sábado, 21 de abril de 2012

Los Vecinos de Rorschach Strike Back

Leire

No sé exactamente cuando la conocí, en mi recuerdo siempre estamos juntas, Eliza y yo. Dos niñas rubias, ella con los ojos ligeramente más grises que azules. Siempre hablando, soñando, desentrañando poco a poco los mitos de la adolescencia. Era tan sumamente importante que nos gustasen los mismos discos, que nos emocionásemos con los mismos libros, las mismas películas. Nos encerrábamos con trece años en su habitación, pintada de negro y añil, tardes enteras con The Cure, David Bowie, Velvet Underground de fondo mientras leíamos juntas a Silvia Plath, a Morrison, Verlaine, Baudelaire…a cualquiera que nos pudiera inspirar, sin saber realmente que queríamos conseguir con eso. Nos creíamos invencibles paseando por El Retiro pensando en voz alta, eludiendo el calor pegajoso de nuestra ciudad. Fue cerca de allí, en una tienda cualquiera, donde compramos la grabadora y una cinta. Y empezamos a grabar en esa única cinta pequeños mensajes, secretos, confesiones, anhelos, que nos regalábamos por turnos cada noche como gesto de despedida. Pensamientos fungibles, efímeros, sepultados, solapados por otros una y otra vez. Así trascurrió ese verano, que sería sin saberlo, el último que íbamos a compartir juntas.

¿Somos mejores en la adolescencia? A veces nos olvidamos de vivir, ¿te imaginas ahora, con treinta años, teniendo esa clase de confianza con otra persona? No, imposible, ni siquiera en esos primeros seis meses de pasión y sexo cuando inicias una relación sentimental llegas a crear ese vínculo de confianza, ni siquiera cuando tienes tu propia familia.
El sonido de su voz, diluida por la grabación, no pierde un ápice de ternura mientras va desgajando confidencias. El sol desplaza lentamente su luz por las cortinas sumiendo el salón en un ambiente melancólico. Qué extraño encontrar la cinta precisamente hoy, justo cuando lo único que deseo es dejar atrás el pasado.

Quizás ese pensamiento traiciona el embrujo, se escucha un clic, la última palabra reverbera en el aire, la cinta ha terminado. Eliza siempre decía que las cosas más interesantes se le ocurrían después, media hora era muy poco, y siempre le producía una inmensa tristeza dejar todas esas ideas huérfanas, perdidas irremisiblemente ya, en el precipicio de su memoria. Yo trataba de consolarla “Tenemos mucho tiempo, no hay prisa”-le decía. Pero ahora me doy cuenta que no, que nunca hay tiempo. Nunca.

Me encantaría devolverte ahora tu cinta. Contarte que hace mucho tiempo que no hago el amor con Enrique, que la última vez fingí el orgasmo. Confesarte que no era la primera vez que lo hacía, que seguramente tiene una aventura con Carmen, la vecina del cuarto. Que me tendría que importar mucho más, pero que me siento entumecida, incapaz de reconocerme en el espejo. Que me siento muy sola, angustiada, con un miedo terrible a los cambios, a la vida…al divorcio.

Me gustaría decirte que te echo muchísimo de menos, que sé que me dirías que la vida sigue, que todo tiene remedio, que tampoco ha sido tan doloroso hacer las maletas. Gracias a eso he encontrado tu cinta. Que coja ese taxi que he pedido y vuelva con mis padres, que allí estaré segura. Pero ya sabes, nunca he podido…nunca he sabido decir adiós.

Llaman a la entrada. Es el taxista. Miro la cinta y la grabadora. No quiero llorar. Aquí no. Me levanto, cojo la maleta y abro la puerta.

Casimiro

Casimiro está obsesionado con su vecina Carmen, es idiota y no conoce a su padre. Un buen bosquejo para empezar. Casimiro apaga la música. Después de llevar varias semanas escuchando la voz enfermiza de Nattramn, está convencido de que es su nuevo mesías. Era el cantante de Silencer -una banda de depressive black metal-, que se mutilaba con un cuchillo en la sala de grabación, despedazándose los dedos de las manos, y que aparece en las fotos del disco ensangrentado, con las manos vendadas y dos patas de cerdo sobresaliendo de sus muñones, Cree que todo eso es la prueba de su sacrificio, del mensaje que quería hacer llegar a la humanidad. Casimiro cree que es uno de los elegidos para entender ese mensaje, hace caso omiso al hecho de que Nattramn estuviera loco, de que casi matara a una niña con un hacha. Pero Casimiro también necesita esperanza, necesita creer que tiene algo que le puede hacer especial, aunque sea una gilipollez.

Casimiro también está obsesionado con el sexo, pero la única técnica de seducción que ha desarrollado durante sus años de juventud es regatear con las putas el precio de la media hora. Ahora lleva varios meses sin acudir a estos establecimientos, quizás por una mala experiencia, no lo sabemos. Sea cual sea el motivo ahora su vida sexual se basa en ver videos en páginas de sexo extremo. Lo cual es algo bueno, porque si su odio no fuera sublimado hacía su polla, Casimiro tendría en estos momentos un detonador con un bonito botón rojo en el centro y estaría en disposición de hacer explotar el edificio entero. Y el vecino del cuarto no estaría muy contento con eso.

Alguno me preguntareis, ¿Qué es lo que odia Casimiro que le convierte en un peligro potencial? Pues realmente son pocas cosas: Odia a Rajoy y sus ministros, esas inmundas hienas, por quitarnos nuestros derechos sociales. Odia al Rey y a esta monarquía de pacotilla y se caga literalmente en sus disculpas vacías. Odia las homilías de Juan Antonio Reig Pla, y por extensión a la iglesia y todo lo que representaba. Odia el futbol, los derbis, a toda esa gente que le mira extrañada y argumenta que es un deporte complejo que no entiende y por eso le aburre. Odia hasta la extenuación a Angela Merkel. Odia a su muñeca hinchable –la que tiene una foto de Carmen su vecina, pegada a la cara-, por ser tan difícil de limpiar. Odia a Toby, un perro que aparece en varias películas que ha comprado por internet, por tener una vida sexual más plena que él y poseer un pene más grande. Odia su trabajo, y las cosas normales que todo el mundo odia. Y además también se odia a sí mismo, cosa también muy habitual.

Pero esta noche Casimiro está contento. Ha conocido a una mujer por internet, viene a comerle la polla, con fruición. En un principio pensó que poner un anunció tan zafio en esas páginas de contacto que visita no daría ningún resultado. Pero la vida ha tenido a bien de recompensarle por tantas indignidades. A los dos días Irene, que es como se llama la mujer, se puso en contacto con él. Le envió algunas fotos y es una belleza. Tiene una voz sensual y una boca terriblemente excitante. Todo fue muy rápido. Ella insistió sobre si estaba seguro “Joder, ¡Pues claro!” ella se quedó callada un momento, y le pidió la dirección. Le dijo que necesitaría hacer algunos preparativos e incluso atarle. A Casimiro casi se le revienta una vena del cuello “Joder, ¿Por qué no se le había ocurrido hacer algo así antes?”

Casimiro está nervioso, es casi la hora, incluso se ha duchado y todo, quiere estar presentable al menos el primer día. Llaman a la puerta, es puntual. La vida le sonríe.

(Lo que no sabe es que Irene va a hacer desaparecer sus problemas literalmente, para ella “comerse su pene” no es un eufemismo)

Fernando

Fernando revisa el correo. Tiene otra carta de amor, papel rosado, tinta azul. La lee mientras sube en el ascensor, entre el desdén y el rictus amargo.

Estuve luchando toda la noche contra tu recuerdo
Una carnicería de rojos sobre una piel demasiado blanca
Metáfora de una palidez suicida llena de cicatrices recientes
Mi sexo ávido abriéndose como una llaga
Carmín extenuante sobre una boca hambrienta de amor
Mezclando vino, pastillas y melancolía, mezcolanza amarga
Que encharca, circunda de humedad, mis pensamientos
Lluvia encapotada, lluvia tendenciosa, lluvia enajenante
El sexo es subsuelo, como mi fotografía con un precio de rebajas
Acumulando descripciones, disecciones, en un altar de vulgaridad y belleza
Acumulando cartas, mensajes, pensamientos, grabaciones, sangre
Autobuses llenos de subnormales haciendo los coros a una canción de amor
No escribo sobre ti, sino en ti, mientras tu desnudo esmalta mis insomnios.
Hazme tuya, o mátame, pero termina con mi agonía.

Está firmada por ella. Es curioso. O no. La deja sobre la mesa, con un gesto similar a aplastar una colilla en el cenicero. Se lleva una mano al estómago. Sale de la habitación.
Un rato después vuelve a entrar, se sujeta los pantalones desabrochados, barre ansioso la habitación con la mirada. De pronto se fija en la carta, la coge con una sonrisa y vuelve a salir de escena.

Un minuto después suena la cadena del baño.
El amor sigue siendo la respuesta a todo.

Vecino del Cuarto

Todo está rodeado de mierda, maloliente y atascada. Intentas tirar de la cadena una y otra vez pero solo consigues chapotear con los pies desnudos en charcos infectados mientras los vecinos se quejan de sus goteras de materia fecal. En algún momento del camino, mientras parpadeabas, te has convertido en una Etiqueta, en un Trabajo, en un Número, en una Nómina, en una Nada sin nombre propio. Lo peor es que no pretendes ser otra cosa, quizás antes, hace años, eras diferente, un ser humano, pero ahora lo has olvidado, ni siquiera lo sabes, aceptas tu etiqueta, eso es lo que eres AHORA, eso es lo importante. No justifica nada, claro. Pero da igual, no quiero jugar, por eso me gusta corto, por eso no se me pone dura con las cosas adecuadas, o con las mujeres adecuadas.

Puede provocar cierta alarma, como señalar el traje invisible del emperador, pero es cierto, lo reconozco, sólo veo un mar de mierda, gente a mi alrededor nadando feliz, haciendo filigranas mientras la basura inunda su boca sonriente. Sí, algunos flotan como boyas, peces muertos hinchados y marrones. Pero nadie los echa de menos, ni a ellos, ni al cielo. Nunca miran arriba.

Todo tiene su reverso sórdido, como ese gesto galante de regalar un ramo de flores en genuflexión, cuando el termino ramera deviene de la Edad Media, cuando las prostitutas colocaban un ramo de flores en el balcón o en la puerta de su casa para atraer a sus clientes.

Carver tenía sus caballos en la niebla, sus pequeñas islas de borrachos. Me gustan sus relatos, no hay golpes, en un minimalismo contenido, sin ira, pero con esa sensación de desazón orbitando siempre. Observas sus labios moverse, pero no quieres que te alcancen sus palabras, por eso le das la espalda lentamente reconociendo con ese gesto el fin de todo. Y piensas en zapatos que crecen mientras desayunas champán a las tres de la tarde. Y recuerdas que la infelicidad empezó aquella noche en que la amaste demasiado y se quedó embarazada. Porque el destino no existe, solo son hechos sucesivos que intentas ordenar con un sentido, impulsos y errores ahogándose en el vacío.

***
No hay que tomarse muy en serio al vecino del cuarto, con esas frases ampulosas donde se queja de su incoherencia mientras se hace cortes en el antebrazo para poder sentir algo que le saque de su aturdimiento. Hablando de morir solo, de vino y cosquillas de sangre resbalando por sus dedos.

La soledad, ¿Quién no se siente solo a fin de cuentas? No es excusa. Le digo a veces: “sal, pequeño pájaro azul” Pero solo se atreve a hacerlo de madrugada, ocultándose entre metaforas de idiotas derrotados, entre amor con mayúsculas y besos de papel con minúsculas. Y la vida sigue mientras se pierde entre esos desiertos de encrucijadas miopes. Y me confiesa que solo pide que le amen en cada caricia y poder sentir lo mismo. Y luego, más tarde, enfrentarse junto a ella a esa cosa insulsa llamada vida y transformarla en algo esplendido y lleno de matices.

Pero para ello, ella tendría que existir primero -me dice-, y no sirve de nada que la sueñe, que la piense, o que, simplemente, la necesite.

Dogs by Juli4ns Pink Floyd on Grooveshark