jueves, 13 de octubre de 2016

Quien no dispone de dos tercios del día para sí mismo es un esclavo. (Friedrich Nietzsche)

Cuando Nietzsche recuerda que el trabajo es la “mejor policía” porque “mantiene atado en corto a todo el mundo y sirve para impedir el desarrollo de la razón, de los deseos y de las ansias de independencia”, sus razonamientos se aplican de maravilla a otra forma moderna de desposesión del tiempo individual y de sincronización de la existencia: las distracciones. Como sector avanzado de la industria y, sobre todo, del consumo, las distracciones, al inscribirse en la prolongación del trabajo de los esclavos y ocupar un espacio cada vez más importante en el horario de estos, consumen, por decirlo como Nietzsche, “una extraordinaria cantidad de fuerza nerviosa” y se la sustraen “a la reflexión, la meditación y la ensoñación”, “ponen ante los ojos constantemente objetivos mezquinos y satisfacciones fáciles y banales, de tal modo que, en una sociedad en la que los neoesclavos buscan divertirse cueste lo que cueste y permanentemente, la barbarie le gana la partida a la civilización o, sí se prefiere, la vulgaridad al gusto.

Porque lo que los esclavos contemporáneos llaman distracciones se opone en todo al modo como los antiguos concebían el ocio, mientras los primeros buscan en los programas de diversión para todos colmar su deseo de impersonalidad, los segundos disfrutaban de largos momento de retiro y de tranquilidad gracias a los cuales se encontraban. “¿A quién me citarás que le conceda valor al tiempo, que sepa el precio de un día, que entienda que el hombre muere un poco cada día?” le pregunta Séneca a Lucilio. “Nuestro error es ver la muerte delante de nosotros. En realidad está detrás y nuestra vida le pertenece”. De ahí el exhorto del filósofo a la ociosidad como recuperación del tiempo perdido, perdido por robado, robado por no cuidarlo.

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Para Schopenhauer “el arte es una actividad de tullido”. El artista padece una atrofia de la voluntad de vivir, compensada con una hipertrofia de la conciencia. Cuanto menos vive, mejor ve. Un artista, sea cual sea la razón de su débil fuerza de existir – una enfermedad de nacimiento, una grave herida psíquica, recibida de niño, o las sucesivas angustias enjugadas a lo largo de su vida -, se siente descalificado para participar directamente en la tragicomedia humana aunque, por eso mismo, bien colocado para asistir al espectáculo y transcribirlo. “Las ideas son sucedáneos de las penas” añade Proust “en el momento en que se convierten en ideas, pierden una parte de su acción nociva en nuestro corazón, en incluso, en el primer instante, la propia transformación desprende súbitamente alegría” Proust habla aquí de la alegría estética.

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Amar sigue siendo la más inquietante de las relaciones humanas. A la euforia del encuentro de dos soledades que se esfuerzan por coexistir, viene rápidamente la angustia de la separación, la certeza de la perdida. Puede comprenderse que ante la perspectiva de tales sufrimientos, sea más simple, más tranquilizador, más pequeñoburgués, entregarse a la rutina del desenfreno o a la proeza del casamiento. El amor es la forma más exquisita de la incomodidad de vivir.


(Parafraseando con cierta decadencia partes del libro “Filosofía sentimental" de Frédéric Schiffter)