miércoles, 14 de agosto de 2019

Tenía veinticuatro años y había abandonado la universidad.

            Tenía veinticuatro años y había abandonado la universidad. El carácter es destino y estaba claro que mi futuro era ser un fracasado, todo me causaba demasiado esfuerzo, no albergaba una pizca de ambición, constancia y disciplina. Y el contrapunto exterior, la gente, me producían hostil perplejidad: no entendía sus esfuerzos, sus conversaciones, no entendía sus relaciones, los embarazos, las horas extras, las colas para comprar el último modelo de móvil, no entendía sus prioridades ni porqué dedicaban tanto esfuerzo a cosas que, desde mi punto de vista, eran tan absurdas. Quizás por eso intentaba excusar mi estilo de vida como un reflejo perverso de lo que los demás querían imponerme; cuando volvía borracho entre semana a las ocho de la mañana y me cruzaba con los rostros abotargados de la gente que cogía el metro para ir a su trabajo pensaba que ahí estaba mi victoria, porque no eran felices, eran piezas de dominó cayendo, vendiendo años, salud y esfuerzo por la pura trasmutación en tuerca, desangrándose poco a poco sin atreverse a pedir la guillotina, a lo sumo disfrutando del escapismo de las compras en un centro comercial los fines de semana. Mi vida era totalmente improductiva y, sin embargo, me sentía superior a todos ellos.

            Mi reduccionismo en aquellos años era de una ternura ridícula, a fin de cuentas tampoco era feliz, solo tenía más tiempo libre que ellos, pero sin metas ni proyectos no servía de mucho. En lo único que empleaba mi tiempo era en ir a la biblioteca casi todos las semanas y sacar libros de Cioran, Joyce, Fante, Schopenhauer, Kierkegaard, Bukowski, Dostoievski, Kafka, Séneca, Sartre, Camus... a veces lo hacía por pura altanería intelectual, lecturas de las que presumir en alguna conversación, pero por suerte la mayoría de los libros me zarandeaban, me hacían pensar, reflexionar, se convertían en obsesión y peregrinaje llevándome de un autor a otro. Supongo que hice de la necesidad virtud y lo convertí en una coartada existencial, como si el tiempo empleado en leer pudiera justificar el hecho de haber convertido el quietismo vital en mantra. El resto del día lo empleaba en fumar hachís, escanciar vino por la alfombra y escribir durante horas.

Recuerdo que por aquella época estaba obsesionado con mi vecina, una auténtica belleza, joven, turgente, altiva, de pelo azabache y sonrisita mordaz. La había pillado una noche dándose el lote con un tipejo en el descansillo del portal y desde entonces me fascinaba. Escribir mis fantasías era más fácil que flirtear con ella o invitarla a salir -pusilanimidad como adjetivación perfecta de mi carácter-, y escribía compulsivamente decenas de relatos dedicados a su culo, su cuello, su enormes tetas, sus ojos, sus pies, su todo; la usaba como fetiche sexual, sin preámbulos, sin ambages, sin diálogos, una mezcla entre el tono de Ryū Murakami en su novela ‘Azul casi transparente’ y Bret Easton Ellis en ‘American Psycho’. Después me masturbaba con violencia, delineando su cuerpo con ansiedad, ondeando el pulso de su sangre como una sinfonía en un océano de oleaje eterno, imaginando su orgasmo como un universo implosionando al borde del abismo.

Esa era mi situación con veinticuatro años, viviendo solo en una casa familiar vacía de renta antigua, embrutecido por una rutina improductiva y a la vez agotadora. A veces mi amigo Carlos interrumpía esa inercia misántropa. Carlos era el rey lagarto, capaz de beber y drogarse sin límites; siempre que salíamos con más gente en algún momento de la madrugada surgían las excusas: el trabajo del día siguiente, el cansancio, la falta de dinero, el local cerrado. Con Carlos nunca, albergaba una devoción absoluta a quemar la noche hasta su último aliento, hasta la última copa en el after más sórdido, hasta la última visita al baño antes de insistir de nuevo con la chica de la barra. Su modus operandi habitual era llamarme frenético decenas de veces hasta que le cogía el teléfono, me explicaba que había tenido un día horrible en el trabajo -spoiler: todos los días eran malos para él-, y necesitaba salir un poco, nada serio, solo un par de horitas para desconectar. Y allá iba yo, apenas las ocho y media de tarde, sin saber cuándo volvería a mi casa. Nada más abrirme la puerta me ofrecía varias rayas de coca de generosa progresión ascendente y una botella de vodka Absolut que pretendía que nos bebiéramos a palo seco, con la única concesión de unos cubitos de hielo. Una hora después ya estábamos frenéticos, gritando incoherencias, huyendo por las escaleras sin esperar el ascensor porque todo se movía demasiado despacio.

En los Bajos de Arguelles existía un garito donde ponían chupitos de absenta. Había de dos clases: supérieure de sesenta y cinco grados y el suisse de ochenta y cinco. No era fácil acostumbrarte a ellos, el hada verde te despejaba de inmediato, como un puñetazo en el estómago. Siempre pedía la primera ronda con una sonrisa condescendiente, como un hombre de mundo que conoce perfectamente cuál es su límite, en mi caso con cuatro chupitos la noche era perfecta, continuaba sin daños aparentes, incluso podía añadir algún chupito de tequila sumergido en una jarra de cerveza mientras reía imbuido en las conversaciones y la música más banales. Pero sabía que a partir del cuarto se producía la desconexión, el despertar magullado y solitario en el banco de un parque sin móvil, o en casa de Carlos, recriminándome en plena resaca toda clase de infamias. Naturalmente, que yo recuerde, nunca salí de ese local sin haberme bebido un mínimo de seis. Supongo, aunque suene a cliché, que quería ver arder el mundo, pero me conformaba con romper con lo sensato, con la zozobra del camino del exceso; a fin de cuentas el alcohol me permitía ser espontáneo, no preguntarme el porqué de las cosas y su falta de sentido, simplemente podía dejarme llevar, vivir a pesar mío. Junto a Carlos me convertía en un forajido, en un anarquista revolucionario con una bomba de relojería en la cabeza, en un poeta que imploraba piedad sexual a las mujeres sin pudor. Y agotábamos la noche, medio afónicos y enfebrecidos, agonizando de placer entre las piernas de alguna improvisada musa, o cayendo sin pudor en un columpio de vómito. Nuestra quimera existencial quedaba atrás, sólo importaba el minuto siguiente, el placer, la sensación de urgencia, la curiosidad, disfrutar de una juventud que se iba quedando atrás sin que nos diéramos cuenta.


Ha pasado más de una década y todavía recuerdo esas noches con agrado, quizás porque las cosas no han mejorado demasiado desde entonces. En la ventana de enfrente se escuchan gritos:
-¡Eres un mierda, ni siquiera eres capaz de encontrar un empleo, me das asco!
-¡¿Cómo eres capaz de decirme eso?! ¡Puta!

Las sirenas se acercan inmisericordes, todo sigue girando a pesar nuestro. Hace años que no sé nada de Carlos, nos distanciamos, empezamos a querer cosas diferentes, a ser diferentes. Normalmente las amistades no se rompen por una terrible discusión, solo es dejadez, indiferencia progresiva. Pero esta noche brindo por ti, drugo del caos. Fueron noches inmortales, y no hubieran podido suceder sin ti.

We can beat them, for ever and ever
Oh we can be heroes, just for one day

6 comentarios:

  1. Toda una historia de rebeldía humana. Saludos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. O de rendición absoluta, depende de cómo lo mires ja, ja, ja. ¡Un saludo!

      Eliminar
  2. Tu historia tiene puntos y comas y yo la leí como si no las tuviera. A ese ritmo frenético que te deja sin aliento...hasta el corazón me iba a mil.
    Yo fui el antítesis de tus protagonistas, viviendo la vida tranquila, sin sobresaltos y "decentemente" 😂🤦.
    Me crucé y tuve amigos de fiesta loca y siempre me dieron una enorme curiosidad. Gastar todos los cartuchos antes de hora. Aunque nunca sepamos cuál es esa hora. Curiosidad.
    Yo no me arrepiento de nada, tengo esa suerte y siempre lo digo. Uno camina hacia dónde cree que puede llegar. Siempre se puede cambiar la dirección pero necesitas un gran esfuerzo para ello y muchos no logramos encontrar las ganas y las fuerzas.
    Recordar está bien, anclarse es peligroso. Quizás la vida le dé a tu protagonista un giro y nuevos amigos.
    Los antiguos no hace falta recuperarlos, por algo se fueron.
    Y como dices, "todo sigue girando a pesar nuestro"...y es bien cierto.
    Nada detiene al tiempo solo la muerte y esa mejor dejarla, por ahora, de lado. Todavía hay un montón de cosas por hacer aunque nos de pereza, miedo o vete tú a saber qué...
    Total...lo que quería decir es que me metí de lleno y viví esta historia igual que el prota...😜
    Besos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ja, ja, ja, ¡Gracias! Siempre viene bien el comentario de un lector entusiasta. Yo he tenido varias recaídas en esas noches del exceso, me junté con gente en diferentes momentos vitales que huían de su existencia y utilizaban para ello la bebida, las drogas blandas, la música, llegar al ‘al otro lado’ como cantaba Jim Morrison. Tampoco me arrepiento, creo que cada momento tiene algo especial y por tanto, mientras lo vivas con intensidad -y también se puede vivir con intensidad la vida tranquila, depende de tus prioridades-, no hay nada de lo que renegar; tampoco serviría de nada hacerlo. En cuanto a mi amigo, ya lo decían HDS en una canción:
      “Hace tiempo que ya no te veo
      Quizás no te llamo porque no me atrevo
      Habremos cambiado?
      Quizás a peor.”
      Sí, se nos muere el corazón como decía también una de las protagonistas de “El club de los cinco”, ya no somos los mismos, y por tanto si mi amigo volviera a aparecer los dos seríamos diferentes personas; como las relaciones sentimentales.
      Ah, la pereza, sí, montones de cosas por hacer, tantas… que al final prefiero tumbarme antes de agotarme más pensando en ellas xD
      Gracias por pasarte por aquí, mis temas son limitados, aunque intento siempre algún giro retórico interesante, ¡Un abrazo!

      Eliminar
  3. Fabuloso escrito!creo que llenar horas con esos libros, forzosamente ha tenido que traer cosas buenas . Y ocupar ese tiempo con esa libertad, también.

    Un beso, me encantó!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Uno de los pocos consejos que daba Stephen King para cualquier escritor en ciernes es que tenía que leer muchísimo, el mismo tiempo empleado en emborronar la página en blanco tenía que invertirlo en leer, por lo cual, supongo que sí, el tiempo empleado en esos libros ha servido, años después, para que pueda zascandilear con más soltura por este blog xD
      Gracias por pasarte por aquí, siempre es de agradecer cualquier comentario, ¡Un abrazo bloguera! 😉

      Eliminar