martes, 3 de febrero de 2015

El amor es una anomalía que hay que vivir. El suicida lo sabe: solo dejando de respirar se irá la sensación de ahogo.

El decadente es adicto a las metáforas afiladas
Que culminan en asfixia erótica
Habla solo mientras llena copas y párrafos
Con susurros de musas infinitivas
Lee mucho, le gusta la soledad y odia las aglomeraciones
Tiene redes sociales pero no sabe usarlas

El decadente es el único monoteísta del amor que folla bien
Alcohólico inepto, sigue sufriendo inercias de autolesión adolescente
Tiene los huesos saturados de ternuras que se han vuelto heridas

El decadente es ateo y considera que la única iglesia que ilumina
Es la que arde
Se le acusa de ser un puto derrumbe en equilibrio
Pero su amor siempre mancha
Mira al abismo directamente a los ojos
Y se siente triste si los monstruos se ausentan por la noche
Sabe decir “te quiero” en ochenta y seis idiomas diferentes
Pero solo lo dice cuando ella ya tiene nombre de portazo

El decadente, en definitiva, es un enfermo pájaro azul
Que tiene abierta la ventana del suicidio
A solo dos pasos de distancia
De una tristeza lucida y responsable.
Que siempre le tutea
Cuando la madrugada amenaza
Con la extinción.

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La vida es azar en movimiento. El sufrimiento una partícula a la deriva. Mejor justificarse que lamentarse. La fatalidad es tan natural como la belleza y un millón de veces más justa. Alud carnal. Radiohead. Los porqués son solo migas de afán falsas. Lo único real es el accidente de los cuerpos destinados a chocar, sangrar y convertirse en luz. El amor a intervalos. Algún orgasmo puntual. Lo ajeno callando nuestra voz interior y el vacío que causa el fundido en negro. Desasimiento. Y dos años después reflexiono sobre nosotros, ¿no crees que fue una lástima cómo terminó? Nos devoró la vida real. La felicidad se convirtió en una fórmula vieja y estéril que moría sin hijos. Nuestro orgasmo huérfano y con sabor a sal. Nos dio miedo envejecer cerca. Qué jodido es hacerse mayor y comprobar como todo se convierte en escombro. Qué jodido es darse cuenta que da igual si huyes o te quedas: el resultado siempre es el mismo.

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El ruido de la sangre al traspasar nuestros pecados. Mortaja. Ficción alegre. Respuestas. Himen roto. Muescas. Ablación. Grito. Caricia. Trinchera. Guerra. Té negro. Abrazo. Aeropuerto. La hermosa inercia de la caída. Vocación de pasillo. ¿Temblor o certeza? Extremoduro. La libertad no siempre significa felicidad. Mi cuerpo parece una batalla perdida al final del día, ¿y qué? Mira mis errores. Cuéntalos hasta que tu madurez resplandezca. No los voy a limpiar. Yo necesito tachar para vivir. Necesito que crujan mis huesos y convertir el fracaso en un hogar sin barrotes, ¿causo interferencias en tu tanatorio mental? Te jodes.