jueves, 17 de diciembre de 2015

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¿Quién ganó el debate del lunes entre Pedro Sánchez y Rajoy?


Lo ganó Pablo Iglesias y Albert Rivera. De forma escueta: Pedro lo estaba haciendo muy bien, dirigiendo el debate dónde él quería, metiendo alguna propuesta, sacando datos, poniendo tan nervioso a Rajoy que parecía que se iba a derrumbar de un momento a otro. Pero después de una hora magistral metió la pata: hizo un ataque demasiado personal, y aunque esto es normal en el Congreso, cada debate, cada medio, tiene sus pequeñas reglas tácitas; ahí sin moderador, acorralado, le dio a Rajoy la única salida posible: indignarse, exagerar la reacción, caer al barro y desterrar las propuestas y los discursos, volver a la guerra PPSOE y sacar lo peor de la casta. Y así Pedro perdió una oportunidad de retratar a Rajoy como el incompetente, torpe funcionario de los números, incapaz de hacer nada nuevo, y se sumergió en una lucha dialéctica enfangada en las descalificaciones, las interrupciones y lo estéril. Perdieron los dos.

Pablo Iglesias Y Rivera aprovecharon la situación para dar lecciones de templanza y diálogo, porque a fin de cuentas eso es lo que necesita ahora España: llegar a consensos, acuerdos generacionales en educación y empleo, y no este espectáculo circense de épocas pasadas. Y al despedirse estrechándose la mano ejemplificaron la brecha generacional y la forma de hacer política que proponen desde las atalayas de sus diferencias ideológicas.

Y aunque las encuestas siguen dando la victoria al PP confío en que haya remontada, y que la gente este domingo se anime masivamente a votar y participar en ese cambio. La ley electoral y las circunscripciones son injustas, pero si ahora no conseguimos dar el poder a los nuevos partidos, nunca vamos a conseguir cambiarla.


¿Que opinas del tortazo que le han dado a Rajoy?


Lo primero es que gracias a ello va a ganar votos, ¿nadie lo ha pensado? Amortizar el victimismo se llama. El problema es que aunque la violencia está justificada en algunos casos como acoge el código penal –se llama defensa propia por si alguien lo duda-, recurrir a ella en una sociedad civilizada es contraproducente y te desautoriza aunque tengas razón. Nadie es un pusilánime ni un cobarde por creer que puede resolver una situación sin necesidad de agredir a nadie, nadie es un ingenuo por creer que votar puede servir para algo –medidas sociales de Ada Colau, Carmena, Las Mareas-, nadie es ridículo por creer en la pedagogía, en “El hombre en busca de sentido”, nadie es escoria por pensar que hay jueces, policías, políticos y empresarios que quieren crear y convivir en una sociedad mejor, nadie es un malnacido por creer que el pacifismo es una vía para, a través de las leyes, la cultura y la educación, acabar con las desigualdades sociales, y nadie es un hipócrita por creer que la violencia solo provoca más violencia.

Las quimeras anarquistas sí que me dan lastima, tanta palabrería, tantos fanzines, tantas etiquetas, tanto vivir en casas okupadas o en casa de la abuela, así es fácil lanzar proclamas, muy sencillo y valiente; cero resultados claro. Y algunos encima se creen que son el motor del cambio cuando viven en su pequeñito huerto ideológico y endogámico. Lo que me jode es que encima le dais la razón y ni siquiera os planteáis que la única hostia real que se podría llevar Rajoy, la que más le podría doler, cuyo hematoma jamás podría borrar, sería una derrota electoral. Pero algunos os conformáis con que un pobre imbécil, un idiota iletrado que no sabe escribir, un niñato de mierda, le dé una hostia. Oh, genial, la revolución, la guillotina en Pontevedra. Seguid con vuestros gifs, que gran revolución. Estáis cambiado el mundo. Seguro.

¿Qué diferencia existe entre ser contradictorio y ser incoherente?


Todos vivimos en medio de sutiles contradicciones, de opinar una cosa y dejarse llevar a veces por el impulso de hacer la contraria, de cuestionarse las cosas y cambiar de opinión, aburrirse de sí mismo y reinventarse. Pero siempre hay una cierta pauta lógica, aunque solo sea el mero hecho de divertirse, de probar nuevas formas de interpretar la realidad. A mí no me preocupa que alguien que antes era de un partido político pase a otro, o se haga vegano, ateo, bisexual o lo que sea… siempre y cuando pueda explicarme sus razones. Pero el problema es que estamos intoxicados por modas, etiquetas, cánones estéticos, tendencias, deseos de aceptación… vivimos en una histeria colectiva. Las incoherencias solo muestran falta de personalidad, nos muestran débiles e hipócritas. Nuestras contradicciones, justo en ese momento en que nos gustaría presumir de cierta inmutabilidad, son precisamente las que nos hacen queribles y humanos.