martes, 22 de agosto de 2017

“No es que escribir me produzca un gran placer, pero es mucho peor si no lo hago.” Paul Auster.

Los rasgos definitorios de las sociedades actuales suelen ser: hedonismo, ausencia de valores enfocados al largo plazo, subversión y tergiversación de la función del sexo y las relaciones de pareja, infantilismo, inseguridad, infidelidad, rechazo y pérdida de los roles tradicionales del hombre y la mujer, desesperanza, cinismo, y la lenta asunción de que la juventud se esfumó sin haber sabido ni podido sintonizar con nada mínimamente elevado que le dé sentido a la vida. No caeré en la trampa, ni siquiera de forma inconsciente, de querer situarme en un plano aparte. Abjuro del tiempo y de la sociedad que me ha tocado vivir, pero asumiendo que he participado, aunque sea pasivamente, de los roles y características cuyo regurgitante diagnostico he señalado como causas de su decadencia.
 

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Dios ha sido asesinado por la falta de fe, la fuerza de la filosofía, la ciencia y la razón. Sin embargo ha sido el capitalismo el que ha creado los nuevos dioses: el consumismo, los centros comerciales, las estadísticas de las redes sociales. Aun siendo ateo no puedo eludir el hecho de que las catedrales tienen cierta belleza intrínseca, un alma arquitectónica, de que no ha sido todo en vano.

El amor también suele ser asesinado por la falta de interés, o si lo prefieres por la falta de fe de alguno de los dos. Pero al capitalismo tampoco le gusta el dolor, y cuando llega la ruptura todos te animan a pasar página, a apuntarte a Tinder, buscar el repuesto, no perder el tiempo con nostalgias o suspiros, ¿para qué glorificar catedrales de carne que ya quedan en el pasado, para que seguir conservando poemas o dedicatorias? Romper. Quemar. Olvidar.

Me llama la atención que tengamos esa ansiedad por acortar los plazos, por llamar error a una historia que, por lógica, tiene un principio y un final, y no por valorar lo que hemos vivido. Se habla de relaciones tóxicas y dependencia emocional, y parece que viramos hacia la ingratitud, a demoler los recuerdos, a no querer visitar catedrales, aunque hayamos disfrutado de su belleza durante años, simplemente porque las sentimos vacías, ajenas, sin percatarnos de que siguen conservando su belleza, justamente a pesar nuestro.

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