de la política social aprenderá a construir bombas atómicas en sus sótanos malolientes. Y cuando todo estalle, esos pretenciosos tacones, esas campanas de muchedumbre que eligieron no usar mi polla como badajo, se arrepentirán.
Conejo: Destilas misoginia. Los borrachos sois malos amantes, solo rendís pleitesía a vuestra amiga la botella. Pero al menos adoráis lo sucio, os causa diarrea las historias de felicidad y los corazones sobrevolando la pantalla, las frases hechas de lugares comunes del puto poeta burgués hablando de metafísica mientras su mama le hace la cama. Sois viles pero reales, sabéis que es comer un coño, sabéis que es sodomizar a una borracha. El hambre. El dolor. El fracaso.
Rorschach: En realidad el fracaso es infinito, porque es infinitamente divisible, cosa que no sucede con el éxito. El escritor no inventa, habla de cosas que sabe sin saber, como un flâneur solitario entre la multitud, espectador ocioso, apasionado pero a la vez indiferente, alienado, un paseante filosófico.
Conejo: ¿De qué cojones estás hablando?
Rorschach: Hablo de lo que significa escribir. Aunque puede que hable más bien de ella. A veces, durante la convivencia, me decía Te echo de menos mirándome fijamente a los ojos. Siempre me acostaba mucho más tarde ella, pero no importaba porque tenía el sueño muy profundo y nunca la despertaba. Sin embargo si me acercaba a su rostro y producía un leve sonido con los labios, como un beso apagado, se incorporaba inmediatamente, me besaba con los ojos cerrados y volvía a dormirse. Para suavizar el párrafo añadiré que siempre tenía que dar cuatro o cinco embestidas especialmente brutales para conseguir que gimiera.
Conejo: Vigila tu soledad, este trepanando eso que llamas talento. Aunque desde aquí solo parece pus con nombre de puta. El amor es otra forma de prejuicio.
Rorschach: Las personas son como los libros, mayormente una enorme pérdida de tiempo decepcionante. Pero hay otros, muy bien escondidos entre la masa, que son armas de destrucción masiva, orgasmos mentales. Y cuando lees la biografía del autor en que se le tacha con rigor de misógino, de ser un hijo de puta, da igual, la redención nace de la sublimación. Y sus libros son reliquias de santos incorruptos al alcance de todos, y sin embargo, tan lejos, tan lejos, tan lejos, tan lejos…la noche arde, observa esas estrellas de larga punta. Me recuerdan a mi vecina, mi particular pájaro azul, mirando siempre por la ventana, día tras día, tras día, tras día. Como un algo eterno carente de interés.
Conejo: Desvarías, y no es simplemente el delirium tremens habitual producido por las benzodiacepinas…

Se escuchan gritos de fondo, una violación, el amor haciendo un alto en su camino. El conejo se distrae y aprovecho para cogerle del cuello y partírselo. He declarado una guerra que no puedo ganar, pero la vida se compone de pequeños actos irreflexivos de terribles consecuencias a pagar en cómodos plazos.
El resto de conejos, acostumbrado a ese tipo de agresiones, llama a la infantería y empiezo a recibir una lluvia de piedras, jeringuillas usadas, trozos de camisa de fuerza y comprensas. Atacan por todos lados, muerden mis pantorrillas y casi consiguen hacerme caer. Pero de alguna forma resisto, sé que aún no ha llegado mi momento, he comprado de oferta varias botellas de vino y debo terminármelas. Tengo un destino. Una meta. Consigo escapar, aunque sé que nunca podré volver allí. Otra zona vetada. Malditos conejos enanos parlanchines.

Llego a casa. Pongo algo de música al azar. Suena esa canción. Me recuerda a ti. Me apena que creas que soy un animal sin sentimientos, una inanidad sin planes de futuro, alguien que muere lentamente por la falta de ejercicio en los rocos de la vida. Me conoces tan bien. Pero tengo fetiches. No hablo de dedos, ojos agujereados por un lápiz, tu sonrosado clítoris ablacionado, o tu larga melena con trozos de hueso y masa encefálica todavía adheridos a ella. No. Hablo de cosas normales, como entradas de cine, fotos, cartas, todas quemadas y reducidas a cenizas que conservo, con cierta ternura, en un dedal. Pienso en ti, en esa extraña combinación de lo mejor y lo peor, de lo mágico y lo terrible. Te mantengo un momento en mi memoria antes de intentar una reverencia que se trasforma en traspiés. Me quedo en el suelo. No es un mal lugar para dormir la borrachera y para perder un beso silencioso envuelto en su ligera erección

Estabas loca…y casi conseguiste volverme loco a mí también…suerte con el siguiente…y con el siguiente…y con el siguiente…

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