lunes, 21 de agosto de 2017

Los disfraces también cansan. Revolución, crisis o colapso; no hay demasiadas opciones.

Como señaló Einstein, todos deberíamos contar con la libertad de permitir que nuestro propio orden y estructura se manifiesten naturalmente, y de pasar nuestros días según deseemos. No suele ser agradable trabajar para otras personas, pero estar enloquecidamente ocupados todo el día no solo es malo para nosotros mismos, sino que además nos impide descubrir el ser humano que podríamos ser.


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Podemos rastrear las raíces de nuestra obsesión actual con el trabajo y la eficacia a la equivocada idea luterana de que la pobreza es producto de la holgazanería, en lugar de pensarla como resultado de complejas circunstancias socioeconómicas. Sin una base sociológica la holgazanería se consideró un mal. Y eso con el paso de los siglos nos ha hecho relacionamos de forma tóxica con el tiempo. Cuando más eficientes somos, mayor es la presión de producir: se trata de un ciclo sin fin, que deriva de nuestra creencia de que el tiempo jamás debe perderse. No obstante, el tiempo perdido no es un valor absoluto como la masa. Solo es posible perder tiempo en relación con un contexto u objetivo. Mientras el intelectual lee un libro, pierde tiempo en relación con su objetivo de ir a una tienda a comprar algo antes de pasar a recoger a sus hijos. En rigor, siempre se pierde tiempo desde alguna perspectiva.

Sin embargo la concepción científica del cerebro es incompatible con la concepción luterana o cristiana del hombre y con la ética del trabajo. Científicos como Buzáki y Raichle estiman que alrededor del noventa por ciento de la energía del cerebro se destina a sostener la actividad basal, lo que significa que, sin importar qué tarea se realice, el cerebro en descanso representa la mayoría del consumo energético total cerebral. Esta actividad intrínseca del cerebro parece violar de algún modo la segunda ley de la termodinámica que establece que, libradas a sí mismas, las cosas en general tienden a desordenarse y perder calor: es lo que se denomina entropía. Este es el motivo –por poner un ejemplo tonto-, por el que el desorden de la cocina aumenta cuanto más tiempo se pasa sin ordenarla y limpiarla. Sin embargo, gracias a esa red neural que se establece en el cerebro cuando estamos totalmente desocupados, parece que “los platos se lavan solos”. El cerebro jamás se entrega al ocio; en rigor, es probable que trabaje más cuando no estamos haciendo nada. Y solo cuando permitimos que el cerebro repose se abre el sistema para que sea posible aprovechar los mecanismos de no linealidad y aleatoriedad y amplifica la tendencia natural del cerebro a combinar percepciones y recuerdos y convertirlos en conceptos nuevos: creatividad y reflexión autoconsciente.

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Rompieron sus alas y siguió volando.

No les creas cuando afirman que tu placer es pecado
Tu cuerpo puede ser jaula de polvo
Si permites que los barrotes se alimenten de ignorancia
El equilibrio es aprender a escuchar el silencio
El equilibrio es encontrar belleza en las ruinas, ciudades en los escombros

Hazme caso: tus huesos no quieren carne
Ni infancias de tristezas enquistadas
No llames trauma al simple hecho de vivir
No llames trauma al simple hecho de ser humana.

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Comprendí entonces que escribir, más que transmitir un conocimiento, es acceder a un conocimiento. El acto de escribir nos permite aprehender una realidad que hasta el momento se nos presentaba en forma incompleta, velada, fugitiva o caótica. Muchas cosas las conocemos o las comprendemos sólo cuando las escribimos. Porque escribir es escrutar en nosotros mismos y en el mundo con un instrumento muchas más riguroso que el pensamiento invisible: el pensamiento gráfico, visual, reversible e implacable de los signos alfabéticos.