miércoles, 9 de mayo de 2012

Confidencias Nocturnas.

Han pasado casi dos años. Nos reímos al pensarlo, tanto tiempo y parece que fue ayer cuando aún vivíamos juntos. Te he invitado a cenar, algo informal, ni siquiera celebramos tu cumpleaños el año pasado. Tú apenas bebes, lo justo para un brindis, pero yo ataco la botella con cierta desesperación. Miro a mi alrededor mientras enlazas banalidades, hay otra pareja en el restaurante con un niño, nunca quise niños, menos mal, hubiera sido otro error que añadir a nuestra lista. Te veo más guapa, joven, mucho más delgada, parece que te ha sentado bien estar lejos de mí. Te noto feliz, te pregunto por tu actual pareja, llevas varios meses con él, pero te muestras esquiva, excesivamente discreta. Quizás ya no quieras compartir esa parcela de tu vida conmigo, o temes que me ponga sarcástico.

Estrechas tu mirada inquisidora, supongo que me ves más calvo y ojeroso, la ropa negra y la barba me hace aparentar más edad, siempre me lo has dicho. Relleno nuestras copas.

Me das la gran noticia: te has quedado en paro. No pareces demasiado preocupada, es curioso, te recordaba siempre nerviosa por cualquier cambio, da la impresión de que has madurado, como si hubieras conseguido encontrar tu equilibro. Me alegra, pero no sé expresarlo, me pierdo en divagaciones, en un largo discurso de esos que siempre odiaste sobre la inutilidad de vivir en España, lleno de datos económicos y demasiado espeso para ser útil.

Ahora me hablas de tus planes para este año, en donde quieres trabajar y cómo quieres aprovechar el tiempo. Asiento y sigo llenando las copas, esta vez en silencio. Me doy cuenta de que no tenemos tiempo para pensar. Y cuando tenemos tiempo libre sentimos la necesidad de distraernos, como si existir fuera justificar nuestro ocio con alguna actividad, con llenar nuestro muro del Facebook con mensajes, fotos desde el móvil, siempre conectados a Internet. No sabemos disfrutar de nuestra soledad, tumbarnos y pensar, recreándonos en los recuerdos. Es demasiado cansado, como leer más de diez libros al año, como seguir una partida de ajedrez con demasiadas posibilidades contra un contrincante en forma de reloj de arena.

Miramos a nuestros abuelos, con esas relaciones sempiternas, entendiendo la autorrealización como concepto familiar, marcados por una mansedumbre que fluye entre la lealtad y la infelicidad y disparamos en dirección contraria, Tiempo-Jugada, Elección-Fornicio-Abandono, intentando eludir el eje de la verdad, ese punto medio, como si guardar un luto excesivo por una relación te convirtiera en un masoquista incapaz de seguir adelante con dignidad. No aprendemos, deglutimos nuestras raciones individuales sin apenas saborear, hasta que por suerte en ese ensayo y error -o quizás más bien por cansancio-, nos sentamos a contemplar el cuadro, e inesperadamente alguien se sienta a nuestro lado creando un canal de empatía, porque los dos, y esto es lo más importante, hemos hecho una pausa para recrearnos en su belleza. Es como releer un buen libro, la historia no cambia, pero tú cambias al disfrutarlo mejor.

Te miro con atención mientras atacas el segundo plato. Sí, fuiste mezquina, egoísta, mentirosa por omisión, ciclotímica, neurótica, pero siempre fuiste Ella: la que me cuidaba, la que me hizo los mejores regalos de cumpleaños, quien me acompañaba al teatro o me enviaba ofertas de trabajo a diario, la que me influyó con sus sueños de tener un hogar con biblioteca, la que me daba un beso antes de irse al trabajo o me abrazaba dormida en la cama, la que le gustaba ir a los parques a leer y dar de comer a los patos, la que siempre me enviaba un mail con ternuras, esa misántropa precoz que le gustaba hacer cosas solo conmigo, la que siempre venía con la idea de alguna nueva actividad o un viaje, la que me hizo aquella foto en la cumbre de la montaña, la que siempre estaba riendo y me llevó al concierto de Héroes, la que le gustaba cenar comida china mientras veíamos películas los sábados por la noche, la que pensaba que los hombres éramos unos inútiles y odiaba pedirme ayuda, la que desconfiaba de mí después de siete años y me hizo cambiar el contrato de alquiler. Así eras y posiblemente, en parte, sigas siendo.

¿Cuándo fue nuestro punto de ruptura, cuando dejé de quererte? ¿Cómo llegué a la situación de volver a casa del trabajo y que tu sola presencia me molestase, a pesar de que hubieras hecho la cena con todo tu amor, a pesar de mostrarte lo más atenta posible? ¿Cómo llegamos a dejar de tener confidencias, sexo, a que solo hubiera enfrentamientos, como un compañero de trabajo del que no puedes deshacerte, como se llegan a olvidar todos los detalles de ternura, a quedarte solo con el rencor, el resentimiento, como te vuelves una mala persona, alguien mezquino, desagradable, chapucero, capaz de gritarte por una nimiedad en tu cumpleaños?

Recuerdo situaciones dolorosas, de decepción total, de vergüenza ajena con salidas de tono y perdidas de respeto absolutas. Cosas que intentábamos olvidar pero que nos reconcomían en la garganta impidiéndonos respirar. Y todas las pequeñas cenas, los caprichos, los momentos de ternura, como un extraño reflejo del pasado, nunca parecían inclinar la balanza a nuestro favor.
Pero todo empezó por trabajar juntos, éramos demasiado diferentes, y el hecho de que fueras mi jefa provocó que necesitara sentirme por encima de ti en lo demás, competitividad. Vivir juntos no mejoró las cosas. Hay relaciones que se fortalecen ante la adversidad, en otras se crean dependencias tóxicas. Pero también es cierto que teníamos muchas cosas en común, pasábamos todo el día juntos y nunca nos aburríamos embarcados siempre en planes absurdos pero divertidos. Y si no teníamos dinero simplemente cogíamos la bicicleta y nos recorríamos toda la ciudad, o nos íbamos a la playa a disfrutarla como turistas. Pero siempre con esa dualidad, una cena maravillosa, todo un día magnifico que se estropeaba en una discusión estúpida que ninguno de los dos llegaba nunca a saber porque se producía. Siempre con la sensación de disfrutar de las cosas con el tic-tac de una salida de tono que mandase las buenas intenciones a la mierda.

Llevas un rato mirándome callada. Me disculpo. Me sonríes cariñosamente y me preguntas como estoy.
Te respondo que nadie se salva solo, que me siento así por las noches y por eso bebo más de la cuenta. Que cada vez me siento más cansado, más ajeno a la realidad, que pienso mucho en el pasado, pero no con nostalgia, sino con cariño, que a veces he pensado en llamarte, solo para hablar de alguna película, alguna serie o libro que me haya llamado la atención, pero que no sé cómo hacerlo. Porque todo cambia, ni a mejor ni a peor, solo cambia, y a veces esos cambios deshilachan las relaciones, las deshacen y ya no sabes cómo completar el puzzle de nuevo, que piezas mejor dejar atrás y que otras debes de añadir para, al menos, tener una imagen que nos guste a los dos.

Pero no te digo nada de eso. Te respondo que bien, disfrutando de la soltería, alguna aventurilla sin importancia, de esas que luego despachas con un sms de cortesía. Que la vida me sonríe y que... bueno... que quizás sea mejor terminar ya con el vino y pedir la cuenta.

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